Realidad, conciencia, vida… Matrix, WestWorld, Truman y filosofía.

¿Qué tienen en común “Matrix”, “WestWorld” o el “Show de Truman”?

show truman

Éstas son tres obras de ciencia ficción consideradas mainstream” que, en el fondo, comparten un mismo hilo argumental: el cuestionamiento de sus protagonistas a la naturaleza de su propia realidad.

Hay otras muchas obras (no necesariamente de ciencia-ficción) que tratan desde diferentes perspectivas esta misma cuestión: desde los relatos literarios de Asimov y sus famosas  “tres leyes de la robótica” hasta, por ejemplo, el mito milenario de “La Caverna” de Platón, por no nombrar otros muchos filósofos y pensadores clásicos como Descartes.

En cualquier caso, con tal de abordar el cuestionamiento de la realidad, todos estos autores deben tratar fundamentalmente, de una manera u otra, el concepto de conciencia. Y esto es así puesto que para que podamos hacer referencia a un mundo exterior concreto (ya sea el mundo virtual de “Matrix”, el parque temático de “WestWorld” o el plató televisivo de “El Show de Truman”) necesariamente debe existir, al menos, un ser que capaz de percibirlo de alguna manera ya que, ¿tiene sentido hablar de la existencia de la Realidad sin hablar de la presencia de la Vida? Ahora bien, llegados a  este punto tal vez cabría preguntarse también si la vida necesariamente está ligada a una conciencia o no. Porque, al fin y al cabo, si toda la materia está constituida en última instancia por las mismas partículas (moléculas, átomos, quarks…) ¿qué diferencia existe entre un ser humano, un animal, una planta o una roca? ¿Quizá no radique precisamente en el grado de conciencia que sean capaces de desarrollar? ¿Tal vez así la conciencia sea el requisito necesario para comprender lo que es la vida?

Bajo nuestra perspectiva científica y desde teoría evolutiva de Darwin, asemejamos la vida únicamente a la transmisión de un determinado código genético de una generación a otra para la supervivencia de una especie determinada. No obstante, Richard Dawkins en su libro “El gen egoísta(1976) acuñó el término “meme” de una forma bien diferente a la que cotidianamente se emplea en la era digital de hoy día cuando nos enviamos imágenes o videos graciosos que rápidamente se popularizan a través de redes sociales o programas de mensajería instantánea. Para Dawkins, un “meme” era una forma de “replicador” que compartiría las mismas características que nuestros genes, incluyendo por supuesto, ser considerados como partículas de información de vida. Ahora bien, al contrario que los genes, un “meme” no es ningún tipo de elemento físico, sino que pertenece al terreno de lo intangible.

gen egoistaLa teoría de Dawkins, a grandes rasgos, viene a ser una vuelta de tuerca a las ideas darwinistas: los genes son aquellas formas de replicadores que utilizan a los organismos vivos como una especie de vehículos con el objetivo de asegurarse su supervivencia y perpetuarse indefinidamente a lo largo del tiempo. No obstante, como decía anteriormente, los genes no serían la única forma de replicadores que pudieran existir.

Para explicarlo de forma sencilla, a mi entender y recuperando la cosmovisión platónica, es como si Dawkins situara un replicador diferente para los dos mundos que describe Platón: los genes pertenecerían al mundo de las formas (lo material, lo sensible, lo visible, lo perceptible mediante los sentidos) y los memes tendrían lugar en el mundo de las ideas (lo inmaterial, lo abstracto, lo invisible, lo inteligible mediante la razón).

Con cierto paralelismo a este concepto, unos cuantos años antes Carl Gustav Jung desarrolló el término “arquetipo” para hacer referencia a una suerte de unidad básica de la conciencia, que son comunes en todos los seres humanos. Para Jung, los arquetipos serían algo así como los pilares básicos sobre los que se conforma el inconsciente. Así pues, de esta forma, vemos que también desde diversas perspectivas científicas (aunque ciertamente no aceptadas mayoritariamente por la comunidad científica) la comprensión acerca del desarrollo de la vida como algo que va más allá de lo estrictamente físico o material, también es una idea recurrente a lo largo del tiempo y que apunta directamente a la consciencia de los seres.

En cualquier caso, y volviendo al tema en cuestión, podríamos definir la consciencia como la capacidad que tiene un ser de adquirir conocimiento sobre sí mismo y sobre su entorno. Y si convenimos que la consciencia se relaciona inevitablemente con la vida, no sería descabellado afirmar que cuanta más consciencia sean capaces de desarrollar los seres vivos,  mayor capacidad o intensidad de vida a su vez albergarán.

