La unidad de las izquierdas

A raíz de la noticia un tanto sorprendente respecto al acuerdo entre “Podem Catalunya” y “Un País en Comú” (el nombre provisional del nuevo partido de confluencia catalán apadrinado por Ada Colau) que se dio a conocer de manera paradójica (y quizás reveladora) ayer en  Madrid a través de Pablo Iglesias y Xavier Domènech, me he animado a escribir un artículo respecto a esa idea tantas veces en boga de la conveniencia, e incluso de la necesidad, de la unidad de los partidos “de izquierdas”.

No obstante, me gustaría realizar antes una breve reflexión respecto el proceso de construcción de este “nuevo sujeto político” que empezó a fraguarse desde hace unos meses en Catalunya. En realidad, pocas novedades hay que añadir respecto al post que escribí a finales del año pasado, más allá de que parece que queda claro que el objetivo principal de este proyecto es aunar a “Barcelona En Comú”, “ICV/EUA” y “Podem bajo un mismo partido político, es decir, rehuyendo de la formula de coalición que por ejemplo presentan actualmente en el Congreso de los Diputados (“En Comú Podem”) o en el propio Parlament de Catalunya (“Catalunya Sí Que Es Pot”), perdiendo de este modo los partidos confluyentes gran parte de su independencia a fin de conformar este nuevo espacio político.

De este modo, lamentablemente, hemos visto cómo hasta la fecha la construcción de este nuevo partido se ha llevado a cabo totalmente al margen de la participación ciudadana y que las decisiones las han ido tomando las cúpulas de los partidos en despachos a puerta cerrada. En honor a la verdad, quizás la única excepción, en cierto modo, la hemos visto en “Podem” aunque, para ser sinceros, a la postre creo que tampoco ha quedado claro qué papel han estado jugando en todo esto…  Pienso que lo más lógico por parte de “Podem” (si realmente pretendían cumplir con un mandado ciudadano) hubiera sido la realización de una consulta clara desde el inicio de este proceso para saber si sus bases querían o no integrarse en un único partido conjuntamente a “BComú” y “ICV-EUA” (y no la extraña pregunta de “libre interpretación” que efectuaron a sus inscritos hace apenas unos días). Y en caso afirmativo, entonces sí, empezar todo este proceso. Ahora bien, quizás es que esta lógica no entraba dentro de los planes de Pablo Iglesias que, por las razones que sean, parece que tiene bien claro que sus referentes en Catalunya, mucho antes que Albano Dante, deben ser Ada Colau y Xavier Domènech.

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Y hasta aquí esta pequeña reflexión acerca de cómo veo que van las cosas en “Un País En Comú”, y ahora sí, me dispongo a hablar respecto la unidad de las izquierdas”.

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Mucha gente cree que para que se produzca un cambio social, es necesario que los partidos “de izquierdas” dejen a un lado sus divergencias y se unan en un frente en común, con el fin de derrotar a “la derecha”. Yo, entiendo la argumentación de que así es más probable conseguir una mayoría que suponga una alternativa a un gobierno “de derechas” porque “la suma multiplica” y blablablá… Ahora bien, discrepo profundamente de que de esta manera se consiga una verdadera transformación social. Me explico:

Dejando a un  lado la consideración (a mi entender bastante evidente) de que difícilmente pueden conseguirse cambios significativos a través únicamente de las instituciones sin tener en cuenta en modo alguno el interés REAL de la ciudadanía, creo que la unidad de la izquierda (así entendida), en el mejor de los casos, sólo podría servir para un cambio de gobierno, pero nunca para una verdadera transformación social, y ni siquiera para una “transformación institucional”. Y a continuación detallaré los dos motivos fundamentales:

– En primer lugar, pasaré a explicar lo que yo llamo la teoría del ideario del mínimo común. Pongamos por caso que se genera un frente amplísimo “de izquierdas” que cuenta desde partidos anticapitalistas y de extrema izquierda hasta partidos socialdemócratas y de centro-izquierda. Pues bien, estos partidos a la hora de generar un ideario y programa en común deberán ponerse siempre de acuerdo de algún modo. El problema estriba en que los puntos en común que acabaran definiendo su línea política habitualmente estarán marcados por el partido menos “de izquierdas” de todos… Es decir, a un partido de extrema izquierda lo habitual es que siempre le resulte fácil asumir las reclamaciones en materia social de un partido socialdemócrata (de hecho, es probable que estas reclamaciones las encuentre insuficientes). En cambio, difícilmente un partido socialdemócrata asumirá la mayoría de reclamaciones sociales de un partido de extrema-izquierda. Por lo tanto, si la organización de este “frente de izquierdas” se basa en el consenso entre los diferentes actores, serán precisamente los partidos más moderados los que marcarán claramente la línea a seguir de este espacio político.

