La vida es el camino

En ocasiones, cuando nos referimos a aquello que comúnmente se suele denominar como “crecimiento o desarrollo personal”, nos puede surgir la duda de qué camino puede ser el más óptimo o adecuado para conseguir mejorar nuestros propósitos: que si el Yoga, el Tai Chi, el Mindfulness, o una determinada corriente de pensamiento o religión o cualquier otra cosa…

De hecho, existe un amplísimo abanico de posibilidades (desde libros de “auto-ayuda”  o ensayos filosóficos, hasta multitud de ciclos de conferencias, cursos, seminarios o talleres) que supuestamente ofrecen recursos a todos aquellos interesados en lo referente a temas relacionados de algún modo con la “espiritualidad” o el “auto-conocimiento”… Eso, por no hablar también de la posibilidad de acudir a diferentes terapias, etc.

En cualquier caso, es imposible juzgar cualquiera de los recursos que acabo de mencionar como “bueno” o “malo”, eso dependerá de muchísimos factores, entre los cuales destacaría sobretodo el de la propia persona interesada.

En mi caso, por ejemplo, práctico Yoga más o menos regularmente y también he recibido tratamiento mediante terapias físicas como por ejemplo la acupuntura. Por otro lado, el tema de la “conciencia” (por llamarlo de algún modo) me interesa muchísimo y he leído bastante al respecto y también suelo ver o escuchar charlas sobre este tema (normalmente a través de Internet, aunque a veces también de manera presencial). No obstante, sólo señalo esto únicamente para subrayar que con toda probabilidad lo que a mí me pueda servir o resultar postivo a otra persona no le ayude ni le genere el más mínimo interés. Y eso no significa ni que yo ni la otra persona tengamos razón o estemos equivocados. Simplemente se trata de descripciones de experiencias individuales.

En cualquier caso, lo que me gustaría remarcar a través de este post es que, al final, el verdadero camino de desarrollo personal no tiene que ver nada en absoluto acerca de terapias, libros, creencias, prácticas o seminarios. Todo esto no dejan de ser, en último término, señales que pueden servir para apuntar una dirección (y que a veces pueden resultar muy útiles). Pero en ningún caso se refieren a la meta, ya que no existe ninguna “receta mágica” para el auto-conocimiento. Es decir, que no son “la cosa en sí”, como diría Kant.

En el fondo, creo que todo es mucho más sencillo: la propia vida es el camino. Nuestra vida, tal como es, nos ofrece siempre la oportunidad constante de aprender, de crecer y de desarrollarnos y profundizar cada vez más en nuestro propio crecimiento personal. De esta manera, en lo más cotidiano se esconde la práctica más compleja y en lo más trivial reside la sabiduría más profunda. En nuestras relaciones con los demás es cuando mejor podemos observarnos a nosotros mismos. En nuestra cotidianeidad es donde se nos da lo más extraordinario. Es en nuestra propia mirada, en nuestra manera de ver el mundo, donde podemos encontrar nuestro sentido profundo. La sabiduría no se haya en la búsqueda sino en el encuentro.

Carl G. Jung  habla de “individuación” para hacer referencia al proceso de autorrealización del ser humano a lo largo de la vida, es decir, del camino de desarrollo personal que nos lleva a ser verdaderamente nosotros mismos. Para ello, es necesario trascender nuestros conflictos internos existenciales y ser capaces de integrar en nuestro ser nuestra parte inconsciente, nuestra sombra.

La “individuación” de Jung nada  tiene que ver con el “individualismo”, como sinónimo de egoísmo o similar. Más bien es su opuesto. La “individuación”, lejos de separarnos de los otros, nos une a los demás, puesto que nos hace reconocer nuestra humanidad compartida.

Y para llegar a alcanzar todo eso, pienso que no hay otra manera que vivir auténticamente nuestra vida. Sin demasiados juicios, exigencias, pretensiones, rechazos o recriminaciones. Simplemente estando atentos a lo que acontece, de manera honesta y reconociendo nuestra especificidad, es decir, siendo conscientes de que no existe guía alguna que podamos seguir más que la que se nos está brindado a cada momento para desarrollar nuestras potencialidades…

… Fluyendo con la existencia.