Así pues, desde este punto de vista, adquieren mucho sentido aquellas prácticas y corrientes de pensamiento que abogan por  no afligir conscientemente dolor o sufrimiento alguno a los seres vivos (especialmente a animales) como pudieran ser -entre otras- el vegetarianismo o el veganismo,  en las cuales se renuncia al consumo de la  carne animal como fuente de alimento. Estas ideas estarían en plena concordancia con el respeto a la vida teniendo en cuenta el grado de consciencia de los seres. De hecho, tal cosa no nos debería parecer demasiado extraña puesto que ya en nuestra vida cotidiana, la mayoría de nosotros no sentimos remordimiento alguno si, por ejemplo, matamos a un mosquito pero, en cambio, seríamos totalmente incapaces de matar a un perro, un gato o un colibrí. Probablemente, porque de alguna manera ya sepamos que el grado de conciencia entre un insecto y un animal vertebrado es muy diferente y, por tanto, la “capacidad de vida” que contienen uno y otro ser, también lo es. De hecho, esta actitud natural nuestra al relacionarnos con las diferentes especies animales, es bastante acorde con lo que hasta ahora nos dice la ciencia al respecto. Por ejemplo, el dolor es una sensación que está directamente relacionada con el sistema nervioso y está demostrado que en los insectos el sistema nervioso está muy poco desarrollado en comparación al de, por ejemplo, los mamíferos. De hecho, por lo que hasta ahora sabemos, el sistema nervioso de los insectos funciona como un mero mecanismo sensorial que les permite responder a los estímulos del ambiente… Y poco más. Así pues, de momento, no está en absoluto probado que sean capaces de sentir dolor físico. Al menos, de la misma manera en el que nosotros lo comprendemos. Ahora bien, dicho lo cual, no significa que los insectos (o incluso los vegetales) no sean capaces de percibir sensación alguna. Existen diferentes estudios y experimentos con plantas que parecen demostrar en estos organismos la evidencia de respuestas sensoriales complejas, aunque ciertamente la manera en la cual lo hacen, hasta ahora, se desconoce completamente. En cualquier caso, las evidencias empíricas que tenemos hasta la fecha parecen indicar una clara evolución de las emociones y, en general, de las capacidades cognitivas de los seres vivos según su escala evolutiva. En este sentido, son especialmente elocuentes los estudios comparados de desarrollo cerebral entre las distintas especies animales del planeta. Y este desarrollo evolutivo, desde la ameba hasta el ser humano, en último término, se traduce indefectiblemente en una mayor capacidad de conciencia.

Brain Evolution illustration

Así pues, retomando la cuestión que se planteaba al inicio del post, la capacidad de conciencia estaría intrínsecamente ligada a nuestra percepción de la realidad que nos rodea. De esta forma se entiende que cuanto mayor sea nuestra consciencia individual, también alcanzaremos un mayor grado de conciencia de nuestra realidad. Esto es, al fin y al cabo, lo que les sucede a los protagonistas de las obras que comentaba al inicio del artículo. A medida que “despiertan su conciencia” se van dando cuenta que la realidad que les envuelve es muy diferente a la que hasta ese momento conocían. No obstante, la “nueva realidad” en ningún momento niega o sustituye a la anterior, sino que simplemente la amplia, la integra y, sobretodo, la trasciende. La realidad virtual de Matrix sigue existiendo a pesar de que Neo consiga liberar su mente de ella…

Una cosa en común que tienen todos estos relatos es la importancia a atender a “la voz interior” que cuestiona la realidad aceptada hasta el momento. A partir de ese instante, los personajes de estas historias deberán tener la valentía de tomar toda una serie de decisiones a menudo a contracorriente de la sociedad o de los propios hábitos  y costumbres (lo que a menudo se conoce como “zona de confort”) que les llevará a emprender acciones totalmente nuevas, rompiendo así  la rutina cotidiana (“los bucles narrativos” que tan gráficamente quedan expuestos en “WestWorld”).

bucle narrativo dolores

Lo explicado anteriormente guarda muchas similitudes con la descripción de “el viaje del héroe” que desarrolló el antropólogo Joseph Campbell en su libro “El héroe de las mil caras” (1949) después de estudiar los mitos y leyendas tradicionales de diferentes culturas alrededor del mundo. El trabajo de Campbell ha sido utilizado, sobretodo, a la hora de confeccionar historias de ficción y  guiones cinematográficos (sobretodo para cine de aventuras). En cualquier caso lo que nos plantea este autor es la estructura de un relato en el cuál un personaje “ordinario” recibe algún tipo de “llamada a la acción” por la cual deberá decidir abandonar su mundo conocido para adentrarse en una aventura repleta de incertidumbres, de la cuál finalmente, después de superar diferentes dificultades y obstáculos, deberá regresar trayendo para sí un importante aprendizaje y, también de esta manera, totalmente transformado.

viaje heroe

Finalmente, creo que el tema de la Inteligencia Artificial” es otro de los aspectos a tratar al hablar de la relación entre conciencia y vida. En la ciencia ficción podemos encontrar (además de “WestWorld”) innumerables obras que de forma magistral plantean esta cuestión (“2001”, “Blade Runner”, “A.I. Inteligencia Artificial”, “EVA”, etc.), aunque seguramente nadie como Asimov y su “saga de los Robots”.

