Todo habla de nosotros

subjetividad

La importancia e influencia de nuestra propia subjetividad a la hora de interpretar nuestras experiencias cotidianas (ya sea con la familia, con nuestras amistades, en el trabajo, etc.), es una tema que, con diferentes matices, a menudo he tratado en este blog. En resumen, podríamos decir que valoramos y entendemos las circunstancias que nos suceden según nuestro particular sistema de pensamiento. De este modo, si nos paramos a observar detenidamente, a menudo podemos ver que muchas veces las valoraciones que realizamos de personas de nuestro entorno o de determinadas situaciones que se estén produciendo, en el fondo, nos ofrecen mucha más información respecto a nosotros mismos que de las propias personas o situaciones a las que estamos haciendo referencia. Es decir, según la valoración que demos a las circunstancias, quizás podamos entrever como son nuestros rasgos de personalidad, pues nuestra mirada siempre es subjetiva.

No obstante, en esta ocasión me gustaría ir un poco más allá y ver que, quizá, al final, la manera que tenemos de comprender el total de los acontecimientos de la realidad está condicionada de igual modo por nuestra propia perspectiva individual.

Que nuestros sueños hablan de nosotros mismos es algo de lo que ya hizo bandera Sigmund Freud. Según el padre del psicoanálisis, nuestros sueños no son casuales o aleatorios, algo así como películas de ficción ajenas a nuestra vida a modo de entretenimiento nocturno, sino que se refieren directamente a nuestros deseos, preocupaciones y emociones, ya sea de manera manifiesta o más o menos velada. Es decir, que los sueños siempre tienen que ver con nosotros.

Tal vez el tema de los sueños sea algo que, más o menos, tengamos asimilado… Ahora bien, ¿pasa lo mismo cuando contemplamos el mundo exterior, por ejemplo al observar una puesta de sol, una obra artística, un gato, una silla o cualquier otra cosa? ¿Contemplamos la realidad material de manera objetiva o también hacemos una interpretación subjetiva de ésta? Y, en el supuesto de que no seamos capaces de ver la realidad de manera objetiva, ¿qué es entonces en verdad lo que estamos observando?

Desde luego, ésta tampoco es una cuestión novedosa. Desde casi los inicios de los tiempos que el ser humano se hace preguntas similares. A modo de ejemplo, podemos encontrarnos con pensadores en la Grecia clásica de la talla como Platón que diferenciaba entre “el mundo de las ideas” (para referirse a lo inmaterial) y el “mundo de las formas” (para referirse a lo material o sensible), siendo el segundo una consecuencia o “sombra” del primero. Es importante reseñar esto último, pues a menudo se asocia “el mundo de las ideas” con nuestra actual concepción de “idea”, es decir, lo relacionamos con un resultado de nuestro pensamiento. Y para Platón las “ideas” no eran conceptos abstractos o imaginarios, sino que eran de naturaleza real, aunque solamente accesibles mediante la razón.

caverna

 

En la actualidad, desde el conocimiento científico, podríamos asegurar que lo que perciben nuestros sentidos constituye sólo “una parte” de lo que la realidad es. A día de hoy, por ejemplo, sabemos que los seres humanos solamente podemos captar un delimitado rango del espectro de la luz existente o que sólo somos capaces de escuchar los sonidos que se encuentran dentro de una determinada gama de frecuencias de ondas sonoras. Por otro lado, al contrario de lo que nos diría el sentido común, la física de partículas nos demuestra que el átomo (la unidad básica de la materia) está constituida casi en su totalidad por espacio vacío… A pesar de que nosotros cuando observamos o tenemos contacto con un objeto o cuerpo cualquiera no percibamos vacío en absoluto.