– En segundo lugar, pasaré a explicar lo que yo llamo el efecto del pez grande. Pongamos por caso que este frente de izquierdas acuerda que su programa e ideario no será fruto de un consenso entre todos los partidos que lo conforman como en el caso anterior, sino que se acuerda que en la toma de decisiones se respetará la proporcionalidad que cada uno de los partidos tenía por separado. Por ejemplo, si los socialdemócratas representan el 40% del espacio político “de izquierdas”, en el supuesto frente de izquierdas deberán continuar manteniendo este 40% de representación en los órganos de poder. Es decir que, al fin y al cabo, habrá partidos (normalmente uno o como máximo dos) que impondrán claramente su criterio sobre el resto, que simplemente ejercerían el rol de meras comparsas, puesto que el pez grande se come siempre al pequeño.

Así pues, cualquiera de las dos alternativas que he explicado, creo que menoscaban claramente la representación democrática de la sociedad, puesto que estos “frentes de izquierdas” se alejan mucho más de los ciudadanos que dicen representar. Es decir, un número mucho más grande de personas depositarían su voto en una opción que no les resultara representativa. Esta cuestión es especialmente grave puesto que, además, al darse un acuerdo entre todos los grupos de  izquierda, la discrepancia o alternativa a nivel institucional quedaría totalmente invisibilizada…

Por lo tanto, el frente de izquierdas creo que es una opción que sólo puede servir puntualmente (en el mejor de los casos) como medida de excepción para derogar a un gobierno determinado, pero nunca para devenir un cambio radical en el sistema.

A modo de conclusión, creo que para una verdadera transformación social, lo únicamente necesario es el empoderamiento ciudadano y, para ello los partidos políticos (especialmente los de izquierdas que reivindican un cambo social) deben facilitar las herramientas necesarias para que el pueblo pueda decidir de forma directa, sin intermediarios, sin postureos… Dotando así a la democracia de contenido.

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La unidad de las izquierdas

Sobre el anarquismo (o pensamiento libertario)

gato-anarcaEl “anarquismo” o “movimiento libertario” es una ideología política que, lamentablemente, a menudo se la relaciona con el caos, el desorden e incluso con la violencia. En este post me gustaría explicar lo que yo entiendo por pensamiento libertario, más allá de su historia o de organizaciones o colectivos específicos, con el fin de contribuir a aportar un poquito de luz sobre el tema y desmentir algunas creencias muy arraigadas aún hoy día en gran parte de la población, tales como las que he comentado anteriormente.

Muchas veces se define al anarquismo – de manera peyorativa – como un movimiento “anti-sistema”. Sin más. Y si bien es cierto que esta afirmación no la podemos considerar falsa, también lo es que resulta claramente insuficiente. El anarquismo es “anti-sistema” en tanto que tiene razones fundamentadas para considerar al “sistema” en gran medida culpable de las injusticias y las desigualdades sociales que padece gran parte de la ciudadanía; y también responsable de una de las principales causas de la sensación de aislamiento y de alienación, o falta de propósito, que es presente en el ser humano en general. No obstante, cabe señalar que el anarquismo no es sólo una expresión de rechazo hacia el modelo social instaurado sino que, al mismo tiempo, propone una nueva manera de entender la vida en sociedad y de relacionarnos los unos con los otros, mucho más natural y equilibrada, confiando en las capacidades innatas de los seres humanos para auto-organizarnos de la mejor manera posible. Y una condición absolutamente necesaria para ello es que las personas alejemos nuestra atención de las circunstancias externas (como por ejemplo la crisis, los políticos, los bancos, las multinacionales, el paro, el fútbol, la televisión…) y la situemos en el centro de nuestra existencia, en nuestras necesidades vitales y nuestros verdaderos anhelos.

Si tuviera que destacar una sola cosa respecto el pensamiento libertario, creo que ésta sería sin duda su amor incondicional hacia la libertad. Desde esta perspectiva, el ser humano es un ser libre por naturaleza y, por tanto, tiene todo el derecho a vivir la vida que desee. De hecho, sólo en libertad es posible que las personas puedan alcanzar la felicidad, pues únicamente sin ataduras se da la posibilidad de que el individuo pueda transitar por el camino particular que le conduzca a su auto-realización personal.

Ahora bien, el concepto de libertad que defiende el anarquismo dista mucho de la concepción pueril que la sociedad desde pequeños nos ha inculcado. La libertad no significa que cada cual pueda hacer lo que le venga en gana en cualquier momento sin tener en cuenta ninguna otra consideración, sino que más bien se relaciona con la capacidad intrínseca de cualquier persona para decidir qué es lo que más le conviene para su vida. O dicho de otra manera, la libertad sería la asunción completa de la responsabilidad individual hacia la propia existencia para, en última instancia, poder llegar a convertirnos en las personas que, de algún modo, estamos llamadas a ser, sin imposiciones exteriores de ningún tipo. De este modo, una persona siempre tendrá derecho a decidir qué quiere hacer con su vida, asumiendo claro está, los resultados de dichas decisiones. Es decir, como seres libres podemos decidir qué acciones tomar a cada momento pero no podemos decidir los resultados que obtendremos de estas decisiones en el futuro (y si así lo hiciéramos, además de no tener ningún valor, sólo demostraría nuestro elevado nivel de inconsciencia), aunque sí que deberemos asumir plenamente los resultados de nuestras decisiones cuando estos lleguen, nos gusten o no. Esto significa que debemos siempre responsabilizarnos de las consecuencias de nuestras acciones, ya sean estas positivas, negativas o neutras.