En cualquier caso, la pregunta que invariablemente cabe responder siempre es la Robotmisma: ¿si el ser humano llegara a desarrollar artificialmente una inteligencia con plena conciencia de sí misma y de su entorno, deberíamos considerarla como una forma de vida al igual que la nuestra?

Y aunque es un dilema realmente complejo, creo que no será difícil de adivinar por todo lo expuesto en este artículo que personalmente considero que, indudablemente, así debe ser.

Porque, al fin y al cabo, y parafraseando al personaje de Morfeo (Matrix) sobre el concepto de realidad:

“Si estás hablando de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, lo que puedes saborear y ver, entonces lo real son simplemente señales eléctricas interpretadas por tu cerebro.”

pastillas matrix

Y ahora ya sí, por último y a modo de conclusión, me gustaría añadir que tal vez todo esto guarde a su vez un estrecho vínculo con el mismo concepto de libertad puesto que, en última instancia, ¿qué hacen personajes como “Neo”, “Dolores” o “Truman” sino buscar su liberación individual ante la realidad social que les es manifiesta?

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Realidad, conciencia, vida… Matrix, WestWorld, Truman y filosofía.

¿Hay vida después de la muerte?

flor-marchita.jpgLa cuestión de la existencia de la vida después de la muerte seguramente constituya la piedra angular sobre la cual se cimientan todas las religiones del mundo y, por supuesto, también ha sido un tema recurrente a lo largo de la historia de la filosofía y del pensamiento humano de todos los tiempos.

Asimismo, para argumentar acerca de esto (ya sea a favor o en contra) inevitablemente siempre aparece, de un modo u otro, el concepto de “alma”. El alma (o el “espíritu”) como convencionalmente la concebimos en nuestro imaginario colectivo albergaría nuestro “Yo Inmaterial”, capaz de trascender el mundo físico. De esta manera y simplificando al máximo, podríamos asegurar que la creencia en el alma indefectiblemente va asociada al convencimiento de la continuidad de nuestra vida más allá de la muerte y, en el caso contrario, a asumir que con la muerte finaliza, sin más, nuestro periplo particular por el mundo. No obstante, pienso que es conveniente señalar que dentro de la teología y, en general, también dentro del pensamiento religioso y filosófico (e incluso de determinadas corrientes psicológicas) existen otros muchos conceptos teóricos relacionados con toda esta materia, aunque no vienen al caso para lo que aquí se refiere. Al menos, de momento…

Por otro lado, creo que es conveniente aclarar que este asunto debe ubicarse siempre en el ámbito correspondiente a cuestiones de fe o, al menos, relacionadas con la disertación o la especulación abstracta, puesto que (al menos hasta la fecha) no existe evidencia empírica alguna que demuestre científicamente la realidad de ninguno de estos conceptos. Por lo tanto, sólo podemos creer (o no) en ellos… Ahora bien, a pesar de todo, es bueno reconocer también que todos estos planteamientos existenciales están plenamente vigentes a día de hoy, puesto que la mayoría de las preguntas filosóficas y/o espirituales acerca del origen y el propósito de la vida, siguen aún sin hallar una respuesta satisfactoria. Y me atrevería a decir que es probable que nunca la tengan.

De este modo, podemos ver que la ciencia nos habla, por ejemplo, acerca del Big-Bang o de la evolución de las especies. Pero todo esto, en el fondo, poco nos dice respecto al sentido de la vida. Al no ser que convengamos que la vida, como tal, no tiene ningún sentido a excepción del que nosotros le podamos otorgar durante nuestra existencia. Y lo cierto es que este punto de vista, en realidad no me parece en absoluto inadecuado, pues en cierta manera nos puede animar a aprovechar nuestro limitado tiempo biológico de la mejor manera que sepamos. Y tal vez, al final después de todo, resulte que así sea, ¡quién sabe! Ahora bien, lo cierto es que detrás de cada respuesta que nos ofrece el saber científico siempre podemos plantear un nuevo interrogante, entrando de este modo, en una especie de espiral interminable… Por otro lado, lejos de lo que a veces se asume erróneamente, la ciencia tampoco es un dogma de fe estático. Por su propia metodología, siempre se encuentra en permanente revisión. La misma evolución en el saber psicológico, o los sorprendentes descubrimientos en el campo de la física cuántica de las últimas décadas pueden servir de buenos ejemplos de ello. Lo que hoy se entiende de una manera, mañana puede reinterpretarse de forma diferente.