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La vida es el camino

Humildad

Si somos capaces de reconocer todas nuestras debilidades y limitaciones, nuestras carencias y frustraciones, todos nuestros errores y mezquindades, nos estaremos brindando la posibilidad de abrirnos a un nuevo espacio de libertad. Una libertad interna que no depende de lo que pase afuera, pues se refiere a la libertad de ser tal cual como uno es, independientemente de cualquier otro factor. Si aceptamos nuestras sombras, es decir, todo aquello que no queremos ver en nosotros mismos, nos adentraremos en las profundidades de nuestro ser de manera honesta y podremos llegar a conocernos un poquito mejor.

De esta manera, sabiéndonos cuán lejos estamos de la irreal imagen de la perfección que a menudo anhelamos y que jamás alcanzaremos, es cuando precisamente nos reencontramos con la esencia de nuestra propia humanidad. Porque ser “humano”, no sólo contempla sentir pensamientos, emociones y experiencias positivas. También contiene experimentar a veces rabia, dolor, envidia, tristeza, celos, frustración, miedo… Y reconocerlo, paradójicamente, puede ser un primer paso para dejar de sufrir y para observar los acontecimientos desde una nueva perspectiva que nos permita evolucionar. Así pues, cuando nos contemplamos de manera honesta es cuando somos capaces de reconocernos también en los demás. Porque, al fin y al cabo, todas las personas compartimos la misma humanidad. Cuando nos damos permiso para ser como somos, ocurre que cuando nos equivocamos lo podemos volver a intentar, sin castigarnos y aprendiendo de los posibles errores cometidos. Cuando no nos martirizamos por haber caído, es cuando nos damos permiso para volvernos a levantar y, tal vez, podamos aprender algo de lo sucedido para que no se vuelva a repetir. Por eso es importante cosechar la humildad en nosotros, para evitar ser juez y parte de nuestra propia vida y convertirnos simplemente en protagonistas de la misma. Y esto depende sólo de que uno mismo se dé la libertad suficiente para contemplarse de manera sincera, sin rechazar nada de aquello que conforma nuestro ser, incluso aquello que nos disgusta. Así pues, probablemente nos daremos cuenta que durante el transcurso de nuestra vida siempre hemos intentando hacer las cosas de la mejor manera que hemos sabido o podido a cada momento. Y comprenderemos, a su vez, que los demás han hecho exactamente lo mismo que nosotros, cada cual a su manera y con los recursos de los que ha dispuesto. Sin más.

Lo dicho hasta ahora, no significa en ningún caso que tengamos que resignarnos irremediablemente a lo que acontece, ya sea la realidad externa o los factores internos. La resignación y la aceptación pueden parecer similares pero tienen una diferencia sutil que cambia completamente nuestra actitud ante la vida. La resignación es una rendición, la adopción de un posicionamiento pasivo a merced de las circunstancias externas o los sentimientos internos ante los que me siento totalmente indefenso y vulnerable. La aceptación, en cambio, significa acoger completamente la realidad que se está dando, sin rechazarla de ninguna manera, e intentar aportarle lo mejor de nosotros mismos.

Aceptar es responsabilizarse de lo que uno piensa, siente y hace, independientemente de cualquier otra consideración. Porque sin aceptación, no es posible tampoco el cambio. De esta manera, si no aceptamos nuestra propia oscuridad, tampoco jamás podremos transformarla… Simplemente porque, o bien no la contemplamos, o bien estemos convencidos de que es imposible hacerlo.

De este modo, al final comprenderemos que durante el transcurso del tiempo algunas veces las cosas salen bien y que otras veces no pero que, en el fondo, tampoco pasa nada… Quizás en todo esto también resida la raíz del perdón, del propio y del ajeno: en entender que al final la vida es un camino de crecimiento y de aprendizaje y que, por tanto, las equivocaciones y los errores no son sólo cosas habituales de las que nadie está exento, sino también, completamente necesarias en nuestro camino de desarrollo personal como seres humanos, para dotar a la vida de significado.

