Elige tu propia aventura

De pequeño me aficioné a una colección de libros que llevaba por título Elige tu propia aventura. Se trataba de una serie de pequeñas novelas juveniles, escritas por diferentes autores y que normalmente no guardaban relación entre sí. El común denominador de estas novelas era que el lector intervenía directamente en el devenir del relato con sus decisiones. De este modo, continuamente se planteaban circunstancias donde se debía escoger el camino que adoptaba el protagonista (que, por supuesto, éramos nosotros mismos) proponiendo en los pies de página algo así como “Si decides que tienes que hacer ‘esto’, ves a la página ‘tal’; si en cambio decides hacer ‘esto otro’, ves a la página ‘tal’”.

De este modo, en cualquiera de estos libros y a modo de lema de la colección, siempre podíamos encontrar el siguiente texto, que resultaba la mar de sugerente:

Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias… y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomar las decisiones. Puedes leer este libro muchas veces y obtener resultados diferentes. Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura. Si tomas una decisión imprudente, vuelve al principio y empieza de nuevo. No hay opciones acertadas o erróneas, sino muchas elecciones posibles.

Así pues, el relato contenía múltiples y diferentes aventuras y, por supuesto, diferentes desenlaces (algunos felices, otros no tanto e incluso, algunos trágicos). Lo cierto es que estos libros me aficionaron en gran medida a la lectura durante la infancia. Recuerdo, por ejemplo, entre los títulos que más me gustaron los siguientes: “Te conviertes en un tiburón”, “La cueva del tiempo” o “El misterio de Chimney Rock”.

En cualquier caso, lo que me enganchaba realmente de estas novelas era el hecho de sentirte protagonista en primera persona de los acontecimientos, gracias a poder decidir en cada momento qué camino tomar.

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Creo que estos libros pueden servir de pequeña metáfora de la vida de cualquier ser humano. A lo largo del tiempo vamos tomando decisiones que nos llevan a vivir unas u otras circunstancias determinadas. De hecho, si miramos de forma retrospectiva nuestra vida actual, nuestro momento presente se debe, en gran medida, a toda la serie de decisiones que hemos ido adoptando a lo largo del transcurso del tiempo. Desde nuestra niñez hasta ahora, en este preciso instante en el que nos encontramos. Desde las decisiones más sencillas o simples hasta las más complicadas o trascendentes.

Lo cierto, es que si reflexionamos sobre ello, veremos que continuamente estamos decidiendo. Incluso cuando nos parece que no decidimos nada, en verdad, se trata de una ilusión, puesto que lo que sea que estemos haciendo ahora mismo nos conducirá irremediablemente a experimentar unas circunstancias determinadas en el futuro. Y este futuro lo podemos imaginar como algo que sucederá de aquí a 10 minutos o  de aquí a 10 años. Es indiferente. En cualquier caso, la mayoría de veces nuestras decisiones pasan completamente inadvertidas para nosotros mismos. Aunque eso –insisto- no significa que no se estén dando. La vida siempre está en movimiento y nosotros no podemos escapar de dicho movimiento. Aún cuando nos parece que estamos en estado de quietud, lo cierto es que también nos estamos moviendo igual. Aún cuando no lo advirtamos. De forma similar que ocurre con la Tierra que, a pesar que a nosotros nos pueda dar la sensación de que permanece inmóvil, en realidad gira incesantemente sobre sí misma y alrededor del Sol, al tiempo que se desplaza por el Espacio.

Es verdad que hay decisiones en la vida de mucho mayor calado que otras. “A priori”, decidir con qué ropa te vistes por la mañana o qué vas a comer a mediodía no tienen ni mucho menos la misma importancia para la vida de una persona que decidir, por ejemplo, qué estudiar, si vivir en pareja o no o tener hijos. Eso es evidente. Ahora bien, hay que reconocer también que a veces las decisiones más aparentemente insignificantes pueden tener consecuencias “a posteriori” de mucho más relevancia. Por lo tanto, es muy interesante pararnos de vez en cuando a pensar sobre si el rumbo que llevamos nos satisface o no… Puesto que ciertamente podemos hacer mucho para cambiarlo.