En cualquier caso, reconozco que me cuesta aceptar que el Universo haya montado todo este magnifico espectáculo de infinidad de galaxias, estrellas, moléculas, conexiones neuronales y un sinfín más de cosas sin un porqué. ¿De verdad merecía la pena tomarse tantas molestias?

Quisiera aclarar, no obstante, que con este post no pretendo convencer a nadie sobre la continuidad de la vida más allá de la muerte. Nada más lejos de mi intención. Que cada cual piense lo que más le satisfaga o lo que le sirva mejor. De hecho, a pesar de que pudiera parecer lo contrario por estar escribiendo estas líneas, ¡ni yo mismo he encontrado una explicación que me convenza completamente! Si no que, simplemente, me gustaría exponer y jugar con una hipótesis que me ronda desde hace tiempo por la cabeza (tal vez un poco loca) pero que, quizás, pueda tener algo de sentido y ser de utilidad para alguien… Para ello, sirviéndome del agua como fuente de inspiración (sustancia que, recordemos, conforma entre el 60 y el 70% de nuestro organismo y que ocupa tres cuartas partes del planeta), voy a intentar explicar metafóricamente algunas de mis conjeturas particulares acerca de todo este asunto. Con este objetivo, también me permitiré ciertas licencias“al dar por ciertas” diversas premisas totalmente hipotéticas, ya que difícilmente sería capaz de hacerlo de otra manera.

Por último, antes de ir al quid de la cuestión, me gustaría comentar que a la hora de hacerme una idea propia acerca de este asunto he bebido a lo largo de mi vida de fuentes muy diversas (desde el budismo, el taoísmo o el yoga, hasta psicólogos, filósofos y pensadores occidentales como Carl Gustav Jung, Arthur Schopenhauer o Ken Wilber, entre otros). No obstante, pienso que quizás me han podido influir de manera especial algunas de las ideas fundamentales que se desarrollan en el libro Un curso de milagros . Así que, dicho lo cual, como coloquialmente se dice, ¡vamos al tajo!

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Imaginémonos un paisaje idílico del mar en el horizonte, donde la imagen queda dividida en dos bloques: el superior, correspondiente al cielo; y el inferior; correspondiente al agua. En el centro queda, pues, la línea imaginaria que aparentemente los separa.

Así pues, el bloque superior está compuesto básicamente por el aire de la atmósfera, o dicho de otra manera, por aquello que es invisible e intangible a nuestros ojos; y la parte correspondiente al mar, en cambio, está compuesta esencialmente de agua, es decir, por aquello que es visible y tangible para nosotros.

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Este paisaje, además, a pesar de los cambios atmosféricos, el ciclo de las estaciones, las corrientes marinas, el día y la noche y todas las variantes posibles, en cierto modo, lo podemos considerar “eterno” puesto que, por mucho que transcurra el tiempo, finalmente, siempre seguirá existiendo el mar en el horizonte.

Ahora imaginémonos también las pequeñas burbujas de diferentes tamaños y duración que aparecen aleatoriamente (a causa del viento y demás) y por poco espacio de tiempo en la superficie marina. Como sabemos, cada una de estas burbujas está compuesta de una pequeña película de agua que contiene aire en su interior. Es decir, las burbujas están conformadas por una parte visible y tangible en su exterior, y por una parte invisible e intangible en su interior.

Pues bien, pongamos que el mar, la parte “Visible”, corresponde a todo aquello que tiene que ver con la materia y que aceptamos como nuestro mundo físico y que el aire, la parte “Invisible”, corresponde a aquello a lo que, según las diferentes tradiciones, se le ha denominado “Dios”, “Alma Universal, “Tao”,Esencia o Inteligencia Divina o Superior, o simplemente “energía”, entre otros. Demos por cierto, además, que esta parte inmaterial será la que se relacionará, de algún modo, con nuestra conciencia o capacidad racional (ya he avisado anteriormente que iba a dar por hechos ciertos supuestos no demostrados empíricamente).

Así pues, siguiendo este símil, las personas seríamos como pequeñas burbujitas suspendidas en la inmensidad del mar. Es decir, podríamos considerar que los seres humanos somos una especie de conglomerado de materia que contiene una porción de “Alma Universal” en el“interior” (aunque ciertamente no tengamos capacidad para determinar si su ubicación es en el interior”, el exterior” o está “sobrepuesta”). Por otro lado, con tal de diferenciar fácilmente las “partes” del “todo”, a nuestra naturaleza física, es decir, al conjunto de nuestro organismo, simplemente le llamaremos “cuerpo” y a nuestro pedacito de Alma Universal” la denominaremos “espíritu”. De este modo, podríamos afirmar, de manera un tanto poética, que la vida surge de la unión de “lo visible” con “lo invisible”.