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No obstante, me gustaría hacer especial hincapié a la idea central del pensamiento de Immanuel Kant, ya que creo que enlaza muy bien con todo lo que hemos ido desarrollando hasta el momento y que, en cierta manera, sigue la estela de la filosofía de Platón. Este pensador alemán postuló que el conocimiento humano de la realidad exterior está claramente influenciado y, de algún modo limitado, a nuestras percepciones sensoriales. Según Kant, no podemos conocer “la cosa en sí”  (o “noúmeno”) sino que en última instancia sólo podemos alcanzar a conocer el “fenómeno”. O dicho de otra manera: nuestro conocimiento se basa en la interpretación racional que realizamos –“a posteriori”– de la información que ha sido captada previamente por nuestros sentidos. Esta idea, en el fondo viene a significar algo así como que adaptamos la realidad exterior según nuestras propias capacidades cognitivas. Es decir, que cuando observamos un vaso, en verdad no vemos el vaso en sí sino que lo que vemos es la imagen mental que realizamos del vaso que está, a su vez, asociada a nuestra correspondiente explicación intelectual.

Así pues, si seguimos tirando del hilo de esta idea, veremos que en cierta medida en verdad siempre estamos apuntando hacia nuestra propia mente. Si por un lado nuestros sentidos son incapaces de captar la realidad tal cual es (pues están biológicamente limitados), y por otro lado, vemos que lo que acaban percibiendo nuestros sentidos depende enormemente de nuestra interpretación subjetiva (de nuestros conocimientos, de nuestras creencias, de nuestras experiencias, etc.) podemos concluir que todo cuanto observamos de “la realidad” de algún modo “nos muestra” a modo de espejo una imagen de nosotros mismos. De quiénes somos. O, al menos, de cómo somos.

Y claro, la manera en cómo pensamos a su vez está influenciada enormemente por el contexto familiar y social y, por lo tanto, estos factores serán fundamentales en nuestra manera de entender el mundo. Por ello podemos comprender como en distintas épocas, o entre diferentes culturas y/o sociedades, las ideas generalizadas sobre una misma cuestión pueden ser muy distintas entre sí entre los diferentes colectivos (por ejemplo acerca de Dios). Incluso dentro de una misma sociedad, factores tales como las distintas clases sociales, marcan una clara diferencia a la hora de moldear la manera de pensar y, por lo tanto, de entender la realidad. Los trabajos de, por ejemplo, Vygotsky acerca del aprendizaje y del desarrollo humano, o de los sociólogos Berger y Luckmann respecto a la construcción social de la realidad constituyen claros ejemplos de ello.

No obstante, en la línea de algunos de los últimos posts que he publicado (y que, por lo tanto, no voy a extenderme demasiado) quisiera remarcar una vez más la importancia de nuestras propias experiencias individuales y de, sobretodo, nuestra propia carga emocional a la hora de confeccionar nuestro pensamiento y afrontar la realidad. Según Freud, en muchas ocasiones, emociones negativas, tales como el miedo o la rabia, quedan reprimidas por medio de mecanismos inconscientes pero de algún modo latentes en nosotros y a la espera de una oportunidad para poder manifestarse, condicionando de esta manera nuestra percepción de las circunstancias que nos suceden y, finalmente, nuestra conducta en general.

Para finalizar este escrito, me gustaría referirme al concepto de “proyección” de Carl Gustav Jung, que creo que condensa bastante bien todo lo que desde diferentes puntos de vista hemos ido viendo. A grandes rasgos, podemos definir la proyección como el mecanismo mediante el cual lo que experimentamos y vemos afuera (en los demás, en la sociedad, en la realidad) es una especie de imagen de nuestro estado mental interno. Ello no significa de modo alguno que el exterior no exista, sino que todo de una manera u otra finalmente habla de nosotros.

 

jung

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Todo habla de nosotros

Camino hacia la paz interior

Una idea que de un modo u otro últimamente he ido repitiendo en los últimos posts que he escrito es que nuestra experiencia externa, es decir, lo que nos pasa y, sobretodo, la manera en la que percibimos y gestionamos lo que nos pasa, tiene mucho que ver con nuestro estado interno. Esto, a su vez, conecta directamente con el concepto del “inconsciente”, pues es nuestro inconsciente el que de alguna manera rige nuestro estado de ánimo y, por lo tanto, define nuestra manera de actuar y de comportarnos.