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Humildad

Elige tu propia aventura

De pequeño me aficioné a una colección de libros que llevaba por título Elige tu propia aventura. Se trataba de una serie de pequeñas novelas juveniles, escritas por diferentes autores y que normalmente no guardaban relación entre sí. El común denominador de estas novelas era que el lector intervenía directamente en el devenir del relato con sus decisiones. De este modo, continuamente se planteaban circunstancias donde se debía escoger el camino que adoptaba el protagonista (que, por supuesto, éramos nosotros mismos) proponiendo en los pies de página algo así como “Si decides que tienes que hacer ‘esto’, ves a la página ‘tal’; si en cambio decides hacer ‘esto otro’, ves a la página ‘tal’”.

De este modo, en cualquiera de estos libros y a modo de lema de la colección, siempre podíamos encontrar el siguiente texto, que resultaba la mar de sugerente:

Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias… y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomar las decisiones. Puedes leer este libro muchas veces y obtener resultados diferentes. Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura. Si tomas una decisión imprudente, vuelve al principio y empieza de nuevo. No hay opciones acertadas o erróneas, sino muchas elecciones posibles.

Así pues, el relato contenía múltiples y diferentes aventuras y, por supuesto, diferentes desenlaces (algunos felices, otros no tanto e incluso, algunos trágicos). Lo cierto es que estos libros me aficionaron en gran medida a la lectura durante la infancia. Recuerdo, por ejemplo, entre los títulos que más me gustaron los siguientes: “Te conviertes en un tiburón”, “La cueva del tiempo” o “El misterio de Chimney Rock”.

En cualquier caso, lo que me enganchaba realmente de estas novelas era el hecho de sentirte protagonista en primera persona de los acontecimientos, gracias a poder decidir en cada momento qué camino tomar.

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Creo que estos libros pueden servir de pequeña metáfora de la vida de cualquier ser humano. A lo largo del tiempo vamos tomando decisiones que nos llevan a vivir unas u otras circunstancias determinadas. De hecho, si miramos de forma retrospectiva nuestra vida actual, nuestro momento presente se debe, en gran medida, a toda la serie de decisiones que hemos ido adoptando a lo largo del transcurso del tiempo. Desde nuestra niñez hasta ahora, en este preciso instante en el que nos encontramos. Desde las decisiones más sencillas o simples hasta las más complicadas o trascendentes.

Lo cierto, es que si reflexionamos sobre ello, veremos que continuamente estamos decidiendo. Incluso cuando nos parece que no decidimos nada, en verdad, se trata de una ilusión, puesto que lo que sea que estemos haciendo ahora mismo nos conducirá irremediablemente a experimentar unas circunstancias determinadas en el futuro. Y este futuro lo podemos imaginar como algo que sucederá de aquí a 10 minutos o  de aquí a 10 años. Es indiferente. En cualquier caso, la mayoría de veces nuestras decisiones pasan completamente inadvertidas para nosotros mismos. Aunque eso –insisto- no significa que no se estén dando. La vida siempre está en movimiento y nosotros no podemos escapar de dicho movimiento. Aún cuando nos parece que estamos en estado de quietud, lo cierto es que también nos estamos moviendo igual. Aún cuando no lo advirtamos. De forma similar que ocurre con la Tierra que, a pesar que a nosotros nos pueda dar la sensación de que permanece inmóvil, en realidad gira incesantemente sobre sí misma y alrededor del Sol, al tiempo que se desplaza por el Espacio.

Es verdad que hay decisiones en la vida de mucho mayor calado que otras. “A priori”, decidir con qué ropa te vistes por la mañana o qué vas a comer a mediodía no tienen ni mucho menos la misma importancia para la vida de una persona que decidir, por ejemplo, qué estudiar, si vivir en pareja o no o tener hijos. Eso es evidente. Ahora bien, hay que reconocer también que a veces las decisiones más aparentemente insignificantes pueden tener consecuencias “a posteriori” de mucho más relevancia. Por lo tanto, es muy interesante pararnos de vez en cuando a pensar sobre si el rumbo que llevamos nos satisface o no… Puesto que ciertamente podemos hacer mucho para cambiarlo.