Siguiendo con esta disertación, lo que ocurriría, no obstante, es que por alguna extraña razón nuestro espíritu (que, no lo olvidemos, estaría vinculado con nuestro sistema de pensamientos o capacidad mental) no es consciente de su propia naturaleza de Alma Universal” y, como se desarrolla en un cuerpo físico, nada más es capaz de percibir “lo visible”. De este modo, al observarse así mismo “sólo vería” un cuerpo individual y, al mirar a su alrededor, percibiría todo un mundo material lleno de elementos diferentes e inconexos. Así pues, irremediablemente se comprendería como “un algo” completamente separado del resto de cosas. Por lo tanto, para desenvolverse con naturalidad en esta realidad no tiene más remedio que generar una idea de sí mismo a la que denominaremos “Ego”. El ego sería algo así como nuestro complejo auto-concepto, nuestra identidad individual, o nuestro “Yo” particular. Una poderosa idea mental que iríamos generando, poco a poco a lo largo del tiempo, fruto de nuestras experiencias vitales de todo tipo. En definitiva, el ego será el que definirá nuestra forma de sentir y de razonar y, por tanto, el que marcará nuestras acciones y comportamientos y, en general, nuestras relaciones sociales y nuestro vínculo con el mundo físico. O expresado de forma sencilla: nuestra mente estará gobernada por el ego.

En cualquier caso, lo que gustaría remarcar es que nuestra inmaterial “menteespíritu-ego” o como queramos llamarla, paradójicamente, en ningún momento es consciente de la parte intangible de la existencia y, por tanto, desconoce absolutamente la naturaleza del Alma Universal de la que está compuesta. Aún más, debido a que está intrínsecamente ligada a un cuerpo en el mundo de lo visible resulta imposible que pueda conocer lo invisible a través de la mera experiencia física. Así pues, la mente solamente por medio de la introspección profunda sería capaz de alcanzar un estado de conciencia que la permitiera vislumbrar la otra parte de la realidad, puesto que, parafraseando a Albert Einstein, “difícilmente se puede resolver un problema desde el mismo nivel de conciencia donde éste se genera”. Dicho estado de conciencia, según muchísimas tradiciones espirituales, recibiría el nombre de “iluminación” o “despertar”.

Así pues, para el tema que nos concierne – el de si hay vida más allá de la muerte – según la hipótesis que estoy planteando, creo que podríamos considerar finalmente que la vida continúa después de la desaparición física dependiendo única y exclusivamente de la interpretación subjetiva que hagamos de lo que consideramos como vida. Me explico:

Retomando la metáfora de las pequeñas burbujas que están suspendidas en la superficie del mar, si estuviéramos observando cuando una de estas burbujas explotara veríamos que, efectivamente, la burbuja en cuestión desaparecería de la existencia, aunque no así todo aquello que la conformaba: las moléculas de agua se disolverían en el mar y el aire contenido sería liberado hacia la atmósfera. Ahora bien, cabe reconocer que la burbuja en sí, definitivamente dejaría de existir.

Algo parecido, entonces, podríamos considerar que podría pasar con la muerte de un ser individual: el cuerpo entra en un estado de descomposición biológica (la disolución de las moléculas y átomos que lo conforman) y el “espítitu” se fundiría con el “Alma Universal” de manera instantánea. Por lo tanto, nada desaparecería de la existencia sino que, simplemente, cambiarían las formas. Así pues, quizás al final todo dependa de la perspectiva con la que entendamos la vida.

Si por vida se entiende al ser individual, es decir, la forma con la que habitualmente la comprendemos, creo que irremediablemente debemos tomarnos la muerte como punto y final. El ser que soy, mi cuerpo y los genes que me componen, mi contexto histórico y social, mis experiencias vitales, mi familia, mis amigos, mis pensamientos y sentimientos… Nada de todo eso, continuará su recorrido más allá de esta vida. Al no ser, claro está, que creamos en la teoría del “eterno retorno” de Nietzsche (pero esto ya es harina de otro costal). De esta manera, si al principio hemos convenido que de la unión de “lo visible” con “lo invisible” surge la vida, con su separación debemos reconocer que, entonces, llega su fin.

Ahora bien, desde otro punto de vista, si entendemos que con la muerte simplemente se produce en el individuo una transformación de los estados físico y, sobretodo, mental, que implican la desaparición del ego permitiendo al espíritu  integrarse nuevamente en el “Alma Universal”, es posible que entonces podamos considerar que en verdad nada llega a su fin puesto que la vida es un proceso que obedece a un ciclo natural de cambios que se seguirá dando de manera infinita a lo largo del tiempo. O dicho de otra manera, todos los seres que han existido, existen y existirán constituyen diferentes formas físicas de un único Alma. De este modo, cobrarían pleno sentido las conocidas afirmaciones espirituales de Todos somos Uno” o “Dios está en todas partes”.