 

sombra inconscienteEl inconsciente está vinculado fundamentalmente con nuestras emociones y regula la realidad que percibimos a modo de filtro. Así pues, a modo de ejemplo, podemos ver que si inconscientemente albergamos algún tipo de temor reprimido en nuestro interior, nuestra vida se verá condicionada indefectiblemente, de alguna manera, por dicho temor sin que, de modo alguno, nos demos cuenta de ello. Es por esta razón por lo que a menudo se vuelve tan fundamental (a través de terapia o de la forma que sea) procurar llevar el inconsciente a la conciencia, así como aprender a aceptar y gestionar las propias emociones.

En cualquier caso, esta vez no quiero hablar tanto del inconsciente en sí, sino de una posible interpretación de la realidad que nos pueda servir de ayuda para poder escapar de la espiral de sufrimiento (o al menos mitigar) a la que durante el transcurso de la vida en ocasiones nos vemos envueltos, de manera más o menos profunda o duradera. Para ello, esta vez no voy a tratar demasiado este asunto desde una perspectiva estrictamente psicológica sino que me gustaría afrontar esta cuestión desde un punto de vista más “trascendente” o “espiritual”, pues muchas de las ideas que a continuación expondré van más allá de lo estrictamente psicológico o racional, por lo que no deben interpretarse en modo alguno como algo “científico” o “comprobado empíricamente”, pero sí como una guía que quizá pueda servirnos de ayuda.

El concepto fundamental que quisiera transmitir es el de la importancia de la asunción de la propia responsabilidad acerca de lo que nos sucede, sea lo que sea. Es decir, tomar completamente las riendas de la propia vida independientemente de cuales sean los factores exteriores en los que nos veamos envueltos. Es decir, asumir completamente nuestra propia responsabilidad acerca de cómo respondemos a los acontecimientos que se nos presentan.

Así pues, en primer lugar, la responsabilidad debemos tomárnosla acerca de la importancia de nuestra actitud personal acerca de la realidad que nos acontece. En este sentido, viene completamente a colación la conocida cita de Viktor Frankl: “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.”

De esta manera, vemos como por muy negativas que puedan ser las circunstancias que se nos presenten, nuestra actitud al respecto deviene fundamental.

No obstante, volviendo a la idea del principio, si nuestro estado de ánimo (así como nuestras creencias, ideas, preocupaciones, etc.) condiciona en gran medida la manera en la que “vemos” la realidad, ¿no sería posible “cambiar” nuestra manera de ver la realidad modificando nuestro estado interno?

 

Ésta es, a grandes rasgos, la propuesta que nos ofrece “Un curso de milagros”: un cambio de percepción de la realidad. Esta obra, que la podríamos enmarcar dentro del “misticismo cristiano”, parte de la premisa de que la manera en la cual percibimos la realidad es precisamente la fuente que nos genera conflicto y sufrimiento. Por lo tanto, si queremos ser felices y a pesar de nuestro empeño no lo conseguimos, debe ser que nuestra manera de pensar habitual es errónea y que, por lo tanto, deberemos ser capaces de corregirla si queremos abandonar el dolor y alcanzar la paz, pues de ningún otro modo lo conseguiremos. Según “Un curso de milagros” en realidad el mundo exterior carece de verdadera existencia y no es sino una proyección exacta de nuestro estado interno. Así pues, podríamos decir que la realidad es algo parecido a una especie de sueño o “Matrix”, donde las personas, si así lo eligen, tienen la capacidad de “despertar”…

curso de milagrosDe este modo, es esencial que cambiemos la manera que tenemos de contemplar el mundo (basada en los juicios, la desconfianza, la avaricia, el rencor y, sobretodo, el miedo) por una visión basada en el reconocimiento del otro como un igual, el amor y, sobretodo, el perdón incondicional. Para ello, según este libro, es fundamental que alberguemos una actitud de total confianza en Dios o, si se prefiere, en una especie de inteligencia superior intrínseca a la propia vida. Una “inteligencia” que en realidad se alberga en nuestro interior y que es común a todos los seres de la existencia…