Y creo que darse cuenta de esto, es fundamental en el camino de cualquier ser humano. El hecho de tornarnos conscientes de la importancia de nuestras decisiones, inevitablemente, también trae consigo otra consecuencia relacionada: la responsabilidad. O dicho de otra manera, si el conjunto de las decisiones que yo he tomado a  lo largo de la vida me han llevado a vivir, de alguna manera, mis circunstancias actuales, debo aceptar entonces que, en cierto modo, yo he sido responsable (para bien y para mal) de mi vida actual ¡Y también de mi vida futura! Puesto que, en cualquier circunstancia, siempre tendré capacidad para elegir. Siempre. Incluso en las más inimaginables, desdichadas, infortunas o adversas, siempre me quedará, al menos, la posibilidad de escoger la manera en cómo las afronto.

Y como alguna vez he comentado en algún artículo anterior, quisiera aclarar que lo dicho tampoco significa en modo alguno que nosotros debamos considerarnos algo así como una especie de seres todopoderosos capaces de crear según nuestro antojo nuestra propia realidad. O sentirnos culpables por si nos van mal las cosas en la actualidad o, aún peor, creer que somos, de algún modo, ingenuos o incluso “tontos” por no ser capaces de lograr tener una vida “mejor”. Todo el conjunto de circunstancias externas que envuelven nuestra vida, así como la totalidad nuestras experiencias personales, son fundamentales y nos condicionan sobremanera (la familia, la escuela, la clase social, etc.). Pero en última instancia, a nivel individual y a pesar de nuestras circunstancias vitales, nosotros siempre continuaremos conservando intacto el poder de decidir, de elegir nuestro propio camino en la medida de nuestras posibilidades. Dios reparte las cartas pero somos nosotros los que jugamos la partida. Y tenemos que procurar, además, que nadie intente jugarla por nosotros… Es decir, tenemos que proponernos ejercer constantemente nuestro derecho a decidir por nosotros mismos acerca de nuestra vida. Para permitir equivocarnos y también para darnos la oportunidad de acertar. Asumiendo de manera consciente nuestra responsabilidad en nuestra propia vida.

Así pues, y a modo de despedida, tal y como decían en los libros de “Elige tu propia aventura”:

“Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura”

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Elige tu propia aventura

Entrevista a Daniel Gabarró

Conocí a Daniel Gabarró (no personalmente) hace un par o tres de años como oyente del programa “L’Ofici de Viure” de Catalunya Ràdio, en el cual colabora ocasionalmente. La verdad es que, tras escucharlo en diferentes intervenciones en el mismo programa, me di cuenta que “conectaba” bastante bien con su forma de entender la vida. De esta manera, comencé a interesarme de una forma más profunda por su actividad (textos, vídeos, etc.) a través de su página web danielgabarro.com

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En los últimos meses, gracias al proceso participativo en la elaboración de su nuevo libro propuesto por el mismo autor a todos los seguidores de su web, tuve la oportunidad de contribuir aportando mi granito de arena en21 creencias que nos amargan la vida y, aprovechando la ocasión, le propuse personalmente a Daniel Gabarró la idea de realizar una pequeña entrevista para mi Blog, a la que accedió sin ningún tipo de inconveniente.

Así pues, sin más dilación, os dejo con la entrevista y espero que la disfrutéis tanto como yo.

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P Recientemente se ha publicado tu nuevo libro “21 creencias que nos amargan la vida” escrito en colaboración con Nieves Machín. ¿Nos podrías explicar cómo surgió la idea?

DG: Fue algo muy hermoso porque resultó que en un gimnasio de Lleida que se llama EKKE me invitaron para dar una charla (puesto que ellos consideran que hay que cuidar el cuerpo pero también hay que cuidar el alma, el interior, y una vez al mes procuran organizar una charla o actividad que tenga que ver con el autoconocimiento) y entonces me dijeron “habla de lo que te de la gana” y lo les planteé hacer una charla que se titulase “terremoto mental”.  “Terremoto mental” porque les estuve explicando unas cuantas ideas que socialmente parecen ciertas pero que, sin embargo, son falsas y nos hacen sufrir y nos complican nuestra vida.

