Gestión emocional

Todas las emociones cumplen con un propósito natural, con una función determinada que está relacionada con nuestros mecanismos de respuesta ante los estímulos que se nos presenten, la adaptabilidad al medio ambiente o a las circunstancias vitales y, en última instancia, con nuestra propia supervivencia. Por lo tanto, debemos contemplarlas como algo normal en los seres humanos, es decir, como unas herramientas diseñadas para ayudarnos a desenvolvernos por la vida, al igual que lo hacen, por ejemplo, nuestros sentidos.

A modo de ejemplo, si de repente se nos apareciera delante de nosotros una serpiente sería del todo comprensible que en ese momento experimentásemos una sensación de miedo. Así pues, nuestro sentido de la vista captaría una imagen concreta que, a su vez, activaría una emoción. Todo ello para obligarnos a dar una respuesta determinada y adaptativa (por ejemplo, la huída).

Este proceso que acabo de describir lo entendemos como algo del todo razonable y lógico. Desde esta perspectiva, lo cierto es que las emociones funcionan con gran precisión y nos sirven de gran ayuda. Ahora bien, el problema estriba cuando se activan determinadas emociones -llamémoslas “negativas”- , sin que haya una causa – digámosle “real”- que así las justifique.

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Esto suele pasar, sobre todo con el miedo o la tristeza (aunque también puede pasar con otras emociones, como por ejemplo la ira). En muchas ocasiones no sentimos miedo o tristeza por lo que sucede, sino por lo que pensamos que sucede o, aún más frecuentemente, por lo que creemos que podría suceder. Si la emoción permanece anclada en nosotros, a menudo deriva hacia otras formas más complejas como las fobias o la depresión. O dicho de otra manera, lo que activa nuestra emoción en realidad no tiene una existencia real, sino que es fruto de una idea. Lo que ocurre es que nosotros experimentamos dicho pensamiento como algo totalmente real, pues ciertamente lo estamos pensando. Y la emoción que se desencadena, por supuesto también, pues la estamos sintiendo en ese momento.

En cierta medida, en un grado moderado, esto tampoco es de por sí malo (quizás más bien al contrario). Es decir, somos seres inteligentes que vivimos en un mundo la mar de complejo y, por lo tanto, es habitual e incluso conveniente que pensemos en diferentes posibilidades que se nos puedan presentar a lo largo de la vida. A modo de ejemplo, está muy bien que miremos a ambos lados de la calle antes de cruzar en previsión de que pueda pasar un coche. Esto corresponde con  una conducta perfectamente razonable. El problema estriba cuando el miedo a la posibilidad a ser atropellados nos pueda llegar a impedir salir a la calle. Y eso es lo que a veces ocurre cuando nos vemos desbordados por nuestros propios recursos.

Así pues, vemos que la gestión que hagamos de nuestras propias emociones  es esencial para determinar nuestro estado de ánimo. Ahora bien, ¿qué tenemos que hacer cuando (por el motivo que sea) nos vemos desbordados por nuestras emociones, por nuestros miedos, angustias, tristezas o preocupaciones? ¿Qué hacer cuando nuestras emociones, pensamientos e incertidumbres nos dominan y no nos permiten permanecer en un estado de serenidad?

La verdad es que yo no tengo en absoluto una respuesta clara para ello, pero creo que es muy y muy importante ser capaces de darnos cuenta de lo que nos pasa.  Considero que el ser consciente del mecanismo que empuja a alguien a sentirse y comportarse de una forma determinada es el primer obstáculo que debemos reconocer y salvar para superar dicha situación, puesto que como dice la célebre cita “el primer paso para resolver un problema es reconocer que éste existe”.

 

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Gestión emocional

Emociones

Solemos pensar que somos tal cual pensamos, y aunque esto ciertamente es así, cabría reflexionar un poquito sobre esta afirmación. Desde luego que somos seres racionales, pero también (y quizás más importante aún) somos seres emocionales. Por lo tanto, también somos tal y como nos sentimos.