Y creo que darse cuenta de esto, es fundamental en el camino de cualquier ser humano. El hecho de tornarnos conscientes de la importancia de nuestras decisiones, inevitablemente, también trae consigo otra consecuencia relacionada: la responsabilidad. O dicho de otra manera, si el conjunto de las decisiones que yo he tomado a  lo largo de la vida me han llevado a vivir, de alguna manera, mis circunstancias actuales, debo aceptar entonces que, en cierto modo, yo he sido responsable (para bien y para mal) de mi vida actual ¡Y también de mi vida futura! Puesto que, en cualquier circunstancia, siempre tendré capacidad para elegir. Siempre. Incluso en las más inimaginables, desdichadas, infortunas o adversas, siempre me quedará, al menos, la posibilidad de escoger la manera en cómo las afronto.

Y como alguna vez he comentado en algún artículo anterior, quisiera aclarar que lo dicho tampoco significa en modo alguno que nosotros debamos considerarnos algo así como una especie de seres todopoderosos capaces de crear según nuestro antojo nuestra propia realidad. O sentirnos culpables por si nos van mal las cosas en la actualidad o, aún peor, creer que somos, de algún modo, ingenuos o incluso “tontos” por no ser capaces de lograr tener una vida “mejor”. Todo el conjunto de circunstancias externas que envuelven nuestra vida, así como la totalidad nuestras experiencias personales, son fundamentales y nos condicionan sobremanera (la familia, la escuela, la clase social, etc.). Pero en última instancia, a nivel individual y a pesar de nuestras circunstancias vitales, nosotros siempre continuaremos conservando intacto el poder de decidir, de elegir nuestro propio camino en la medida de nuestras posibilidades. Dios reparte las cartas pero somos nosotros los que jugamos la partida. Y tenemos que procurar, además, que nadie intente jugarla por nosotros… Es decir, tenemos que proponernos ejercer constantemente nuestro derecho a decidir por nosotros mismos acerca de nuestra vida. Para permitir equivocarnos y también para darnos la oportunidad de acertar. Asumiendo de manera consciente nuestra responsabilidad en nuestra propia vida.

Así pues, y a modo de despedida, tal y como decían en los libros de “Elige tu propia aventura”:

“Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura”

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Elige tu propia aventura

Entrevista a Daniel Gabarró

Conocí a Daniel Gabarró (no personalmente) hace un par o tres de años como oyente del programa “L’Ofici de Viure” de Catalunya Ràdio, en el cual colabora ocasionalmente. La verdad es que, tras escucharlo en diferentes intervenciones en el mismo programa, me di cuenta que “conectaba” bastante bien con su forma de entender la vida. De esta manera, comencé a interesarme de una forma más profunda por su actividad (textos, vídeos, etc.) a través de su página web danielgabarro.com

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En los últimos meses, gracias al proceso participativo en la elaboración de su nuevo libro propuesto por el mismo autor a todos los seguidores de su web, tuve la oportunidad de contribuir aportando mi granito de arena en21 creencias que nos amargan la vida y, aprovechando la ocasión, le propuse personalmente a Daniel Gabarró la idea de realizar una pequeña entrevista para mi Blog, a la que accedió sin ningún tipo de inconveniente.

Así pues, sin más dilación, os dejo con la entrevista y espero que la disfrutéis tanto como yo.

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P Recientemente se ha publicado tu nuevo libro “21 creencias que nos amargan la vida” escrito en colaboración con Nieves Machín. ¿Nos podrías explicar cómo surgió la idea?