Por otro lado, la libertad no es algo individual sino que es un derecho universal. Así pues, nunca deberíamos decidir por los demás, o sea, pretender que otra persona haga lo que nosotros deseemos sin tener en cuenta su parecer. Incluso a pesar de que estemos completamente convencidos de que lo que pensamos sería lo mejor para dicha persona. Desde la perspectiva libertaria es evidente que todas las acciones que traigan consigo la negación de la libertad ajena son consideradas como imposiciones o, al menos, comportamientos llevados a cabo con motivaciones más o menos egoístas y, por tanto, reprobables.

Para resumir lo dicho hasta ahora, a modo de ejemplo sencillo, podríamos decir que yo al salir de casa en un día nublado puedo decidir no llevar paraguas. Ahora bien, por mucho que lo pretenda, en realidad no puedo decidir que no llueva (y si así lo decidiera, no sería más que un absurdo). Finalmente, si llueve y me mojo deberé asumir conscientemente las consecuencias de mi propia decisión sin buscar otras explicaciones. Ahora bien, siguiendo con este ejemplo, lo que en ningún caso admite el pensamiento libertario es que “otros” decidan por mí si debo o no debo llevar paraguas los días nublados ni, por supuesto, yo tampoco debo decidir si “los demás” tienen que llevarlo o no, independientemente de lo que a mí me parezca que pueda ser lo mejor para ellos.

Respecto a este punto, quiero dejar claro que estoy haciendo referencia en todo momento a personas adultas y en plenas facultades mentales. Si, por ejemplo, me refiriera a niños de 3 años es evidente que sería totalmente necesario que otros adultos (normalmente sus padres) decidieran por ellos en casi todos los aspectos de sus vidas porque es obvio que sus capacidades cognitivas no están plenamente desarrolladas todavía y, por tanto, no tienen la conciencia suficiente para elegir en libertad.

Por otro lado, una condición fundamental en el ideario anarquista respecto la libertad es la necesidad de que se establezca una completa igualdad en la sociedad. Ahora bien, de la misma manera que ocurre con el concepto de libertad, desde esta óptica hemos de alejarnos completamente de las concepciones simplistas acerca de este término. Así pues, la igualdad no significa uniformidad o entender que las personas tengamos que ser idénticas las unas de otras en nuestras necesidades, gustos, deseos y motivaciones. Y mucho menos insinuar que el conjunto de los seres humanos tengamos que pensar o comportarnos de la misma manera. Todo eso sería completamente contrario a la libertad y, por tanto, opuesto al ideal anarquista. De hecho, desde el pensamiento libertario la diversidad cultural y las diferencias humanas son entendidas como una verdadera riqueza. Así pues, la igualdad se refiere única y exclusivamente al hecho de que todas las personas debemos contar con las mismas oportunidades para tomar nuestras propias decisiones y llevar a cabo todo nuestro potencial. Por consiguiente, es absolutamente necesario que la sociedad no genere (por acción o por omisión) condiciones desfavorables en, por ejemplo, lo económico, lo educacional o lo sanitario, en las que deje a gran parte de sus miembros subyugados e impedidos de vivir en libertad. O dicho de otro modo, para el anarquismo mientras en una sociedad existan necesidades básicas por cubrir no es posible vivir en libertad. De este modo, si una persona no tiene fácil acceso a la información, la educación o la cultura, difícilmente podrá desarrollar sus potencialidades con éxito. De la misma manera, si los recursos económicos de un individuo son escasos o directamente insuficientes, o si se encuentra con dificultades para atender su salud o para acceder a una vivienda, es evidente que no tendrá demasiadas ocasiones para preocuparse por cosas que vayan más allá de asegurar su mera supervivencia, además del riesgo de verse continuamente expuesto o sometido a voluntades externas debido a su situación de vulnerabilidad y dependencia.

A modo de ejemplo, aquí se me ocurre el de aquellas dos semillas que son plantadas a la vez. La primera se planta en tierra fértil y recibe todos los cuidados necesarios para su desarrollo. La segunda se planta en un terreno árido, de clima desfavorable y se deja a su suerte. Es fácil adivinar de cuál de las dos semillas crecerá una hermosa flor y de cuál, lamentablemente, no crecerá nada o, si lo hace, contará con enormes dificultades… Vemos así que la belleza de una flor no depende exclusivamente de la semilla original sino también de las oportunidades de desarrollo que le ofrece el entorno en el que ésta vaya a crecer.