Como vemos, la metafísica de esta obra es bastante compleja y no es el objetivo de este artículo entrar a analizarla en profundidad. En cualquier caso, lo que cabe destacar es que desde “Un curso de milagros” lo importante es cambiar el foco de atención de lo exterior a lo interior, especialmente a nuestro estado mental (nuestras creencias y pensamientos). De las circunstancias externas a la experiencia individual. De los demás a uno mismo. Y de esta manera, según este libro, es como finalmente se producen “los milagros”

 

Una manera muy parecida de entender la existencia es la que se postula desde el Ho’oponopono. Si bien desde esta perspectiva no se niega la realidad exterior del mundo, sí que se afirma rotundamente que tenemos responsabilidad directa sobre todas las cosas que nos suceden. Según el Ho’oponopono somos nosotros (eso sí, sin darnos cuenta) los que generamos o atraemos todos los acontecimientos que devienen en nuestra vida.

Según esta sabiduría hawaiana, lo verdaderamente importante es asumir completamente la toma de responsabilidad de lo que nos pasa y, por lo tanto, aceptar que todo lo que se da en nuestra vida (lo bueno y lo malo), depende en último término de nosotros y que su causa se encuentra en lo que desde el Ho’oponopono se conoce como “memorias pasadas” (a pesar de que nosotros no seamos conscientes de ellas). No obstante, según esta tradición en el fondo no importa demasiado (por no decir en absoluto) comprender por qué se producen las cosas, sino que lo fundamental es, simplemente, que nos hagamos responsables de lo que ocurre y que seamos capaces de perdonar – y perdonarnos – por las cosas que nos suceden. De esta manera es como conseguimos “limpiar” lo que sea que existe en nosotros que produce las situaciones que nos afligen. Como vemos, para la práctica del Ho’oponopono es necesario cultivar una actitud de agradecimiento hacia la propia vida y ser capaces de generar una absoluta confianza acerca de nuestro devenir futuro. En esto observamos una clara coincidencia con “Un curso de milagros”.

Existen diferentes maneras de practicar el Ho’oponopono, pero seguramente la más conocida es la de la repetición a modo de mantra de las frases “Lo Siento. Perdóname. Gracias. Te amo” desde una perspectiva de total confianza hacia la vida y sin expectativas de ningún tipo: confiando en que lo que acontezca, no tiene que ser lo que nosotros creemos o deseamos sino simplemente la mejor solución que el destino nos depara para nosotros y también para los demás.

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De nuevo, pues, vemos que desde esta perspectiva el enfoque en la resolución de los conflictos y el sufrimiento se centra una vez más en la actitud de la propia persona y no en el entorno y que la confianza vuelve a ser un requisito fundamental.

 

Por último, quisiera señalar que muchas de estas ideas encajan muy bien con el concepto de “karma” de doctrinas orientales, como por ejemplo el budismo. “Karma” es un término de origen sánscrito que significa “acción”. Con frecuencia, desde nuestra perspectiva occidental solemos asemejar el “karma” a algo así como a un “destino irremediable” (habitualmente con connotaciones negativas). Y si bien esta visión no es completamente errónea, sí que nos puede alejar sobremanera de su verdadero significado. El “karma” lo podríamos resumir como “la ley universal de la causa y efecto”: nuestras acciones generan un tipo de impacto (positivo, negativo o neutro) y según éste, se desprenderán unas determinadas consecuencias para nuestro entorno y para nosotros mismos.