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De lo que en muchas ocasiones no nos damos cuenta es que nuestras emociones condicionan enormemente nuestra forma de pensar. Es decir, vemos el mundo y lo que nos sucede según nuestros propios sentimientos, o dicho de otra forma, desde nuestra propia subjetividad. Parece evidente que una persona que se encuentre deprimida tiende a ver las cosas de manera mucho más negativa que si albergara un estado de ánimo diferente. Es por ello que es muy importante ser conscientes de nuestras emociones, de las cosas que nos afectan y de la manera en la que lo hacen. Hacerlo nos ayudará a ver las cosas con mayor objetividad. En cualquier caso, el hecho de no darnos cuenta de nuestros propios sentimientos, o de si los estamos rechazando de alguna manera, puede distorsionar de manera significativa la forma en la que valoramos las circunstancias que se nos presentan y, en general, nuestra manera de pensar, produciéndonos angustia, ansiedad o cualquier otra sensación similar. De alguna manera, esto es lo que ocurre con nuestros miedos y represiones inconscientes, puesto que por el simple hecho de que no somos conscientes, no nos podemos dar cuenta de lo que nos está pasando.

El modelo freudiano divide la mente en diferentes niveles de conciencia con tal de poderla estudiar o analizar. Ahora bien, aunque esto puede resultar muy útil para comprenderla hay que tener en cuenta que la mente no es en absoluto una especie de armario compartimentado, sino que conforma un todo unificado.

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Así pues, nuestra parte “consciente” y nuestra parte “inconsciente” están mucho más  intrincadas y mezcladas de lo que a simple vista podríamos deducir a través de la contemplación de un mapa puramente teórico.

Por lo tanto, nuestro consciente, nuestra parte más racional, siempre estará influido por nuestro inconsciente. Y a la inversa. Pues al final, nuestra mente es sólo una.

 

Lo fundamental de todo lo dicho hasta ahora es, en cualquier caso, que es muy importante que dediquemos de vez en cuando el tiempo que necesitemos para integrar nuestras propias emociones, sin rechazarlas en absoluto, y a reflexionar sobre cómo nos afecta lo que nos sucede. Aunque no nos guste lo que sintamos. Procurando ser el máximo de honestos con nosotros mismos, aceptando nuestros propios sentimientos y evitando en la medida de lo posible juzgarnos a nosotros mismos. Entendiendo que, al fin y al cabo, somos seres humanos y, como tales, somos susceptibles de sentir cualquier emoción.

Y que es normal que así sea.

Emociones

Trascendencia: aceptación y cambio

Hace algún tiempo hablé en un post dela sombra, es decir, de aquella oscuridad que albergamos en nosotros mismos y que, como tal, somos incapaces de ver. Por la simple razón de que es invisible a nuestros ojos. No obstante, como ya dije aquella vez, a veces las circunstancias arrojan luz ante nosotros y nos obligan a contemplar, a veces con dolor, aquello que durante tanto tiempo (quizás desde siempre) hemos negado o no hemos sido capaces de concebir.

Una vez llegado este momento, aunque podemos negar la mayor y entrar en un proceso de autoengaño con tal de proteger nuestro ego, lo cierto es que si somos honestos prestaremos total atención a la claridad de la luz que se manifiesta delante nuestro… Aceptar nuestras debilidades, limitaciones, errores y nuestra total humanidad. También he hablado, desde distintas perspectivas, en diferentes ocasiones de este proceso de aceptación. Por ejemplo desde un punto de vista devenido por las circunstancias o desde una perspectiva más interior.

Ahora bien, a veces sucede que este punto de inflexión es tan radical que se convierte en un camino de no retorno. Una señal que nos indica que ya nada será lo mismo, que necesariamente no puede ser igual. Un punto en el cuál la crudeza de nuestra sombra es tan brutal que la mera aceptación ya no resulta suficiente.