En resumidas cuentas, podríamos afirmar que el pensamiento libertario aboga por la absoluta libertad en lo individual y la completa igualdad en lo social. Llegados a este punto, cabe preguntarse sobre la manera en cómo propone implementar estos ideales en la sociedad. Para ello, atendiendo al significado etimológico de “anarquismo” (ausencia de autoridad) podemos deducir que el modelo social que surgiera carecería de una estructura jerárquica vertical, es decir, que el poder no se ejercería de manera convencional en forma de pirámide “de arriba hacia abajo”. Si no que el poder sería entendido de manera totalmente horizontal, es decir, “entre iguales”.

manos

Así pues, como vemos, el anarquismo no rechaza el poder mismo (pues es algo que pertenece naturalmente a todos), sino “a los poderosos” es decir, a aquéllos que lo manejan a su antojo según una compleja estructura social organizativa y legislativa que los ampara, en detrimento de la inmensa mayoría. De hecho, el anarquismo no rechaza en absoluto los liderazgos naturales que puedan surgir entre los diversos grupos humanos, ni niega legitimidad alguna a los expertos de alguna materia, ni tampoco la capacidad innata de ciertos individuos de influir sobre el resto… Simplemente no reconoce la lógica del poder ejercido desde la autoridad, puesto que entiende que dicho poder depende únicamente del lugar que un individuo ocupa en una determinada escala jerárquica y, por tanto, carece de una auténtica legitimidad.

Para el anarquismo los grupos humanos deben fundamentarse en la libre integración de los miembros que lo componen. Es decir, las personas se agrupan con el fin de colaborar y ayudarse mutuamente, siempre de manera voluntaria, siguiendo sus propios criterios y durante el tiempo que les interese. Así pues, podríamos afirmar que las relaciones humanas deben basarse en el acuerdo entre todas las partes implicadas. De este modo, los colectivos libertarios se regirán siempre bajo los principios de la democracia directa, el cooperativismo y el asamblearismo y también podrán establecer alianzas entre sí a través de federaciones.

Por otro lado, con frecuencia se dice que el anarquismo es un movimiento anti-fascista, anti-comunista, anti-capitalista, anti-religión, anti-estado y anti-democrático. Sobre esto, cabría hacer una serie de puntualizaciones. En primer lugar, es obvio que el movimiento libertario es totalmente contrario a cualquier ideología de carácter totalitaria que atente contra la libertad de los individuos y también es verdad que puede considerarse anti-capitalista en la medida que el capitalismo ha demostrado ser un modelo político y económico generador de pobreza y de desigualdad social alrededor del planeta. Respecto la religión o el Estado, se podrían decir muchas cosas al respecto porque son temas de gran complejidad pero, en cualquier caso, creo que lo esencial es destacar que el anarquismo, por un lado, se opone a toda aquella doctrina que anteponga los intereses de una minoría en pos de “un bien superior” (un Dios, una nación) a la de los intereses de la mayoría y, por otro lado, es contrario al hecho de que una persona deba obligatoriamente pertenecer, pensar y comportarse siguiendo criterios ajenos a los de su propia voluntad. No obstante, en mi opinión, el anarquismo no se opone “per se” a la existencia de los estados o las religiones, si no a la manera en cómo hasta ahora se han entendido su estructura y funcionamiento. De esta manera, rechaza frontalmente que estos estamentos se crean con el derecho de hablar y decidir en nombre de los individuos sin su consentimiento, contraviniendo el ideario anarquista e impidiendo, así, un verdadero empoderamiento ciudadano.

Respecto a la democracia, creo que no hay nada más injusto que afirmar que el pensamiento libertario seaanti-democrático”. De hecho, el anarquismo es un movimiento político y social radicalmente democrático. Lo que ocurre es que la democracia representativa actual, tal y como la entendemos en las sociedades occidentales hoy en día, no puede considerarse una verdadera democracia desde una perspectiva anarquista. En la Grecia clásica, por ejemplo, cuna del pensamiento occidental, se denominaba “democracia” a la forma de gobierno de las “polis” en la que solamente los ciudadanos “libres” podían deliberar y decidir sobre los asuntos que afectaban a todos los miembros de su sociedad, quedando excluidos de tales derechos los esclavos y las mujeres, es decir, la mayoría de los ciudadanos que conformaban estas comunidades. Es evidente que en la actualidad no consideraríamos como “democrática” a una sociedad que presentara tales características. Algo parecido sucede si nos paramos a pensar un momento en el funcionamiento de la democracia actual: los ciudadanos somos llamados a votar en unas elecciones una vez cada cuatro años para elegir a unas personas que son las que realmente decidirán por nosotros respecto a una cantidad ingente de asuntos más o menos importantes que nos afectarán directa o indirectamente sin que exista, además, garantía alguna de que las personas escogidas para la gobernabilidad deban cumplir los compromisos que supuestamente han adquirido previamente con la ciudadanía.

democracia

Eso, sin tener en cuenta, otros factores como la ley electoral que beneficia a los grandes partidos, la nula repercusión que tiene en el reparto del poder la abstención o el voto en blanco o nulo, o la absoluta marginación de los partidos minoritarios. Por no hablar ya de las disfunciones de un sistema que fomenta los privilegios de los políticos y otras clases dominantes, coarta la participación y las iniciativas ciudadanas, goza prácticamente de impunidad ante la corrupción institucionalizada,  practica habitualmente acciones de dudosa responsabilidad ética como las de  “las puertas giratorias” y un larguísimo etcétera.