De esta manera, el “dar y recibir” serían acciones que estarían estrechamente ligadas. En realidad, desde un punto de vista estrictamente occidental, este concepto no debería sorprendernos demasiado teniendo en cuenta su semejanza con la famosa tercera ley de Newton, aquella que afirma que “a cada acción siempre se opone una reacción de igual intensidad pero en sentido opuesto”. Seguramente, una de las principales diferencias de nuestra concepción de la física con la teoría del “karma” (y probablemente el elemento que más nos distancia de su aceptación) sea el hecho de que no percibamos los resultados de nuestras acciones de manera inmediata. Sea como fuere, esta razón no significa que los efectos de nuestras acciones no vayan a producir, antes o después, un impacto en nosotros.dharma

En cualquier caso, es muy importante destacar que, desde el punto de vista de las religiones dhármicas, por “acción” no se entiende solamente las acciones físicas que realicemos, sino también nuestras actitudes, hábitos, intenciones y, en definitiva, todo el conjunto de pensamientos y emociones que alberguemos. Así pues, según nuestro estado mental y emocional y nuestro comportamiento en general, generaremos un tipo u otro de “karma”. Y será precisamente este tipo de “karma” el que experimentaremos en nuestra vida cotidiana. Es como un bucle “acción-reacción” que se retro-alimenta continuamente. Esta idea casa muy bien con las “situaciones repetitivas” que a menudo se producen durante nuestra existencia. Es decir aquellas circunstancias (normalmente desagradables) que de alguna manera “misteriosa” o al menos bastante desconcertante para nosotros, se van repitiendo de manera recurrente en el transcurso de nuestra vida sin entender muy bien por qué.

De esta manera, para escapar de nuestro “karma negativo” es necesario que no alimentemos más las causas de nuestro sufrimiento, es decir, que no reaccionemos siempre igual ante aquellas situaciones que nos provocan nuestro malestar… A veces se comprende el “karmacomo una suerte de mensaje o enseñanza necesaria para nosotros que la vida nos muestra una y otra vez hasta que seamos capaces de aceptarlo, comprenderlo o integrarlo.

 

Y ya para finalizar este escrito, más allá de las creencias de cada cuál, quisiera simplemente de nuevo hacer hincapié en la importancia de responsabilizarnos al máximo posible de nosotros mismos, no solamente en lo referido a nuestro comportamiento, sino también de nuestros pensamientos y emociones, como un posible medio de alcanzar una mayor paz interior, independientemente de cuáles sean las situaciones que nos aparezcan. Así pues, al margen de si algunas de las ideas aquí expuestas pudieran ser ciertas o no, lo que parece desde cualquier punto de vista incuestionable es que nuestro estado de ánimo y nuestra actitud personal ante las diferentes circunstancias que se presenten resultan fundamentales. Y que a fin de lograr un enfoque lo más positivo posible en nuestra vida es esencial que seamos capaces de tomar algún tipo de responsabilidad individual ante todo lo que nos sucede.

 

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Camino hacia la paz interior

Gestión emocional

Todas las emociones cumplen con un propósito natural, con una función determinada que está relacionada con nuestros mecanismos de respuesta ante los estímulos que se nos presenten, la adaptabilidad al medio ambiente o a las circunstancias vitales y, en última instancia, con nuestra propia supervivencia. Por lo tanto, debemos contemplarlas como algo normal en los seres humanos, es decir, como unas herramientas diseñadas para ayudarnos a desenvolvernos por la vida, al igual que lo hacen, por ejemplo, nuestros sentidos.

A modo de ejemplo, si de repente se nos apareciera delante de nosotros una serpiente sería del todo comprensible que en ese momento experimentásemos una sensación de miedo. Así pues, nuestro sentido de la vista captaría una imagen concreta que, a su vez, activaría una emoción. Todo ello para obligarnos a dar una respuesta determinada y adaptativa (por ejemplo, la huída).

Este proceso que acabo de describir lo entendemos como algo del todo razonable y lógico. Desde esta perspectiva, lo cierto es que las emociones funcionan con gran precisión y nos sirven de gran ayuda. Ahora bien, el problema estriba cuando se activan determinadas emociones -llamémoslas “negativas”- , sin que haya una causa – digámosle “real”- que así las justifique.