DG: Fue algo muy hermoso porque resultó que en un gimnasio de Lleida que se llama EKKE me invitaron para dar una charla (puesto que ellos consideran que hay que cuidar el cuerpo pero también hay que cuidar el alma, el interior, y una vez al mes procuran organizar una charla o actividad que tenga que ver con el autoconocimiento) y entonces me dijeron “habla de lo que te de la gana” y lo les planteé hacer una charla que se titulase “terremoto mental”.  “Terremoto mental” porque les estuve explicando unas cuantas ideas que socialmente parecen ciertas pero que, sin embargo, son falsas y nos hacen sufrir y nos complican nuestra vida.

Tras la charla, que tuvo muy buena acogida y a la que acudieron más de 100 personas, mucha gente me vino a dar las gracias explicándome que nunca habían pensado en lo que les había contado y que realmente al escucharlo se habían dado cuenta de que su vida había estado marcada por una serie de ideas que eran falsas y que les habían hecho sufrir. Y, entonces, de repente tuve la idea. Así que llamé a Nieves Machín, que es la transcriptora de los cursos de de Gerardo Schmedling – un colombiano que murió, si no me equivoco, en el año 2004 – y al que considero uno de mis maestros. Gerardo Schmedling fue una persona muy sabia que dejó gravadas más de 300 o 500 horas de audio (no recuerdo exactamente), y Nieves Machín se dedicó durante 5 años, al salir del trabajo, a transcribirlos. De esta manera, como yo conozco a Nieves y valoro mucho el trabajo que ha hecho de transcripción y sé de su sabiduría, la llamé y le propuse escribir este libro entre los dos, basándonos especialmente en las enseñanzas de Gerardo Schmedling aunque también pudiéramos añadir otras cosas que nosotros mismos hubiésemos experimentado y ella le pareció una idea maravillosa. En resumen, que a partir de una charla nació este libro.

Tengo que decirte, también, que ahora en Enero voy a presentar el libro en este mismo gimnasio, donde tengo pensado dedicar unos 10 o 15 minutos en comentar este libro y el resto de la hora u hora y media, procuraré hablar sobre lo que significa amar y cómo podemos hacerlo de forma sabia, y ofreceré 7 herramientas del amor. La idea es que todo eso, pueda dar lugar a un nuevo libro en colaboración con Nieves Machín.

P En el proceso de elaboración del libro, también has dado la oportunidad de participar a tus seguidores con sus ideas y propuestas de mejora ¿nos puedes explicar cómo ha sido la experiencia?

DG: Ha sido una experiencia extraordinaria porque han participado 947 personas enviándonos correos electrónicos o propuestas en un foro. Al final hemos añadido, aunque no te puedo dar la cifra exacta, más de 200 cambios en el libro (algunos son muy pequeñitos o muy técnicos, como alguna falta ortográfica o algún signo de puntuación mal puesto) pero también alguna cosa de profundidad en el sentido en que había personas que nos alertaban sobre el significado confuso en la utilización de algunas palabras y nos proponían otras, o también sobre párrafos que no se entendían bien del todo y nos proponían alternativas o nos solicitaban ejemplos concretos en algunos apartados para que fuera más sencilla la comprensión… Y al comprobar que había mucha gente que nos decía exactamente lo mismo en algunos puntos, vimos que efectivamente había párrafos que estaban mal escritos, o que podían mejorarse, o que generaban mucha confusión.  Eso nos permitió simplificarlos y clarificarlos.

Como te digo, hemos añadido más de 200 cambios y eso es algo muy hermoso teniendo en cuenta que se trata de un libro  que no llega a las 200 páginas, cosa que quiere decir que, haciendo una media, en cada página como mínimo hay un cambio añadido por alguna de las personas que ha participado y a las cuales les agradecemos muchísimo su participación y, como muestra de ello, les hemos obsequiado con el libro en formato PDF y eBook gratis. En fin, que estamos muy contentos.

 P – En el libro expones claramente que las creencias de una persona condicionarán su actitud ante la vida y, en general, su felicidad.  Ahora bien, ¿cómo crees que estas creencias individuales pueden influir en el conjunto de la sociedad?