Así pues, desde un punto de vista libertario, un sistema regido bajo estas premisas y donde el papel del ciudadano es relegado al de mera comparsa de aquellos que regentan el poder a su conveniencia, no puede considerarse en modo alguno democrático. De hecho, para el anarquismo la democracia así concebida es una idea incluso perversa, pues se sostiene en el engaño de hacer creer a la población que con introducir una papeleta cada 4 años con una lista de nombres en una urna ya es suficiente y, además, sirve para legitimar toda una estructura de control social que aleja al ser humano de la posibilidad de vivir en una sociedad justa e igualitaria y dificulta enormemente el ejercicio de su propia libertad individual.

Algunos, de manera bienintencionada, dicen que la anarquía es como perseguir la utopía. Tal vez estén en lo cierto, no lo sé…

En cualquier caso, para finalizar, me gustaría recuperar la siguiente reflexión de Eduardo Galeano acerca precisamente de la utopía:

La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

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Sobre el anarquismo (o pensamiento libertario)

El dilema de la Cup

La Cup en los últimos tiempos está a menudo en el orden del día de la actualidad catalana y, también cómo no, de la española. Así pues, hemos visto atónitos como en las últimas semanas han sido detenidos militantes de la Cup (incluso varios cargos electos) tras negarse a declarar ante un juez, por causas que tienen que ver, de algún modo u otro, con la libertad de expresión (colgar banderas “estelades” en organismos oficiales, quemar fotocopias del rey Felipe VI o declaraciones a favor de la secesión en el pleno de un ayuntamiento). Hechos que ponen de relieve, sin duda, la baja calidad democrática del estado español. Por otro lado, a nivel estrictamente catalán, fue muy sonada la exigencia de la Cup de no permitir la continuidad de Artur Mas como president de la Generalitat a cambio facilitar la formación de gobierno a “Junts pel Sí” (PDECat + ERC) o, actualmente, toda la polémica con la tramitación de los presupuestos de la Generalitat.

En cualquier caso, se trata de una formación que no responde a las características habituales de los partidos políticos convencionales (tan pendientes, por ejemplo, de la intención de voto que marcan las encuestas) y que tiene una organización y una lógica claramente asamblearia y también estrechamente vinculada a los movimientos sociales. La Cup, al contrario de lo que muchos creen por sus evidentes similitudes, es bastante anterior al fenómeno del 15M y en ella confluyen diferentes corrientes de carácter político/social.

Como partido político tiene su origen estrechamente ligado al municipalismo, tan en boga en los últimos tiempos, donde ha conseguido un fuerte arraigo en muchas localidades catalanas, aunque es a partir del denominado “procés per a la independència” cuando saltó a la escena mediática nacional después de las elecciones al Parlament de Catalunya del 2012 donde, tras presentarse por primera vez, consiguió obtener 3 diputados. En las elecciones de 2015 aumentó significativamente su representación hasta lograr los 10 diputados actuales.

Su nombre, Candidatura d’Unitat Popular, hace referencia a la coalición de carácter socialista con la que Salvador Allende consiguió la presidencia del gobierno chileno hasta su asesinato en el golpe de estado del general Pinochet.

La CUP se define como un movimiento de la “izquierda independentista”, de carácter socialista y claramente anticapitalista. Un elemento bastante polémico de su ideario es considerar la nación catalana como el conjunto de los denominados “Països Catalans”, es decir, todos aquellos territorios, además de Catalunya, que comparten un mismo ámbito lingüístico y cultural… Aunque esta última controvertida característica de su ideario (que, por cierto, no comparto) no atañe a lo que este post se refiere. Así que dejaremos está cuestión de lado.

En definitiva, y para resumirlo en una frase, podríamos afirmar sin temor a equívocos que el principal postulado de la Cup es que la defensa de los “derechos nacionales” y la de los “derechos sociales” corresponden a una misma lucha, que ambos derechos son inseparables. Y aquí es, precisamente, bajo mi punto de vista, donde se encuentra el principal handicap de la Cup, y de muy difícil solución, por cierto.

Está claro que efectivamente para un número muy importante de catalanes, la independencia de Catalunya es algo que tiene la misma importancia que por ejemplo la defensa de la sanidad y educación públicas, el reclamo de unas condiciones laborales dignas o el acceso a la vivienda, entre otros.