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Esto suele pasar, sobre todo con el miedo o la tristeza (aunque también puede pasar con otras emociones, como por ejemplo la ira). En muchas ocasiones no sentimos miedo o tristeza por lo que sucede, sino por lo que pensamos que sucede o, aún más frecuentemente, por lo que creemos que podría suceder. Si la emoción permanece anclada en nosotros, a menudo deriva hacia otras formas más complejas como las fobias o la depresión. O dicho de otra manera, lo que activa nuestra emoción en realidad no tiene una existencia real, sino que es fruto de una idea. Lo que ocurre es que nosotros experimentamos dicho pensamiento como algo totalmente real, pues ciertamente lo estamos pensando. Y la emoción que se desencadena, por supuesto también, pues la estamos sintiendo en ese momento.

En cierta medida, en un grado moderado, esto tampoco es de por sí malo (quizás más bien al contrario). Es decir, somos seres inteligentes que vivimos en un mundo la mar de complejo y, por lo tanto, es habitual e incluso conveniente que pensemos en diferentes posibilidades que se nos puedan presentar a lo largo de la vida. A modo de ejemplo, está muy bien que miremos a ambos lados de la calle antes de cruzar en previsión de que pueda pasar un coche. Esto corresponde con  una conducta perfectamente razonable. El problema estriba cuando el miedo a la posibilidad a ser atropellados nos pueda llegar a impedir salir a la calle. Y eso es lo que a veces ocurre cuando nos vemos desbordados por nuestros propios recursos.

Así pues, vemos que la gestión que hagamos de nuestras propias emociones  es esencial para determinar nuestro estado de ánimo. Ahora bien, ¿qué tenemos que hacer cuando (por el motivo que sea) nos vemos desbordados por nuestras emociones, por nuestros miedos, angustias, tristezas o preocupaciones? ¿Qué hacer cuando nuestras emociones, pensamientos e incertidumbres nos dominan y no nos permiten permanecer en un estado de serenidad?

La verdad es que yo no tengo en absoluto una respuesta clara para ello, pero creo que es muy y muy importante ser capaces de darnos cuenta de lo que nos pasa.  Considero que el ser consciente del mecanismo que empuja a alguien a sentirse y comportarse de una forma determinada es el primer obstáculo que debemos reconocer y salvar para superar dicha situación, puesto que como dice la célebre cita “el primer paso para resolver un problema es reconocer que éste existe”.

 

Gestión emocional

Emociones

Solemos pensar que somos tal cual pensamos, y aunque esto ciertamente es así, cabría reflexionar un poquito sobre esta afirmación. Desde luego que somos seres racionales, pero también (y quizás más importante aún) somos seres emocionales. Por lo tanto, también somos tal y como nos sentimos.

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De lo que en muchas ocasiones no nos damos cuenta es que nuestras emociones condicionan enormemente nuestra forma de pensar. Es decir, vemos el mundo y lo que nos sucede según nuestros propios sentimientos, o dicho de otra forma, desde nuestra propia subjetividad. Parece evidente que una persona que se encuentre deprimida tiende a ver las cosas de manera mucho más negativa que si albergara un estado de ánimo diferente. Es por ello que es muy importante ser conscientes de nuestras emociones, de las cosas que nos afectan y de la manera en la que lo hacen. Hacerlo nos ayudará a ver las cosas con mayor objetividad. En cualquier caso, el hecho de no darnos cuenta de nuestros propios sentimientos, o de si los estamos rechazando de alguna manera, puede distorsionar de manera significativa la forma en la que valoramos las circunstancias que se nos presentan y, en general, nuestra manera de pensar, produciéndonos angustia, ansiedad o cualquier otra sensación similar. De alguna manera, esto es lo que ocurre con nuestros miedos y represiones inconscientes, puesto que por el simple hecho de que no somos conscientes, no nos podemos dar cuenta de lo que nos está pasando.

El modelo freudiano divide la mente en diferentes niveles de conciencia con tal de poderla estudiar o analizar. Ahora bien, aunque esto puede resultar muy útil para comprenderla hay que tener en cuenta que la mente no es en absoluto una especie de armario compartimentado, sino que conforma un todo unificado.