En ese instante se abre un proceso en el cual la integración de la sombra de la que hablaba en anteriores posts se transforma en una potente herramienta de cambio interior. Tal como si fuera un proceso de desintoxicación interno. Al igual que si se tratara de un filtro de desintoxicación espiritual, del cual no sabemos bien bien cómo vamos a salir, pero que lo sabemos necesario y vital para nosotros. Como una llamada de socorro interna que no podemos eludir. Una alarma que nos indica manifiestamente que por este sendero ya no es posible transitar y que es necesario un cambio de rumbo en nuestra vida. Un cambio necesariamente interno. Trascender en buena medida lo que hasta ahora era nuestra personalidad para dar paso a una nueva forma, que nos conduce a un nuevo nivel de conocimiento, a una perspectiva mucho más profunda. Parecido a lo que ocurre con la mariposa al romper la crisálida. Quizás un cambio doloroso en parte, pero definitivamente, necesario. Y con toda probabilidad, a pesar de todo, con casi toda la seguridad que al final resulte a mejor.

Una transformación que logre que todo el sufrimiento pasado y presente tenga sentido y que, a pesar de todo, valga la pena seguir creciendo y aprendiendo. En definitiva, seguir viviendo.

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Trascendencia: aceptación y cambio

La vida es el camino

En ocasiones, cuando nos referimos a aquello que comúnmente se suele denominar como “crecimiento o desarrollo personal”, nos puede surgir la duda de qué camino puede ser el más óptimo o adecuado para conseguir mejorar nuestros propósitos: que si el Yoga, el Tai Chi, el Mindfulness, o una determinada corriente de pensamiento o religión o cualquier otra cosa…

De hecho, existe un amplísimo abanico de posibilidades (desde libros de “auto-ayuda”  o ensayos filosóficos, hasta multitud de ciclos de conferencias, cursos, seminarios o talleres) que supuestamente ofrecen recursos a todos aquellos interesados en lo referente a temas relacionados de algún modo con la “espiritualidad” o el “auto-conocimiento”… Eso, por no hablar también de la posibilidad de acudir a diferentes terapias, etc.

En cualquier caso, es imposible juzgar cualquiera de los recursos que acabo de mencionar como “bueno” o “malo”, eso dependerá de muchísimos factores, entre los cuales destacaría sobretodo el de la propia persona interesada.

En mi caso, por ejemplo, práctico Yoga más o menos regularmente y también he recibido tratamiento mediante terapias físicas como por ejemplo la acupuntura. Por otro lado, el tema de la “conciencia” (por llamarlo de algún modo) me interesa muchísimo y he leído bastante al respecto y también suelo ver o escuchar charlas sobre este tema (normalmente a través de Internet, aunque a veces también de manera presencial). No obstante, sólo señalo esto únicamente para subrayar que con toda probabilidad lo que a mí me pueda servir o resultar postivo a otra persona no le ayude ni le genere el más mínimo interés. Y eso no significa ni que yo ni la otra persona tengamos razón o estemos equivocados. Simplemente se trata de descripciones de experiencias individuales.

En cualquier caso, lo que me gustaría remarcar a través de este post es que, al final, el verdadero camino de desarrollo personal no tiene que ver nada en absoluto acerca de terapias, libros, creencias, prácticas o seminarios. Todo esto no dejan de ser, en último término, señales que pueden servir para apuntar una dirección (y que a veces pueden resultar muy útiles). Pero en ningún caso se refieren a la meta, ya que no existe ninguna “receta mágica” para el auto-conocimiento. Es decir, que no son “la cosa en sí”, como diría Kant.

En el fondo, creo que todo es mucho más sencillo: la propia vida es el camino. Nuestra vida, tal como es, nos ofrece siempre la oportunidad constante de aprender, de crecer y de desarrollarnos y profundizar cada vez más en nuestro propio crecimiento personal. De esta manera, en lo más cotidiano se esconde la práctica más compleja y en lo más trivial reside la sabiduría más profunda. En nuestras relaciones con los demás es cuando mejor podemos observarnos a nosotros mismos. En nuestra cotidianeidad es donde se nos da lo más extraordinario. Es en nuestra propia mirada, en nuestra manera de ver el mundo, donde podemos encontrar nuestro sentido profundo. La sabiduría no se haya en la búsqueda sino en el encuentro.