Pero también lo es que existen muchísimos catalanes que, todo y estar de acuerdo con el derecho a la autodeterminación de Catalunya, no les hace ninguna gracia la vía unilateral propuesta por las formaciones independentistas. Y no por ello, pueden considerarse en modo alguno que están menos de acuerdo con la defensa de lo social que los primeros. De hecho, para muchos catalanes, el principal motivo de desacuerdo con la realización de un referéndum unilateral por la independencia no es la negación ni mucho menos de dicho derecho, sino que es muy difícil (por no decir imposible) que este referéndum, de llegar a producirse, tenga mayores garantías legales y legitimidad política que la consulta del 9N ya realizada en 2014, y por lo tanto, las consecuencias que se derivarían del mismo serían idénticas o, al menos, muy parecidas a las de entonces. En cualquier caso, no existe garantía alguna de que el resultado obtenido por este referéndum- en caso de una victoria del “” a la independencia – pueda resultar vinculante.

La otra cara de la moneda que resulta aún si cabe un argumento más flagrante y demoledor en contra de los postulados cupaires es la evidencia de que existen muchos catalanes “de derechas”, representados principalmente por PDECat (la nueva marca de CDC) que defienden a todas luces la independencia de Catalunya y que no se caracterizan precisamente por una defensa de los servicios y prestaciones públicas. Sino más bien todo lo contrario. De hecho, incluso podría considerarse bastante “generoso”, por decirlo de alguna manera, considerar a ERC (el otro socio de gobierno de “Junts pel Sí”) como garantes a ultranza de los derechos sociales.

Así pues, está unión de “lo nacional con lo social” quizás funcione muy bien en el mundo de una Ítaca imaginaria pero, de hecho, la realidad se empeña continuamente en mostrarnos que la sociedad catalana es mucho más compleja que todo eso. No son sólo los partidos “de derechas” como el PP o Ciudadanos los que se muestran contrarios a la hoja de ruta trazada por los partidos independentistas, sino también lo hacen el PSC o la coalición de CSQEP (ICV/EUiA+PODEM+EQUO). Y por supuesto, tampoco se puede considerar que, dejando a un lado la Cup, sean los partidos independentistas los abanderados en promover iniciativas de carácter social sino que, junto a los anticapitalistas, el grupo que más lo hace con diferencia en el Parlament es CSQEP.

Así las cosas, la Cup se encuentra ante un dilema permanente y, en cierta manera, voluntariamente auto-impuesto: la paradoja de tener que elegir continuamente entre lo social y lo nacional. Dos elementos que, como vemos, en realidad, con frecuencia no encajan bien. O dicho de otra forma, finalmente, de lo que se trata es de dar apoyo, aunque sea el mínimo imprescindible, a las políticas de “Junts pel Sí” con tal de seguir adelante con el proceso hacia la independencia aún a costa de no favorecer más medidas sociales, o bien hacer justo lo contrario, retirar su apoyo al gobierno con tal de posicionarse claramente al lado de las clases populares, aún si esto supusiera poner en peligro “la hoja de ruta” del govern. Y de esta manera contemplamos como las diferentes facciones de la Cup se tiran continuamente los trastos a la cabeza (por ejemplo “Poble Lliure” vs “Endavant”, etc.) y, también observamos como, por lo general, a nivel municipal (donde habitualmente ejercen de oposición alejada de la responsabilidad de gobierno) sus posturas, tanto sociales como nacionales, son siempre de lo más coherentes con su ideario y, en cambio, a nivel del Parlament de Catalunya donde, para bien y para mal, resultan absolutamente imprescindibles para la continuidad del gobierno de la Generalitat, sus posicionamientos resultan a menudo bastante inconsistentes, debido a esta permanente elección en la dicotomía “social/nacional”. Decisiones, por otro lado, que con frecuencia no acaban de satisfacer completamente ni a propios ni a ajenos y que, aún a riesgo de resultar algo injusto, hasta ahora da la impresión de que, a la hora de la verdad, lo estrictamente nacional, en la balanza pesa casi siempre un poquito más que lo social.

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El dilema de la Cup

¿Un País en Común?

Hace apenas unos días se ha anunciado “Un País en Comú” como el nombre provisional con el que se conocerá el nuevo sujeto político de izquierdas en Catalunya, apadrinado por Ada Colau. El nombre definitivo, supuestamente, se decidirá hacia finales de Marzo de 2017.

Este nuevo proyecto pretende impulsar un proceso ciudadano participativo a partir del próximo Enero con el objetivo de constituir una mayoría parlamentaria que suponga una alterativa al gobierno de “Junts pel Sí”.

Recordemos que en las pasadas elecciones generales del 26 de Junio, la candidatura de “En Comú Podem” (Barcelona en Comú + ICV/EUA + PODEM + EQUO) fue la primera fuerza en Catalunya. No obstante, las últimas encuestas indican que dicha coalición estaría lejos de arrebatarle el primer puesto a Junts pel Sí (o incluso a ERC si decidiera presentarse por separado de su actual socio de gobierno, el PDECat o la antigua CDC). De hecho, ni tan siquiera lograría superar a Ciutadans o PSC.

encuesta

Pues bien, hasta aquí todo correcto. Me parece magnífico que se lancen iniciativas que fomenten la participación ciudadana a favor de un cambio social. El problema, a mi modo de ver, se produce al advertir que este “nuevo sujeto político” no es más que una repetición exacta de la anterior coalición  “En Comú Podem”. Y, bueno, quisiera resaltar que esto, por sí mismo, no tendría por qué ser tampoco nada malo, ni mucho menos… Si se explicara abiertamente desde un principio, sin medias tintas y con claridad.