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Así pues, nuestra parte “consciente” y nuestra parte “inconsciente” están mucho más  intrincadas y mezcladas de lo que a simple vista podríamos deducir a través de la contemplación de un mapa puramente teórico.

Por lo tanto, nuestro consciente, nuestra parte más racional, siempre estará influido por nuestro inconsciente. Y a la inversa. Pues al final, nuestra mente es sólo una.

 

Lo fundamental de todo lo dicho hasta ahora es, en cualquier caso, que es muy importante que dediquemos de vez en cuando el tiempo que necesitemos para integrar nuestras propias emociones, sin rechazarlas en absoluto, y a reflexionar sobre cómo nos afecta lo que nos sucede. Aunque no nos guste lo que sintamos. Procurando ser el máximo de honestos con nosotros mismos, aceptando nuestros propios sentimientos y evitando en la medida de lo posible juzgarnos a nosotros mismos. Entendiendo que, al fin y al cabo, somos seres humanos y, como tales, somos susceptibles de sentir cualquier emoción.

Y que es normal que así sea.

Emociones

Trascendencia: aceptación y cambio

Hace algún tiempo hablé en un post dela sombra, es decir, de aquella oscuridad que albergamos en nosotros mismos y que, como tal, somos incapaces de ver. Por la simple razón de que es invisible a nuestros ojos. No obstante, como ya dije aquella vez, a veces las circunstancias arrojan luz ante nosotros y nos obligan a contemplar, a veces con dolor, aquello que durante tanto tiempo (quizás desde siempre) hemos negado o no hemos sido capaces de concebir.

Una vez llegado este momento, aunque podemos negar la mayor y entrar en un proceso de autoengaño con tal de proteger nuestro ego, lo cierto es que si somos honestos prestaremos total atención a la claridad de la luz que se manifiesta delante nuestro… Aceptar nuestras debilidades, limitaciones, errores y nuestra total humanidad. También he hablado, desde distintas perspectivas, en diferentes ocasiones de este proceso de aceptación. Por ejemplo desde un punto de vista devenido por las circunstancias o desde una perspectiva más interior.

Ahora bien, a veces sucede que este punto de inflexión es tan radical que se convierte en un camino de no retorno. Una señal que nos indica que ya nada será lo mismo, que necesariamente no puede ser igual. Un punto en el cuál la crudeza de nuestra sombra es tan brutal que la mera aceptación ya no resulta suficiente.

En ese instante se abre un proceso en el cual la integración de la sombra de la que hablaba en anteriores posts se transforma en una potente herramienta de cambio interior. Tal como si fuera un proceso de desintoxicación interno. Al igual que si se tratara de un filtro de desintoxicación espiritual, del cual no sabemos bien bien cómo vamos a salir, pero que lo sabemos necesario y vital para nosotros. Como una llamada de socorro interna que no podemos eludir. Una alarma que nos indica manifiestamente que por este sendero ya no es posible transitar y que es necesario un cambio de rumbo en nuestra vida. Un cambio necesariamente interno. Trascender en buena medida lo que hasta ahora era nuestra personalidad para dar paso a una nueva forma, que nos conduce a un nuevo nivel de conocimiento, a una perspectiva mucho más profunda. Parecido a lo que ocurre con la mariposa al romper la crisálida. Quizás un cambio doloroso en parte, pero definitivamente, necesario. Y con toda probabilidad, a pesar de todo, con casi toda la seguridad que al final resulte a mejor.