DG: Primero deja que haga la siguiente reflexión: las creencias individuales influyen en la actitud de una persona ante la vida y en su felicidad personal. Por ejemplo, si yo creo que un papel que tengo en mi mano es un boleto de lotería que está premiado, mi actitud ante ese papel, mis sentimientos ante ese papel, serán muy distintos a que si yo pienso que ese papel se trata de una multa de tráfico. Por lo tanto, lo que yo pienso marca lo que siento. Y lo que siento marca lo que hago. Así pues, a nivel individual debemos observar con mucha atención cuáles son las creencias que nosotros tenemos y que marcan nuestra vida porque eso va a definir el tono de nuestra felicidad: si estoy mirando el mundo con miedo,  o con odio, o con inseguridad, etc. sentiré una serie de sensaciones o sentimientos que me estimularán una forma determinada de actuar y de relacionarme con los demás que, a su vez, me provocará cada vez albergar menos felicidad.

Así pues, creo que estas creencias influyen muchísimo en el conjunto de la sociedad porque en realidad de lo que estamos hablando es del nivel de conciencia colectivo. Es decir, hay una serie de creencias que están compartidas por muchísimas personas y dichas creencias marcan la forma en cómo es habitual relacionarse en esta sociedad. Por ejemplo, una de las creencias fundamentales de nuestra sociedad es pensar que el Bien y el Mal existen. Y como el Bien y el Mal existen, hay que luchar contra el Mal porque si no luchamos contra él, resulta que finalmente acabará derrotando al Bien. Y esta idea de que nosotros debemos luchar contra el Mal significa que en nuestro interior (sin darnos cuenta y debido a esa creencia) existe la violencia que, a su vez, quiere decir que es inevitable que la sociedad sea violenta.

¿Y por qué? Pues porque la suma de las creencias individuales genera unas creencias colectivas que, a su vez, generan unas formas habituales de conducta que implican unas realidades concretas. Si nuestra sociedad, a nivel individual, hiciera un cambio generalizado en su nivel de conciencia, la suma de esas conciencias individuales darían lugar a un nivel de conciencia colectivo superior y eso daría como resultado una sociedad distinta, más sabia, más amorosa, más tierna. De alguna forma, el nivel de conciencia colectivo es producto de la suma de los niveles de conciencia individuales. Ahora bien, este nivel colectivo de conciencia existe porque, de alguna forma, está condicionado por lo que se enseña en las familias y en las escuelas, lo que se vive en la calle, lo que se consideran normas de buena educación, o lo que se considera “comprensible”. Por poner un ejemplo, en este momento es “comprensible”  y “normal” que si alguien se porta mal haya que castigarlo de alguna manera, hecho que nos lleva, por lo tanto, a una sociedad que entiende las cárceles en un sentido mucho más punitivo de lo que deberían ser en realidad. En definitiva, a avalar la venganza.

De esta manera, vemos que es evidente que las creencias de las personas a nivel individual influyen en el conjunto de la sociedad. Y ninguna sociedad puede actuar más allá de su nivel de conciencia actual. Por lo tanto, quizá lo fundamental sería entender que una de las misiones básicas que en estos momentos debería tener la administración pública, el Estado, sería subir el nivel de conciencia de sus ciudadanos, ya que al hacerlo, además de comportar un mayor nivel de bienestar personal, también traería consigo un mayor bienestar a nivel colectivo en todos los aspectos (económico, científico, etc.). Es decir, hasta ahora hemos considerado que el nivel de conciencia corresponde exclusivamente al ámbito privado o individual, pero posiblemente debemos empezar a pensar que en verdad se trata de un tema de interés colectivo y, en este sentido, el Estado y las administraciones públicas deberían empezar a plantearse la manera en cómo incrementar este nivel de conciencia y, en definitiva, cómo cambiar las creencias falsas de la sociedad para que tengamos creencias sabias.

P – Por último, ¿te atreves a dar un consejo genérico para todas aquellas personas que sienten la necesidad interna de mejorar de algún modo su vida, de ser más felices, pero que no saben por dónde comenzar?