Carl G. Jung  habla de “individuación” para hacer referencia al proceso de autorrealización del ser humano a lo largo de la vida, es decir, del camino de desarrollo personal que nos lleva a ser verdaderamente nosotros mismos. Para ello, es necesario trascender nuestros conflictos internos existenciales y ser capaces de integrar en nuestro ser nuestra parte inconsciente, nuestra sombra.

La “individuación” de Jung nada  tiene que ver con el “individualismo”, como sinónimo de egoísmo o similar. Más bien es su opuesto. La “individuación”, lejos de separarnos de los otros, nos une a los demás, puesto que nos hace reconocer nuestra humanidad compartida.

Y para llegar a alcanzar todo eso, pienso que no hay otra manera que vivir auténticamente nuestra vida. Sin demasiados juicios, exigencias, pretensiones, rechazos o recriminaciones. Simplemente estando atentos a lo que acontece, de manera honesta y reconociendo nuestra especificidad, es decir, siendo conscientes de que no existe guía alguna que podamos seguir más que la que se nos está brindado a cada momento para desarrollar nuestras potencialidades…

… Fluyendo con la existencia.

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La vida es el camino

Humildad

Si somos capaces de reconocer todas nuestras debilidades y limitaciones, nuestras carencias y frustraciones, todos nuestros errores y mezquindades, nos estaremos brindando la posibilidad de abrirnos a un nuevo espacio de libertad. Una libertad interna que no depende de lo que pase afuera, pues se refiere a la libertad de ser tal cual como uno es, independientemente de cualquier otro factor. Si aceptamos nuestras sombras, es decir, todo aquello que no queremos ver en nosotros mismos, nos adentraremos en las profundidades de nuestro ser de manera honesta y podremos llegar a conocernos un poquito mejor.

De esta manera, sabiéndonos cuán lejos estamos de la irreal imagen de la perfección que a menudo anhelamos y que jamás alcanzaremos, es cuando precisamente nos reencontramos con la esencia de nuestra propia humanidad. Porque ser “humano”, no sólo contempla sentir pensamientos, emociones y experiencias positivas. También contiene experimentar a veces rabia, dolor, envidia, tristeza, celos, frustración, miedo… Y reconocerlo, paradójicamente, puede ser un primer paso para dejar de sufrir y para observar los acontecimientos desde una nueva perspectiva que nos permita evolucionar. Así pues, cuando nos contemplamos de manera honesta es cuando somos capaces de reconocernos también en los demás. Porque, al fin y al cabo, todas las personas compartimos la misma humanidad. Cuando nos damos permiso para ser como somos, ocurre que cuando nos equivocamos lo podemos volver a intentar, sin castigarnos y aprendiendo de los posibles errores cometidos. Cuando no nos martirizamos por haber caído, es cuando nos damos permiso para volvernos a levantar y, tal vez, podamos aprender algo de lo sucedido para que no se vuelva a repetir. Por eso es importante cosechar la humildad en nosotros, para evitar ser juez y parte de nuestra propia vida y convertirnos simplemente en protagonistas de la misma. Y esto depende sólo de que uno mismo se dé la libertad suficiente para contemplarse de manera sincera, sin rechazar nada de aquello que conforma nuestro ser, incluso aquello que nos disgusta. Así pues, probablemente nos daremos cuenta que durante el transcurso de nuestra vida siempre hemos intentando hacer las cosas de la mejor manera que hemos sabido o podido a cada momento. Y comprenderemos, a su vez, que los demás han hecho exactamente lo mismo que nosotros, cada cual a su manera y con los recursos de los que ha dispuesto. Sin más.