Una transformación que logre que todo el sufrimiento pasado y presente tenga sentido y que, a pesar de todo, valga la pena seguir creciendo y aprendiendo. En definitiva, seguir viviendo.

crisálida

Trascendencia: aceptación y cambio

La vida es el camino

En ocasiones, cuando nos referimos a aquello que comúnmente se suele denominar como “crecimiento o desarrollo personal”, nos puede surgir la duda de qué camino puede ser el más óptimo o adecuado para conseguir mejorar nuestros propósitos: que si el Yoga, el Tai Chi, el Mindfulness, o una determinada corriente de pensamiento o religión o cualquier otra cosa…

De hecho, existe un amplísimo abanico de posibilidades (desde libros de “auto-ayuda”  o ensayos filosóficos, hasta multitud de ciclos de conferencias, cursos, seminarios o talleres) que supuestamente ofrecen recursos a todos aquellos interesados en lo referente a temas relacionados de algún modo con la “espiritualidad” o el “auto-conocimiento”… Eso, por no hablar también de la posibilidad de acudir a diferentes terapias, etc.

En cualquier caso, es imposible juzgar cualquiera de los recursos que acabo de mencionar como “bueno” o “malo”, eso dependerá de muchísimos factores, entre los cuales destacaría sobretodo el de la propia persona interesada.

En mi caso, por ejemplo, práctico Yoga más o menos regularmente y también he recibido tratamiento mediante terapias físicas como por ejemplo la acupuntura. Por otro lado, el tema de la “conciencia” (por llamarlo de algún modo) me interesa muchísimo y he leído bastante al respecto y también suelo ver o escuchar charlas sobre este tema (normalmente a través de Internet, aunque a veces también de manera presencial). No obstante, sólo señalo esto únicamente para subrayar que con toda probabilidad lo que a mí me pueda servir o resultar postivo a otra persona no le ayude ni le genere el más mínimo interés. Y eso no significa ni que yo ni la otra persona tengamos razón o estemos equivocados. Simplemente se trata de descripciones de experiencias individuales.

En cualquier caso, lo que me gustaría remarcar a través de este post es que, al final, el verdadero camino de desarrollo personal no tiene que ver nada en absoluto acerca de terapias, libros, creencias, prácticas o seminarios. Todo esto no dejan de ser, en último término, señales que pueden servir para apuntar una dirección (y que a veces pueden resultar muy útiles). Pero en ningún caso se refieren a la meta, ya que no existe ninguna “receta mágica” para el auto-conocimiento. Es decir, que no son “la cosa en sí”, como diría Kant.

En el fondo, creo que todo es mucho más sencillo: la propia vida es el camino. Nuestra vida, tal como es, nos ofrece siempre la oportunidad constante de aprender, de crecer y de desarrollarnos y profundizar cada vez más en nuestro propio crecimiento personal. De esta manera, en lo más cotidiano se esconde la práctica más compleja y en lo más trivial reside la sabiduría más profunda. En nuestras relaciones con los demás es cuando mejor podemos observarnos a nosotros mismos. En nuestra cotidianeidad es donde se nos da lo más extraordinario. Es en nuestra propia mirada, en nuestra manera de ver el mundo, donde podemos encontrar nuestro sentido profundo. La sabiduría no se haya en la búsqueda sino en el encuentro.

Carl G. Jung  habla de “individuación” para hacer referencia al proceso de autorrealización del ser humano a lo largo de la vida, es decir, del camino de desarrollo personal que nos lleva a ser verdaderamente nosotros mismos. Para ello, es necesario trascender nuestros conflictos internos existenciales y ser capaces de integrar en nuestro ser nuestra parte inconsciente, nuestra sombra.

La “individuación” de Jung nada  tiene que ver con el “individualismo”, como sinónimo de egoísmo o similar. Más bien es su opuesto. La “individuación”, lejos de separarnos de los otros, nos une a los demás, puesto que nos hace reconocer nuestra humanidad compartida.

Y para llegar a alcanzar todo eso, pienso que no hay otra manera que vivir auténticamente nuestra vida. Sin demasiados juicios, exigencias, pretensiones, rechazos o recriminaciones. Simplemente estando atentos a lo que acontece, de manera honesta y reconociendo nuestra especificidad, es decir, siendo conscientes de que no existe guía alguna que podamos seguir más que la que se nos está brindado a cada momento para desarrollar nuestras potencialidades…

… Fluyendo con la existencia.

fluir

La vida es el camino