DG: Yo les animaría a comenzar a leer este mismo libro de “Las 21 creencias que nos amargan la vida” y, sobretodo, a empezar a hacer trabajo de autoconocimiento, ya que una vez que yo me voy conociendo, me doy cuenta que gran parte de mi sufrimiento (por no decir la totalidad de mi sufrimiento) es optativo. El dolor, entendido como algo físico, es inevitable. En cambio el sufrimiento, entendido como algo psicológico, es optativo.

El sufrimiento (psicológico) aparece cuando no soy capaz de comprender el significado de lo que ocurre. Porque todo lo que ocurre tiene siempre causas, y en tanto que tiene causas es comprensible, y en tanto que es comprensible no puedo oponerme a ello. Por lo tanto, para cualquier persona que quiera mejorar de algún modo su vida pero no sepa por dónde empezar, autoconocimiento. Sin ningún tipo de duda.

Tal vez, yo recomendaría a un gran maestro que es Antonio Blay y su libro “SER. Curso de Psicología de la Autorrealización” o empezaría por los libros de Anthony de Mello, o quizá otros… En cualquier caso, buscaría por ahí hasta que encontrase un camino que resonase en mi corazón y entonces me implicase, porque uno de los problemas que tenemos, creo yo, es que las personas van cambiando y leyendo de un autor a otro, y van de un curso a otro y de un taller a otro… Pero no se implican. Y en realidad lo que necesitamos es encontrar un camino que llame nuestro corazón e implicarnos en ese camino, profunda e intensamente.

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Entrevista a Daniel Gabarró

El Elefante Encadenado

Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños.
Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir. El misterio sigue pareciéndome evidente. ¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?».
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez. Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta: el elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él. Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza…

 

“Déjame que te cuente…”
Jorge Bucay

Este pequeño relato es el que abre una de las primeras obras literarias del conocido psicoterapeuta argentino Jorge Bucay. El libro se editó en Argentina en 1994 bajo el título Recuentos para Damián y años más tarde, fue publicado en España como Déjame que te cuente…. A éste, le siguieron otros libros de relatos cortos como por ejemplo Cuentos para pensar. En cualquier caso, la obra de este autor es bastante extensa y variada, que incluye desde los mencionados libros de “fábulas” hasta ensayos psicológicos o novelas de ficción, y se caracteriza por utilizar siempre un lenguaje sencillo y directo sobre temas de cierta complejidad en lo relativo a lo humano. Particularmente, para ahondar un poquito en el autoconocimiento recomiendo la serie de libros de “los caminos“…

En cualquier caso, el relato de “El elefante encadenado” me marcó enormemente hace ya bastante más de una década y a día de hoy, aún lo recuerdo bien. Creo que pueden desprenderse de él diferentes lecturas. Por un lado, el condicionamiento que la sociedad ejerce sobre los individuos, que funciona a modo de lastre. Desde bien pequeños, de algún modo, se nos adiestra sutilmente para que seamos seres dóciles y manejables, fácilmente manipulables y predecibles. Para que sigamos el camino de “lo correcto” y no nos desviemos demasiado de la norma. Por otra parte, creo que esta pequeña historia también nos habla sobre nosotros mismos, sobre la tendencia que tenemos a auto-castigarnos o a ponernos límites, tanto si las cosas no nos han salido bien en el caso de que hayamos tenido una mala experiencia en el pasado, como si por el motivo que sea creemos que no seremos capaces de lograrlo en el futuro… En definitiva, sobre nuestro miedo y nuestra resignación.

El cuento, en cualquiera caso, resulta una llamada a nuestra atención. Para que nos demos cuenta de que sí se puede. O al menos a darnos el permiso necesario para intentarlo. Se trata de una especie de grito silencioso que nos anima a romper las cadenas imaginarias que nos esclavizan, ya sean éstas propias o ajenas. Para que, de una vez, de poco en poco o de vez en cuando, nos atrevamos.