Lo dicho hasta ahora, no significa en ningún caso que tengamos que resignarnos irremediablemente a lo que acontece, ya sea la realidad externa o los factores internos. La resignación y la aceptación pueden parecer similares pero tienen una diferencia sutil que cambia completamente nuestra actitud ante la vida. La resignación es una rendición, la adopción de un posicionamiento pasivo a merced de las circunstancias externas o los sentimientos internos ante los que me siento totalmente indefenso y vulnerable. La aceptación, en cambio, significa acoger completamente la realidad que se está dando, sin rechazarla de ninguna manera, e intentar aportarle lo mejor de nosotros mismos.

Aceptar es responsabilizarse de lo que uno piensa, siente y hace, independientemente de cualquier otra consideración. Porque sin aceptación, no es posible tampoco el cambio. De esta manera, si no aceptamos nuestra propia oscuridad, tampoco jamás podremos transformarla… Simplemente porque, o bien no la contemplamos, o bien estemos convencidos de que es imposible hacerlo.

De este modo, al final comprenderemos que durante el transcurso del tiempo algunas veces las cosas salen bien y que otras veces no pero que, en el fondo, tampoco pasa nada… Quizás en todo esto también resida la raíz del perdón, del propio y del ajeno: en entender que al final la vida es un camino de crecimiento y de aprendizaje y que, por tanto, las equivocaciones y los errores no son sólo cosas habituales de las que nadie está exento, sino también, completamente necesarias en nuestro camino de desarrollo personal como seres humanos, para dotar a la vida de significado.

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Humildad

Elige tu propia aventura

De pequeño me aficioné a una colección de libros que llevaba por título Elige tu propia aventura. Se trataba de una serie de pequeñas novelas juveniles, escritas por diferentes autores y que normalmente no guardaban relación entre sí. El común denominador de estas novelas era que el lector intervenía directamente en el devenir del relato con sus decisiones. De este modo, continuamente se planteaban circunstancias donde se debía escoger el camino que adoptaba el protagonista (que, por supuesto, éramos nosotros mismos) proponiendo en los pies de página algo así como “Si decides que tienes que hacer ‘esto’, ves a la página ‘tal’; si en cambio decides hacer ‘esto otro’, ves a la página ‘tal’”.

De este modo, en cualquiera de estos libros y a modo de lema de la colección, siempre podíamos encontrar el siguiente texto, que resultaba la mar de sugerente:

Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias… y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomar las decisiones. Puedes leer este libro muchas veces y obtener resultados diferentes. Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura. Si tomas una decisión imprudente, vuelve al principio y empieza de nuevo. No hay opciones acertadas o erróneas, sino muchas elecciones posibles.

Así pues, el relato contenía múltiples y diferentes aventuras y, por supuesto, diferentes desenlaces (algunos felices, otros no tanto e incluso, algunos trágicos). Lo cierto es que estos libros me aficionaron en gran medida a la lectura durante la infancia. Recuerdo, por ejemplo, entre los títulos que más me gustaron los siguientes: “Te conviertes en un tiburón”, “La cueva del tiempo” o “El misterio de Chimney Rock”.

En cualquier caso, lo que me enganchaba realmente de estas novelas era el hecho de sentirte protagonista en primera persona de los acontecimientos, gracias a poder decidir en cada momento qué camino tomar.

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Creo que estos libros pueden servir de pequeña metáfora de la vida de cualquier ser humano. A lo largo del tiempo vamos tomando decisiones que nos llevan a vivir unas u otras circunstancias determinadas. De hecho, si miramos de forma retrospectiva nuestra vida actual, nuestro momento presente se debe, en gran medida, a toda la serie de decisiones que hemos ido adoptando a lo largo del transcurso del tiempo. Desde nuestra niñez hasta ahora, en este preciso instante en el que nos encontramos. Desde las decisiones más sencillas o simples hasta las más complicadas o trascendentes.