Lo que ocurre es que en realidad todo este proceso parece que tiene más que ver con una operación de “marketing electoral” que con cualquier otra cosa. Un hecho que me parece grave porque considero que estas formas de hacer las cosas se alejan mucho de una nueva manera de entender la política, con transparencia, de forma participativa y, sobretodo, sin argucias en clave electoralista  y sin que nadie se lleve al engaño.

Hace apenas varios días se realizó la primera reunión “oficial” del grupo promotor. A este grupo acudieron poco más de un centenar de personas afines (o directamente en representación) de BComú, ICV y Podem. Dicha promotora será la encargada de elaborar los principales ejes a debatir para la conformación de la futura candidatura. Lo relevante del caso es que, como digo, el proceso de elección de dichos promotores o representantes de cada partido ha sido, cuanto menos, muy opaco y confuso respecto a sus propias bases, y parece que se corresponden perfectamente con la estrategia de las secretariados de dirección de las diferentes organizaciones involucradas.

Así pues, pienso que no se puede hablar de un proceso de construcción social de un nuevo espacio político cuando en verdad los actores que lo conformarán (BeC, ICV, PODEM y tal vez Equo) ya están decididos de antemano. Al igual que también lo está su portavoz principal, que será Xavier Domènech (actual cabeza de lista de “En Comú Podem” en el Congreso). Por otro lado, parece claro también que quedan excluidas a priori de este proyecto otras formaciones con las que pudieran tener muchos puntos de coincidencia, así como también queda fuera de debate cualquier elemento que pueda suponer crítica o discrepancia entre los diferentes partidos políticos que conforman el nuevo sujeto. Sobre aspectos tan fundamentales como por ejemplo si para confeccionar la futura lista de la candidatura habrá un sistema de primarias abiertas o tendrá reservadas determinadas cuotas en función de los partidos, etc. de momento, no se sabe nada…

En lo referente al futuro ideario o programa y teniendo en cuenta su manifiesto fundacional, y sobre todo en lo que respecta al punto más controvertido de la realidad social catalana (“el proceso de autodeterminación”) todo indica que este nuevo espacio mantiene la misma línea que hasta ahora defienden los denominados “comuns”. Es decir, la de conseguir una correlación de fuerzas en el Estado que permitiera llevar a cabo un referéndum acordado en Catalunya.

De este modo, teniendo todo esto en cuenta y bajo una perspectiva de estricto empoderamiento ciudadano, lo cierto es que no se entiende muy bien entonces, exactamente sobre qué cuestiones se llama a la participación ciudadana, puesto que da la sensación que todo ya está bastante decidido previamente.

Así pues, ¿qué diferencias existen entre el nuevo “Un País en Comú” y la anterior confluencia de “En Comú Podem”?  Pues yo creo que muy pocas, por no decir ninguna. Entonces, ¿es necesario todo esto? ¿Qué se pretende realmente?

Y como he dicho antes, no me parece mal (ni mucho menos) que todos estos partidos políticos decidan continuar con el proceso de confluencia y seguir trabajando juntos para presentar una alternativa al gobierno de la Generalitat. Lo que no creo que esté nada bien es hacer creer a la gente que se construye algo desde abajo cuando en realidad ya todo está decidido desde arriba. Particularmente, era de los que defendía que había una secuencia lógica entre el 15M y la aparición de grupos como  “Podemos” o “Barcelona En Comú”. Y la verdad es que aún lo creo pero, por desgracia, también pienso que estos partidos cada vez se alejan más de todo aquel movimiento y están adoptando prácticas cada vez más convencionales. Y me sabe mal decir esto, porque me merecen un enorme respeto y credibilidad personas como Albano Dante o Ada Colau. Y también porque pienso que estos partidos son absolutamente necesarios para la construcción de una alternativa en clave social.

Pero debo de reconocer también que estas formas de proceder, manipulando la situación con tal de confundir a la opinión pública no son, en absoluto, buenas noticias para los que reclamamos desde hace tiempo una nueva manera de entender la política donde la ciudadanía realmente tenga el poder de decidir. En todo. Sin exclusión.

bolita

¿Un País en Común?

Elecciones en USA

Donald Trump es el nuevo presidente de los Estados Unidos. Lo que hace apenas unas semanas parecía una broma de mal gusto se ha acabado convirtiendo en realidad. Se rumoreaba por ahí que “habían colocado a Trump porque era la única manera de que Hillary Clinton ganara”. Pues ni así.

Trump es una persona con ideas muy próximas a la extrema derecha en lo concerniente a derechos sociales. Por sus declaraciones en la reciente campaña electoral podemos afirmar sin equivocación que responde a un perfil xenófobo, machista y homófobo. Además de al de “un gran patriota americano”, eso sí.