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El Elefante Encadenado

Inteligencia Emocional

En ocasiones nos sentimos abrumados por nuestras propias emociones o estados de ánimo y creemos que no podemos hacer nada al respecto. Sobre todo, nos damos cuenta de ello cuando sentimos rabia, tristeza o cualquier estado emocional al que comúnmente etiquetamos de “negativo”. Y es que, en cierta manera, es lógico que nos sintamos así, ya que las emociones son unas herramientas con las que nos ha equipado la naturaleza para movilizarnos, predisponernos a la acción y responder de una u otra manera ante las diferentes circunstancias que se dan y, por tanto, en cierto modo, programadas para dispararse de manera involuntaria, fuera de nuestros mecanismos de control.

Ahora bien, es importante señalar que las emociones en realidad no son negativas ni positivas. Todas las emociones cumplen su misión y son igualmente necesarias en nuestra vida. Esa es la razón de su existencia. Ahora bien, otra cosa es el uso que hagamos nosotros posteriormente con ellas. Y es aquí donde entra una vez más nuestra conciencia… Pero vayamos por partes.

El término “Inteligencia Emocional” se popularizó a mediados de los 90 gracias a la publicación del best seller de título homónimo de Daniel Goleman.

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En esta obra, a grandes rasgos, Goleman pone de manifiesto la existencia de un tipo de inteligencia diferente a la propiamente intelectual: la inteligencia emocional, poniendo así de nuevo sobre la mesa el conflicto clásico entre la razón y los sentimientos. En este sentido, Goleman se desmarca por completo de la asociación exclusiva del término “inteligencia” con las capacidades que pueda tener un individuo en la resolución de operaciones de cálculo o memorísticas, sino que también la relaciona directamente con otras facultades humanas como, por ejemplo, la habilidad en las relaciones interpersonales. No obstante, cabe decir que Goleman no fue ni mucho menos pionero en pronunciarse en estos términos. Una década antes, por poner un ejemplo, H. Gardner ya señalaba en su teoría de “Las Inteligencias Múltiples” la existencia de, al menos, ocho tipos de inteligencias diferentes como la musical, la lógica o la lingüística, entre otras.

Ahora bien, lo realmente novedoso en el trabajo de Goleman fue la descripción de la inteligencia emocional como resultado de nuestra propia configuración biológica y no como algo abstracto, alejado de la psicología. O dicho de otra manera: las emociones no hacen más que obedecer a nuestro propio sistema cognitivo de procesamiento mental, por tanto, tienen lugar en nuestro cerebro. De hecho, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que, en el transcurso de millones de años, durante el largo proceso de evolución biológica, nuestro más o menos reciente “cerebro racional” se ha desarrollado sobre la base de nuestro mucho más longevo “cerebro emocional” y que, por lo tanto, debe existir necesariamente una fuerte vinculación y comunicación entre ambos. De esta manera, finalmente debemos entender que estos “dos cerebros” conforman un todo compacto, y esta perspectiva a su vez nos puede ser útil para comprender mejor la complejidad entre las diferentes áreas, estructuras y circuitos de comunicación que tienen lugar en el interior de nuestra cabeza a la hora de procesar la información. En cualquier caso, teniendo en cuenta la evolución filogenética de nuestra especie, podemos afirmar que “primero sentimos, y después, pensamos”. Aunque quizás debamos convenir que “sentir” y “pensar” sean dos fenómenos estrechamente relacionados, casi indistinguibles, ya que en definitiva siempre “sentimos” y “pensamos” sobre las cosas que nos suceden y experimentamos (exterior o interiormente).

De ello fácilmente se deduce que si nuestro estado emocional es un producto más de nuestra mente, entonces, al igual que pasa con otros procesos cognitivos como la atención, la memoria, o el cálculo, también debe ser algo susceptible a que podamos ser capaces de mejorar (como ocurre con cualquiera de nuestras capacidades intelectuales). Goleman afirma que la piedra angular de la inteligencia emocional pasaría por el reconocimiento de las emociones justo en el momento en las que éstas se producen, tanto en las propias (autoconocimiento) como en las ajenas (relaciones sociales) para, de este modo, ser capaces de valorar, a través de nuestro juicio, la mejor forma de responder en cada circunstancia.