Lo cierto, es que si reflexionamos sobre ello, veremos que continuamente estamos decidiendo. Incluso cuando nos parece que no decidimos nada, en verdad, se trata de una ilusión, puesto que lo que sea que estemos haciendo ahora mismo nos conducirá irremediablemente a experimentar unas circunstancias determinadas en el futuro. Y este futuro lo podemos imaginar como algo que sucederá de aquí a 10 minutos o  de aquí a 10 años. Es indiferente. En cualquier caso, la mayoría de veces nuestras decisiones pasan completamente inadvertidas para nosotros mismos. Aunque eso –insisto- no significa que no se estén dando. La vida siempre está en movimiento y nosotros no podemos escapar de dicho movimiento. Aún cuando nos parece que estamos en estado de quietud, lo cierto es que también nos estamos moviendo igual. Aún cuando no lo advirtamos. De forma similar que ocurre con la Tierra que, a pesar que a nosotros nos pueda dar la sensación de que permanece inmóvil, en realidad gira incesantemente sobre sí misma y alrededor del Sol, al tiempo que se desplaza por el Espacio.

Es verdad que hay decisiones en la vida de mucho mayor calado que otras. “A priori”, decidir con qué ropa te vistes por la mañana o qué vas a comer a mediodía no tienen ni mucho menos la misma importancia para la vida de una persona que decidir, por ejemplo, qué estudiar, si vivir en pareja o no o tener hijos. Eso es evidente. Ahora bien, hay que reconocer también que a veces las decisiones más aparentemente insignificantes pueden tener consecuencias “a posteriori” de mucho más relevancia. Por lo tanto, es muy interesante pararnos de vez en cuando a pensar sobre si el rumbo que llevamos nos satisface o no… Puesto que ciertamente podemos hacer mucho para cambiarlo.

Y creo que darse cuenta de esto, es fundamental en el camino de cualquier ser humano. El hecho de tornarnos conscientes de la importancia de nuestras decisiones, inevitablemente, también trae consigo otra consecuencia relacionada: la responsabilidad. O dicho de otra manera, si el conjunto de las decisiones que yo he tomado a  lo largo de la vida me han llevado a vivir, de alguna manera, mis circunstancias actuales, debo aceptar entonces que, en cierto modo, yo he sido responsable (para bien y para mal) de mi vida actual ¡Y también de mi vida futura! Puesto que, en cualquier circunstancia, siempre tendré capacidad para elegir. Siempre. Incluso en las más inimaginables, desdichadas, infortunas o adversas, siempre me quedará, al menos, la posibilidad de escoger la manera en cómo las afronto.

Y como alguna vez he comentado en algún artículo anterior, quisiera aclarar que lo dicho tampoco significa en modo alguno que nosotros debamos considerarnos algo así como una especie de seres todopoderosos capaces de crear según nuestro antojo nuestra propia realidad. O sentirnos culpables por si nos van mal las cosas en la actualidad o, aún peor, creer que somos, de algún modo, ingenuos o incluso “tontos” por no ser capaces de lograr tener una vida “mejor”. Todo el conjunto de circunstancias externas que envuelven nuestra vida, así como la totalidad nuestras experiencias personales, son fundamentales y nos condicionan sobremanera (la familia, la escuela, la clase social, etc.). Pero en última instancia, a nivel individual y a pesar de nuestras circunstancias vitales, nosotros siempre continuaremos conservando intacto el poder de decidir, de elegir nuestro propio camino en la medida de nuestras posibilidades. Dios reparte las cartas pero somos nosotros los que jugamos la partida. Y tenemos que procurar, además, que nadie intente jugarla por nosotros… Es decir, tenemos que proponernos ejercer constantemente nuestro derecho a decidir por nosotros mismos acerca de nuestra vida. Para permitir equivocarnos y también para darnos la oportunidad de acertar. Asumiendo de manera consciente nuestra responsabilidad en nuestra propia vida.

Así pues, y a modo de despedida, tal y como decían en los libros de “Elige tu propia aventura”:

“Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura”

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Elige tu propia aventura