Tal vez sea posible integrar estas dos perspectivas en una de sola, entendiendo que con la muerte, el ser individual desaparece pero su esencia sigue permaneciendo, puesto que es eterna. Quizás este ciclo continuo de interacciones “espíritu particular – Alma Universal” que se da con el nacimiento y muerte de los seres individuales sea necesario para generar nuevos estados cada vez más elevados de Inteligencia o Esencia Divina” en el mundo de “lo invisible” que, a su vez, sean capaces de ofrecer en el mundo de “lo visible nuevas posibilidades para alcanzar una existencia que refleje cada vez mayores grados de paz, amor y conciencia colectiva. Así pues, entenderíamos que el mundo material fuera un reflejo del “nivel de conciencia” en el mundo espiritual y viceversa, pues ambas realidades constituirían las dos caras de una misma moneda.

Para finalizar este escrito, me gustaría decir que pienso que independientemente de lo que cada cuál crea acerca de este tema (si pensamos que no existe ningún alma y, por tanto, con la muerte finaliza la vida, o si creemos que existe el alma y, de esta manera, la existencia tiene continuidad más allá de la muerte o, incluso, si no tenemos una convicción clara al respecto), al final, siempre podemos estar de acuerdo en un mismo mensaje de fondo: para uno mismo (como para todos) la muerte del cuerpo físico llegará un día, tarde o temprano. Y, después de todo, quizás no sea tan importante saber qué sucederá cuando llegue ese momento (si es que sucede algo). Lo única certeza que tenemos es la de estar vivos en este momento. Así que intentemos vivir de manera que nos valga la pena, procurando aprovechar el tiempo que se nos ofrece de la mejor manera que sepamos. En definitiva, propongámonos ser felices.

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¿Hay vida después de la muerte?

Elige tu propia aventura

De pequeño me aficioné a una colección de libros que llevaba por título Elige tu propia aventura. Se trataba de una serie de pequeñas novelas juveniles, escritas por diferentes autores y que normalmente no guardaban relación entre sí. El común denominador de estas novelas era que el lector intervenía directamente en el devenir del relato con sus decisiones. De este modo, continuamente se planteaban circunstancias donde se debía escoger el camino que adoptaba el protagonista (que, por supuesto, éramos nosotros mismos) proponiendo en los pies de página algo así como “Si decides que tienes que hacer ‘esto’, ves a la página ‘tal’; si en cambio decides hacer ‘esto otro’, ves a la página ‘tal’”.

De este modo, en cualquiera de estos libros y a modo de lema de la colección, siempre podíamos encontrar el siguiente texto, que resultaba la mar de sugerente:

Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias… y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomar las decisiones. Puedes leer este libro muchas veces y obtener resultados diferentes. Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura. Si tomas una decisión imprudente, vuelve al principio y empieza de nuevo. No hay opciones acertadas o erróneas, sino muchas elecciones posibles.

Así pues, el relato contenía múltiples y diferentes aventuras y, por supuesto, diferentes desenlaces (algunos felices, otros no tanto e incluso, algunos trágicos). Lo cierto es que estos libros me aficionaron en gran medida a la lectura durante la infancia. Recuerdo, por ejemplo, entre los títulos que más me gustaron los siguientes: “Te conviertes en un tiburón”, “La cueva del tiempo” o “El misterio de Chimney Rock”.

En cualquier caso, lo que me enganchaba realmente de estas novelas era el hecho de sentirte protagonista en primera persona de los acontecimientos, gracias a poder decidir en cada momento qué camino tomar.

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Creo que estos libros pueden servir de pequeña metáfora de la vida de cualquier ser humano. A lo largo del tiempo vamos tomando decisiones que nos llevan a vivir unas u otras circunstancias determinadas. De hecho, si miramos de forma retrospectiva nuestra vida actual, nuestro momento presente se debe, en gran medida, a toda la serie de decisiones que hemos ido adoptando a lo largo del transcurso del tiempo. Desde nuestra niñez hasta ahora, en este preciso instante en el que nos encontramos. Desde las decisiones más sencillas o simples hasta las más complicadas o trascendentes.