Por tanto, ¿hemos de entender que la sociedad americana ha votado a Trump por estas razones?

Bien, seguro que en buena parte sí (no nos llevemos al engaño), pero creo que sería conveniente reconocer que la falta de confianza que despertaba entre la ciudadanía estadounidense la candidata del partido demócrata ha contribuido a ello de manera fundamental. Hillary es el exponente máximo del establishment norteamericano y de los intereses de las oligarquías y las clases dominantes.

Así pues, considero que en gran medida, la victoria de Trump se debe a la decepción y al descrédito entre la población a un sistema que no funciona, al margen de las personas. En cambio Trump promete una América libre y próspera… para los americanos. Ya veremos. En cualquier caso, algunas de las medidas que ha anunciado vulneran flagrantemente los derechos humanos (sobretodo en materia de inmigración).

Es muy probable que si en lugar de Hillary, el rival de Trump hubiera sido Bernie Sanders, ahora mismo no estaríamos hablando en estos términos. Ahora bien, Sanders quizá hubiera supuesto un cuestionamiento al sistema demasiado grande para lo que el partido demócrata estaba dispuesto a tolerar. Una lástima.

God bless save America!

libertad

Elecciones en USA

System Not Found

Vivimos días inciertos. Hace años que arrastramos una crisis financiera fruto de la especulación inmobiliaria y de crédito internacional que, como bien se sabe, se ha traducido en unos índices enormes de desempleo y  una alarmante precarización laboral, además de recortes en prestaciones sociales de todo tipo. En los últimos tiempos también hemos sido testigos de cómo las partidas económicas destinadas a sanidad y educación (los dos pilares fundamentales de un “Estado de bienestar”) se han ido reduciendo progresivamente y observamos impávidos a su vez cuán complicado es el acceso a la vivienda para los más jóvenes o el drama de los desahucios. En nuestros barrios, demasiadas familias tienen dificultades para llegar a fin de mes aún trabajando y, lejos de ellos, miles de personas mueren intentando atravesar nuestras fronteras, huyendo de la guerra o de la pobreza extrema.

A todo esto, la desigualdad social sigue creciendo. La brecha salarial entre los que más cobran y los que menos, es insultante. Cada vez más, una proporción más pequeña de personas en el mundo acumula más riqueza que el resto. Las empresas del IBEX y, en general, las grandes multinacionales atesoran cada vez más beneficios. Contemplamos impasibles como se siguen vendiendo armas y estableciendo extrañas alianzas con países en guerra mientras lloramos los atentados terroristas que nos tocan de cerca. Por otro lado, los casos de corrupción institucionalizada parecen la norma habitual y observamos como los políticos navegan sin rumbo aunque, eso sí, muy bien acomodados a  la espera de que un día el viento sople a favor, mientras procuran cuadrar bien los presupuestos que les dicta la troika y encorsetar nuestras libertades individuales en nombre de la lucha contra el fanatismo religioso.

Mientras tanto, la contaminación va en aumento y el planeta muere poco a poco, sin que nadie le haga mucho caso.

Hubo un momento en que todo se paró por un instante. La gente tomó las plazas y gritó “basta”. Se reunieron miles de sonrisas, ilusiones y esperanzas. Le llamaron 15M. Luego, nadie sabe bien bien lo que pasó… Pero al final, pasó. Aparecieron “las mareas” y otros movimientos ciudadanos. Unos con más fortuna que otros. También llegaron estelades y gritos de independencia y grandes manifestaciones y la promesa de que existe un país imaginario en el que todos seremos felices. O, al menos, la ilusión de emanciparnos del país causante de todos nuestros males. Y surgió un circo mediático acerca de este tema que dura hasta hoy y que, por lo visto, tiene cuerda para rato.

Más tarde, llegó el día a día y la cotidianeidad. Y el cansancio. Y un cierto aburrimiento. Y “el esto para qué” y el “si total, ¿yo qué puedo hacer?” y el “si no sirve para nada”.

De pronto, un día unos gritaron “podemos” y volvieron las sonrisas a las caras. Y gente muy diversa parecía ponerse de acuerdo y muchos confluyeron en un proyectos comunes pero diversos. Y se ganaron elecciones en ciudades importantes y parecía que se podían cambiar las cosas. Pero, al final, todo resulta más complicado. Mucho más complicado. Y la sonrisa poco a poco se fue desvaneciendo. Definitivamente, aunque lo sabíamos, la solución tampoco llegará por este lado. Al menos, no sólo…

Ahora se ha acabado el verano, parece que volveremos a repetir por tercera vez elecciones generales en diciembre. La fiesta de la democracia se está convirtiendo en una funesta envoltura de votos y coloridas y costosas campañas para intentar esforzarnos al máximo en no reconocer cuál es el verdadero mensaje: System not found.

Y sólo nosotros, individualmente, podremos cambiarlo.

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System Not Found