Así pues, al final vemos que lo realmente importante en todo este asunto es el significado que nosotros otorgamos a nuestras emociones. Como he señalado anteriormente, la emoción es un proceso natural, que funciona como una especie de señal. Algo así como una especie de reacción fisiológica parecida a aquellas que sentimos cuando tenemos hambre, sueño o frío. Otra cosa bien diferente, es la interpretación subjetiva que hacemos de ella y el sentimiento que acaba provocando en nosotros. Y la interpretación que realizamos de nuestras emociones, aunque con frecuencia no nos demos cuenta, es algo que depende de manera exclusiva de nosotros mismos. Ahora bien, aquí entra de nuevo todo aquello relacionado con las características particulares de nuestra personalidad, el concepto que tengamos de nosotros mismos y de los demás, las circunstancias que se dan en el entorno, etcétera. Dicho de otra manera, sobre una circunstancia “X”, surge  espontáneamente de nuestro interior una emoción determinada. Ahora bien, su evolución (lo que pase después) depende en gran medida de nuestra interpretación racional de ésta.

A modo de ilustración podemos imaginar una situación en la que detectemos que se nos despierta una emoción de enfado o enojo ante un hecho determinado. Por ejemplo, sucede que nos dormimos y perdemos el tren para ir a trabajar. Ante este hecho, podemos reaccionar auto-castigándonos por nuestro despiste. También podemos reaccionar mostrándonos furiosos ante cualquier persona que se nos cruce en el camino. O sintiéndonos víctimas y culpando a vete tú a saber qué o quién de nuestro sueño. Aunque, del mismo modo, también sería posible que aceptásemos la situación dada, le quitáramos transcendencia y reaccionáramos reconociendo nuestro despiste y, por tanto, responsabilizándonos de nuestras circunstancias y procurando tomar las medidas más adecuadas y acordes con la situación presente e incluso aprendiendo de la experiencia para evitar, en medida de lo posible, repetirla en el futuro. En todos los casos, la emoción que sentiremos en primera instancia será siempre la misma, ahora bien, nuestra forma de actuar y responder dependerá de la interpretación subjetiva que hagamos de ella y aquí entra en juego nuestra “inteligencia emocional”.

Así pues, vemos que “razón” y “emoción” funcionan como vasos comunicantes. De este modo, también podemos afirmar sin temor a equivocarnos que nuestras ideas o expectativas previas sobre un hecho determinado, influirá directamente en el estado emocional que podamos experimentar posteriormente, es decir, la manera en la que concibamos la realidad determinará también nuestro estado emocional. En este sentido, creo que otro aspecto a tener en cuenta al tratar este tema, es el conflicto existencial generado entre nuestro “Yo Real” y nuestro “Yo Ideal” (y también entre nuestro “Mundo Real” y nuestro “Mundo Ideal”). Muy a menudo el grado de exigencia que ejercemos con nosotros mismos y con los demás es muy fuerte y la causa de un sinfín de problemas personales. Pienso que es bueno asumir que no somos perfectos, que nos equivocamos y que tenemos limitaciones. Nuestro “Yo Ideal” no existe: es un concepto mental acerca de nosotros. Y admitir esto, a su vez, también nos ayudará a ser mucho más indulgentes con los juicios que hacemos a los demás. En este sentido, la completa aceptación de nuestras emociones, es decir, de aquello que estamos sintiendo en un momento dado, es algo esencial, así como también la relativización de la importancia de nuestros puntos de vista (ideas, expectativas, deseos, opiniones…)

