Ante la muerte

Ante la muerte, sobran las palabras, los motivos, los quehaceres, los sueños y las tribulaciones.

Sólo el silencio y la verdad cobran sentido. La humildad de sabernos cuan pequeños somos dentro de nuestra propia historia personal. Contemplar la completa desnudez ante la atenta mirada aún de la vida. La fragilidad del momento.

La muerte nos enfrenta con nuestro destino inevitable. Con la realidad de lo efímero.

Y nos brinda la oportunidad de tomar consciencia de la importancia del instante. También de resistirnos, de enojarnos, de llorar, de resignarnos, de aceptar… Y hasta de reírnos de nosotros mismos. Y la ocasión de mirar con una nueva perspectiva al horizonte inalcanzable y eterno.

De nada sirven los pensamientos, las emociones, las creencias, las experiencias de cada cual, ni siquiera lo que consideramos que somos ni aún todo aquello que nos importa… Nada de eso tiene la más mínima importancia cuando lo que acontece es tan grande y rotundo. Para siempre.

La muerte nos pellizca con más o menos intensidad de manera intermitente a lo largo del tiempo. Y nos deja un sabor de dolor y amargura a cada paso. De mayor o menor intensidad. Y recuerdos indelebles en el alma. Y también, a su modo, nos anima a vivir nuestra vida. Siempre. Como un grito desesperado en la noche cerrada.

Ante la muerte, sobran las palabras. Sólo el silencio se acerca un ápice a algo que pueda asemejarse a la verdad. Ante la muerte sólo cabe entendimiento, para el que quiera entender. O tristeza, para el que necesite llorar. O rabia y sufrimiento, para el que no pueda hacer más… O todo eso y nada en particular.

Y, finalmente, la muerte pasará, y la vida seguirá teniendo lugar. Con y sin nuestros vecinos y conocidos. Con y sin nuestros seres queridos. Con y sin nuestros enemigos. Con y sin nosotros.

incienso

Ante la muerte

Sufrimiento

A menudo nos desesperamos ante la idea del sufrimiento, aunque no por el sufrimiento en sí. Como el niño que se asusta porque cree que hay un monstruo en el armario, no por el monstruo en sí. Porque como no queremos sufrir, pensamos que es lícito expulsarlo fuera de nosotros y, también, que podemos controlar las circunstancias externas para que nunca nos acontezca. Pero eso no es así. Lo de fuera, normalmente, no depende de nosotros. Ni, en muchas ocasiones, tampoco lo de dentro. Por ejemplo, la enfermedad.

Y la muerte es inevitable. Siempre. A todos nos sucederá antes o después, sin remedio, aunque no sepamos cuándo… Lo sabemos bien, aunque a menudo neguemos la evidencia. Y en ningún caso tampoco es posible tener el control de nuestro tiempo de vida. Al menos, no del todo. Es cierto, no obstante, que hay muchos factores que sí que influyen en nuestro bienestar y que, en cierto modo, podemos controlar (nuestra alimentación, nuestro estilo de vida, etc.). También es verdad que las decisiones que vayamos tomando a lo largo de nuestra vida marcarán, mejor o peor, nuestro devenir futuro, y por tanto, también nuestras posibilidades de sufrimiento. Todo eso es verdad, y está bien tenerlo presente. Sería temerario (o al menos irresponsable) negarlo. Pero en modo alguno somos omnipotentes. La tristeza llegará siempre. Y sufriremos por ello. En algún momento dejaremos atrás a seres queridos, a amigos, a familiares… A veces nos atravesará la desazón sin saber muy bien porqué y, en otras ocasiones, nos sentiremos asfixiados por mil motivos. También veremos el infortunio al doblar la esquina en un vecino desconocido y experimentaremos la soledad en nuestras propias carnes. Nos sentiremos engañados, seremos testigos de la injusticia y las noticias de la televisión nos mostraran dolor a miles de kilómetros sentados delante de nuestro sofá: sabremos de niños inocentes que mueren en hospitales, de ataques terroristas o de inocentes que agonizan intentado escapar de un infierno que no han elegido… Todo eso sucederá y seguirá sucediendo. Y, mientras, nosotros envejeceremos. Es inevitable. Esa es la enseñanza. No existen varitas mágicas. No siempre encontraremos las palabras adecuadas para explicar la realidad. Ni siquiera para entenderla. No todo seguirá el camino de lo correcto. Y nunca seremos lo suficientemente grandes para contener la eternidad. Ni lo suficientemente inteligentes para comprender la propia existencia. Todo esto también forma parte de la vida. Y no podemos huir, ni anestesiarnos lo suficiente como para no enterarnos de nada. Aunque a veces lo deseáramos, la cosa no funciona así. Así son las reglas y éste es el juego. Con sus buenos momentos y sus malos, con sus alegrías y sus penas, con su felicidad y su lamento, sus entusiasmos y sus sufrimientos.