Lo cierto, es que si reflexionamos sobre ello, veremos que continuamente estamos decidiendo. Incluso cuando nos parece que no decidimos nada, en verdad, se trata de una ilusión, puesto que lo que sea que estemos haciendo ahora mismo nos conducirá irremediablemente a experimentar unas circunstancias determinadas en el futuro. Y este futuro lo podemos imaginar como algo que sucederá de aquí a 10 minutos o  de aquí a 10 años. Es indiferente. En cualquier caso, la mayoría de veces nuestras decisiones pasan completamente inadvertidas para nosotros mismos. Aunque eso –insisto- no significa que no se estén dando. La vida siempre está en movimiento y nosotros no podemos escapar de dicho movimiento. Aún cuando nos parece que estamos en estado de quietud, lo cierto es que también nos estamos moviendo igual. Aún cuando no lo advirtamos. De forma similar que ocurre con la Tierra que, a pesar que a nosotros nos pueda dar la sensación de que permanece inmóvil, en realidad gira incesantemente sobre sí misma y alrededor del Sol, al tiempo que se desplaza por el Espacio.

Es verdad que hay decisiones en la vida de mucho mayor calado que otras. “A priori”, decidir con qué ropa te vistes por la mañana o qué vas a comer a mediodía no tienen ni mucho menos la misma importancia para la vida de una persona que decidir, por ejemplo, qué estudiar, si vivir en pareja o no o tener hijos. Eso es evidente. Ahora bien, hay que reconocer también que a veces las decisiones más aparentemente insignificantes pueden tener consecuencias “a posteriori” de mucho más relevancia. Por lo tanto, es muy interesante pararnos de vez en cuando a pensar sobre si el rumbo que llevamos nos satisface o no… Puesto que ciertamente podemos hacer mucho para cambiarlo.

Y creo que darse cuenta de esto, es fundamental en el camino de cualquier ser humano. El hecho de tornarnos conscientes de la importancia de nuestras decisiones, inevitablemente, también trae consigo otra consecuencia relacionada: la responsabilidad. O dicho de otra manera, si el conjunto de las decisiones que yo he tomado a  lo largo de la vida me han llevado a vivir, de alguna manera, mis circunstancias actuales, debo aceptar entonces que, en cierto modo, yo he sido responsable (para bien y para mal) de mi vida actual ¡Y también de mi vida futura! Puesto que, en cualquier circunstancia, siempre tendré capacidad para elegir. Siempre. Incluso en las más inimaginables, desdichadas, infortunas o adversas, siempre me quedará, al menos, la posibilidad de escoger la manera en cómo las afronto.

Y como alguna vez he comentado en algún artículo anterior, quisiera aclarar que lo dicho tampoco significa en modo alguno que nosotros debamos considerarnos algo así como una especie de seres todopoderosos capaces de crear según nuestro antojo nuestra propia realidad. O sentirnos culpables por si nos van mal las cosas en la actualidad o, aún peor, creer que somos, de algún modo, ingenuos o incluso “tontos” por no ser capaces de lograr tener una vida “mejor”. Todo el conjunto de circunstancias externas que envuelven nuestra vida, así como la totalidad nuestras experiencias personales, son fundamentales y nos condicionan sobremanera (la familia, la escuela, la clase social, etc.). Pero en última instancia, a nivel individual y a pesar de nuestras circunstancias vitales, nosotros siempre continuaremos conservando intacto el poder de decidir, de elegir nuestro propio camino en la medida de nuestras posibilidades. Dios reparte las cartas pero somos nosotros los que jugamos la partida. Y tenemos que procurar, además, que nadie intente jugarla por nosotros… Es decir, tenemos que proponernos ejercer constantemente nuestro derecho a decidir por nosotros mismos acerca de nuestra vida. Para permitir equivocarnos y también para darnos la oportunidad de acertar. Asumiendo de manera consciente nuestra responsabilidad en nuestra propia vida.

Así pues, y a modo de despedida, tal y como decían en los libros de “Elige tu propia aventura”:

“Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura”

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Elige tu propia aventura

Teoría del Tiempo Acumulado

¿No sucede que a medida de que nos vamos haciendo mayores parece que el tiempo pase más deprisa? ¿Quién, por ejemplo, no recuerda aquellos veranos de su infancia donde los pocos meses transcurridos entre la finalización de un curso escolar y el comienzo del siguiente parecían toda una eternidad? ¿O aquellas Nocheviejas, por ejemplo, también en la niñez, donde al despedir el año teníamos la sensación de dejar atrás un sinfín de experiencias vividas, a  la vez que sentíamos una especie de vértigo al imaginar la cantidad de cosas que aún teníamos por delante en el nuevo año que se avecindaba?

Así pues, ¿no ocurre que llega un momento en la vida en el que, a partir del cual, parece que los años pasen más rápido? Y, ¿no es verdad, también, que a medida que vamos envejeciendo esta sensación va en aumento? Incluso, al llegar a cierta edad, parece como si los años volaran…

Es algo así como si el tiempo se condensara, se redujera, como si los días fueran más cortos. Pero todos sabemos que esto no ocurre en realidad. Que un día tiene 24 horas. Y que un año, a excepción de los bisiestos (claro está) está compuesto por 365 días. Y que siempre ocurre así, puesto que el tiempo obedece a las leyes físicas.