Por último, es interesante señalar que, según estudios científicos recientes, se ha podido constatar que nuestro sistema nervioso es aún mucho más complejo de lo que se podía atisbar hace apenas unos años. Así pues, se han podido identificar en torno a 100 millones de neuronas en nuestro estómago, es decir, un número mayor incluso que las contenidas en nuestra columna vertebral. Asimismo, también se ha constatado la existencia de un número significativo de células nerviosas (alrededor de 40.000) en nuestro corazón. No obstante, aún teniendo en cuenta que estas cifras son relativamente pequeñas en comparación al número de células nerviosas que existen en nuestro cerebro (se estima que hay decenas de miles de millones neuronas que establecen billones de asociaciones sinápticas) no deja de ser cierto que cada vez existen más indicios que sugieren que no cabe reducir nuestra mente exclusivamente a nuestro cerebro. En cualquier caso, es interesante tener en consideración que cuando algo “nos llega al corazón” o “lo decimos desde las tripas” o “lo sentimos en las entrañas” quizá estemos expresando algo de manera mucho más literal de lo que hasta ahora creíamos.

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Inteligencia Emocional

Tao Te Ching

Me gustaría empezar este post sobre la utilidad de las enseñanzas del Tao en nuestra vida cotidiana haciendo una breve introducción respecto a los orígenes del taoísmo:

El “Tao Te Ching” es una pequeña obra de unos 2.500 años de antigüedad atribuida al maestro chino Lao Tse (a veces conocido como Lao Tzu), con la que se ha convenido dar origen al sistema filosófico conocido como “taoísmo”. Y aunque lo cierto es que encontramos elementos del pensamiento taoísta (quizás el más evidente es el Yin-Yang) en escritos anteriores, como por ejemplo en el “I-Ching” o “Libro de las mutaciones”, es en el “Tao Te Ching” donde se refleja una síntesis de todo esta sabiduría tradicional milenaria y, a la vez, dónde ésta se expresa con mayor relevancia. Sin lugar a dudas, podemos afirmar que el taoísmo y el confucianismo conforman los dos grandes sistemas filosóficos clásicos de la antigua China, y en el caso del taoísmo es, sin dudas, el “Tao Te Ching” su principal obra de referencia. Hay quienes ven el taoísmo como una suerte de religión. Y si bien no existe propiamente una religión taoísta, sí que es cierto que comparte multitud de similitudes con el hinduismo o el budismo. En este sentido, creo que existe un gran paralelismo del taoísmo con el Yoga, pues ambas disciplinas se desmarcan totalmente de cualquier clase de organización religiosa, pero al tiempo, son evidentes las similitudes compartidas con las religiones orientales respecto a la cosmovisión del mundo y del ser humano. Aunque siendo rigurosos, en verdad, el Tao no deberíamos ni siquiera considerarlo una disciplina… Y ni tan siquiera un sistema de pensamiento sino más bien una manera de vivir. El Tao simplemente es. “El Tao que puede ser expresado no es el Tao eterno”.

Así pues, según mi criterio, estos serían los principales puntos que nos señala el Tao para nuestra vida:

  • Todos formamos parte de la misma esencia o naturaleza. Por lo tanto, no existe mejor ni peor. Los términos opuestos se definen mutuamente, y sin uno no puede existir el otro. En el equilibrio de los opuestos, en la no-lucha, reside la paz auténtica.
  • La aceptación del instante presente. Sin juzgar, sin categorizar, sin etiquetas de ningún tipo. Lo que sucede es lo único real que pasa y la única oportunidad que tenemos para experimentarlo, de sentir la propia vida. Es absurdo negar o ir en contra de lo que ya está ocurriendo.
  • El goce por vivir. La vida es cambio. Vivir implica morir, impermanencia, y ser consciente del fluir de la propia vida es una experiencia de plenitud por sí misma. Nosotros somos el cambio constante y somos la vida misma.
  • Alinearse con el propio movimiento vital, con las circunstancias que te rodean y las situaciones que se dan. Desde la honestidad y la integridad, sin que la voluntad propia se convierta en un obstáculo para uno mismo y los demás. La acción y el pensamiento adecuado siempre surgen desde la espontaneidad y de manera alineada con el presente.

 

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Tao Te Ching