Lo que sí que es cierto es que, al final, siempre siempre y siempre todo acabará pasando. También lo bueno. La vida es una eternidad conformada de multitud de momentos temporales. Nosotros lo único que podemos hacer ante eso es aportar nuestra mejor de las actitudes ante las circunstancias que se presenten. Para que lo que sea, sea mejor. Y si no podemos mejorarlo, pues mejor no hacer nada. Y también es lícito, e incluso me atrevería decir que sano o recomendable, intentar que el mundo (o al menos nuestro pedacito de mundo) sea cada vez un sitio mejor, sin negar en ningún caso que el sufrimiento nos visitará de vez en cuando. Y sobretodo, procurar que nuestra vida valga la pena. Al menos, un poquito y, como mínimo, para nosotros.

Lo que en ningún caso tiene sentido es sufrir por el sufrimiento que aún no ha ocurrido. Y aunque lo continuemos haciendo, porque somos humanos, al menos no atormentarnos por eso. Y cuando llegue el momento de sufrir de verdad, sentir que lo hacemos no como un castigo, sino simplemente como algo natural que nos sucede porque estamos vivos aún. Y sabiendo que este sufrimiento pasará tarde o temprano. Y que, al final, dependerá únicamente de nosotros mismos, de como lo afrontemos, si nos llena de miedo o nos hace más fuertes. Al menos, mientras estemos vivos.

noche

Sufrimiento

¿Dudar? Quizás

En el fondo, nunca nos conocemos del todo. En el día a día, sí. Tenemos una vida, una cualquiera, es igual, y es la nuestra. También tenemos un nombre y una identidad construida a base de años y de experiencias acumuladas. Tenemos un millón de recuerdos e incluso inagotables proyectos, con más o menos suerte o esperanza, aún por realizar… Pero durante la vida, siempre hay momentos en los que nada parece ser estable y todo de golpe tiembla y parece desmoronarse. O simplemente sea uno mismo el que de repente se siente perdido, aun conociendo perfectamente el camino. Puede ser debido a un suceso grave, o más o menos importante. O quizás simplemente se deba a una intuición inespecífica. Puede que aparezca después de una fuerte discusión con un ser querido o, un día cualquiera, tras despertarnos de un sueño inquietante. O un martes por la tarde, en casa, después del trabajo y rodeado de la más absoluta cotidianidad. En cualquier caso, algo aparece y te descoloca, dejándote perdido y ensimismado en mil abstracciones con más o menos sentido. Atando cabos de aquí y de allí y de ningún lado. Reflexionando sobre futuros impredecibles pero que en ese momento parecen tan cercanos. Buscando respuestas a preguntas que, en verdad, aún no se han formulado. Valorando los pros y los contras de cosas que aún no han pasado. Y que quizás no pasen jamás. O sí. O dentro de 100 años. Cuestionando la propia vida y el sentido qué tiene, si es que tiene. Divagando acerca de futuros cercanos o tal vez abstraído en sucesos del año pasado. O de la noche anterior.

No pasa nada, te dices. Y quizás sea verdad. Tal vez no. No se sabe. En ese momento te miras en un espejo imaginario y dudas de saber en realidad quién eres. De si te dices la verdad o sólo te mientes. Mentiras piadosas quizás. O verdades a medias. O quizás sí que eres absolutamente sincero, sólo que desconoces la infinidad de hilos que conforman las redes invisibles… Tampoco sabes del todo qué es lo que quieres, ni si realmente pretendes lograr algo con todo este ensimismamiento o simplemente ocurre y no lo puedes evitar. Que es así. Y que tal y como viene se va. O quizá ya no. Pero siempre se va… Al menos hasta ahora. En realidad, por muchas vueltas que le des, en cierta medida acabas aceptando tu ignorancia y dudas incluso de que pueda haber algo oculto que merezca la pena, en el fondo, saberlo.

Somos frágiles. Pero a la vez dúctiles. Al final continuaremos en pie, aunque no lo sepamos. Aunque dudemos mil veces y nos digamos a nosotros mismos que no, que no podremos. Seguiremos, a nuestra manera, profundizando en nosotros mismos en este ejercicio de introspección involuntario o tal vez premeditado por nuestro inconsciente. Tal vez sea sólo una piedra necesaria en el camino del autoconocimiento. O simplemente se trata de que es así la vida, la jodida.

Mañana será otro día. Saboreemos el aroma a humildad existencial que nos proporciona la duda en ciernes más acuciante para continuar nuestro camino, abiertos al aprendizaje continuo y al crecimiento personal. Y aceptando el fracaso.

Luz

¿Dudar? Quizás