No obstante, también es cierto que durante nuestra vida se dan intervalos de tiempo en los que ocurre el efecto contrario. Periodos más o menos cortos (días, semanas, tal vez meses) en los que la sensación es justamente a la inversa, es decir, que parece que el tiempo se dilata. Periodos en los que nos da la sensación de haber vivido mucho más tiempo de lo que estrictamente nos señala el reloj. Esto suele pasar, sobretodo, en momentos de gran intensidad emocional, durante los cuales las experiencias se viven de forma muy significativa. Donde, por la razón que sea, nos hacemos presentes a cada segundo. A veces, ocurre que lo sentimos a través de la vivencia de alguna experiencia traumática, y otras, en cambio, por todo lo contrario, a través de instantes repletos de euforia, alegría o similar…

En cualquier caso, mirado en su conjunto, creo que esta sensación de que “el tiempo se alarga” se produce más bien de forma esporádica o excepcional y, en cambio, la percepción de que “el tiempo se acorta” es, para bien o para mal, la habitual durante el transcurso de la etapa adulta. Una explicación posible a este fenómeno seguramente estaría relacionada con la capacidad de vivir intensamente el “aquí y ahora”, es decir, con la capacidad de hacerse presente a cada momento. Así pues, podemos considerar bastante “natural” que durante la infancia tengamos esta capacidad  mucho más pronunciada que de adultos, puesto que cuando somos pequeños todo está por descubrir y, por lo tanto, es mucho más fácil que nos sorprendamos y que nuestras experiencias sean más vividas. De adultos, en cambio, nuestro bagaje personal, junto a la cotidianeidad que en mayor o menor grado se acaba imponiendo, seguramente hace que nuestras experiencias pasen de manera más desapercibida.

Ahora bien, en lo que a este post en cuestión se refiere,  me gustaría prestar atención especial a lo que yo he convenido en llamar “la teoría del tiempo acumulado”. Vaya por delante que en verdad ignoro si esta “teoría” realmente tiene algún tipo de rigor científico o no, ya que lo que a continuación explicaré es producto, exclusivamente, de mis propias elucubraciones mentales, teniendo en cuenta – eso sí – mi sentido común y mi propia experiencia.

Pues bien, yo parto de la idea de que las personas tenemos una especie de “reloj biológico” que guarda en algún lugar de nuestro el tiempo que hemos vivido. En realidad, como imagen ilustrativa quizá sería más apropiado hablar de “depósito” en lugar de “reloj”. La idea, en cualquier caso, es la de un recipiente que se va llenando de una sustancia determinada. Sólo que en este caso la sustancia, lejos de ser un líquido, es algo tan abstracto como el tiempo.

De esta manera, por ejemplo, si yo en estos momentos tengo la edad de 37 años, podría afirmar algo así como que “llevo acumulados 37 años de tiempo”. De este modo, cuando nacemos nuestra cantidad de tiempo acumulado es exactamente de “0”. Así pues, al cumplir el primer año de vida, la duración en términos absolutos de un año natural (365 días) equivale al 100% del total de nuestro tiempo acumulado. Siguiendo esta misma lógica, podemos deducir fácilmente que al cumplir los dos años de edad, el año natural equivaldría exactamente a la mitad de nuestro tiempo acumulado, cuando cumplimos los tres equivaldría a un tercio y así sucesivamente… O dicho con otras palabras, la relación entre nuestra “sensación de duración de un período de tiempo determinado” (por ejemplo, 1 año) y nuestro “total de tiempo acumulado” (por ejemplo, nuestra edad) es inversamente proporcional.

De esta manera, es fácil comprender que en términos relativos, un año natural es una porción de tiempo mucho más importante para un niño de 5 años que para un adulto de 50. Es decir, nuestra sensación respecto el paso del tiempo irá, en gran medida determinada, en función de la cantidad de tiempo que hayamos acumulado según la etapa vital en la cual nos encontremos. De este modo, nuestra “percepción del paso del tiempo” será mucho más pronunciada a medida que nuestra vida transcurra, simplemente por el hecho de haber vivido más años.

Y al fín, al llegar a la vejez podremos comprender que, con toda esa cantidad de años  sobre nuestras espaldas, para nosotros la vida en esos momentos no es más que un breve suspiro que acontece en un abrir y cerrar de ojos.

la-persistencia-de-la-memoria-dali3.jpgLa persistencia de la memoria” (Salvador Dalí)

Teoría del Tiempo Acumulado