Tras la charla, que tuvo muy buena acogida y a la que acudieron más de 100 personas, mucha gente me vino a dar las gracias explicándome que nunca habían pensado en lo que les había contado y que realmente al escucharlo se habían dado cuenta de que su vida había estado marcada por una serie de ideas que eran falsas y que les habían hecho sufrir. Y, entonces, de repente tuve la idea. Así que llamé a Nieves Machín, que es la transcriptora de los cursos de de Gerardo Schmedling – un colombiano que murió, si no me equivoco, en el año 2004 – y al que considero uno de mis maestros. Gerardo Schmedling fue una persona muy sabia que dejó gravadas más de 300 o 500 horas de audio (no recuerdo exactamente), y Nieves Machín se dedicó durante 5 años, al salir del trabajo, a transcribirlos. De esta manera, como yo conozco a Nieves y valoro mucho el trabajo que ha hecho de transcripción y sé de su sabiduría, la llamé y le propuse escribir este libro entre los dos, basándonos especialmente en las enseñanzas de Gerardo Schmedling aunque también pudiéramos añadir otras cosas que nosotros mismos hubiésemos experimentado y ella le pareció una idea maravillosa. En resumen, que a partir de una charla nació este libro.

Tengo que decirte, también, que ahora en Enero voy a presentar el libro en este mismo gimnasio, donde tengo pensado dedicar unos 10 o 15 minutos en comentar este libro y el resto de la hora u hora y media, procuraré hablar sobre lo que significa amar y cómo podemos hacerlo de forma sabia, y ofreceré 7 herramientas del amor. La idea es que todo eso, pueda dar lugar a un nuevo libro en colaboración con Nieves Machín.

P En el proceso de elaboración del libro, también has dado la oportunidad de participar a tus seguidores con sus ideas y propuestas de mejora ¿nos puedes explicar cómo ha sido la experiencia?

DG: Ha sido una experiencia extraordinaria porque han participado 947 personas enviándonos correos electrónicos o propuestas en un foro. Al final hemos añadido, aunque no te puedo dar la cifra exacta, más de 200 cambios en el libro (algunos son muy pequeñitos o muy técnicos, como alguna falta ortográfica o algún signo de puntuación mal puesto) pero también alguna cosa de profundidad en el sentido en que había personas que nos alertaban sobre el significado confuso en la utilización de algunas palabras y nos proponían otras, o también sobre párrafos que no se entendían bien del todo y nos proponían alternativas o nos solicitaban ejemplos concretos en algunos apartados para que fuera más sencilla la comprensión… Y al comprobar que había mucha gente que nos decía exactamente lo mismo en algunos puntos, vimos que efectivamente había párrafos que estaban mal escritos, o que podían mejorarse, o que generaban mucha confusión.  Eso nos permitió simplificarlos y clarificarlos.

Como te digo, hemos añadido más de 200 cambios y eso es algo muy hermoso teniendo en cuenta que se trata de un libro  que no llega a las 200 páginas, cosa que quiere decir que, haciendo una media, en cada página como mínimo hay un cambio añadido por alguna de las personas que ha participado y a las cuales les agradecemos muchísimo su participación y, como muestra de ello, les hemos obsequiado con el libro en formato PDF y eBook gratis. En fin, que estamos muy contentos.

 P – En el libro expones claramente que las creencias de una persona condicionarán su actitud ante la vida y, en general, su felicidad.  Ahora bien, ¿cómo crees que estas creencias individuales pueden influir en el conjunto de la sociedad?

DG: Primero deja que haga la siguiente reflexión: las creencias individuales influyen en la actitud de una persona ante la vida y en su felicidad personal. Por ejemplo, si yo creo que un papel que tengo en mi mano es un boleto de lotería que está premiado, mi actitud ante ese papel, mis sentimientos ante ese papel, serán muy distintos a que si yo pienso que ese papel se trata de una multa de tráfico. Por lo tanto, lo que yo pienso marca lo que siento. Y lo que siento marca lo que hago. Así pues, a nivel individual debemos observar con mucha atención cuáles son las creencias que nosotros tenemos y que marcan nuestra vida porque eso va a definir el tono de nuestra felicidad: si estoy mirando el mundo con miedo,  o con odio, o con inseguridad, etc. sentiré una serie de sensaciones o sentimientos que me estimularán una forma determinada de actuar y de relacionarme con los demás que, a su vez, me provocará cada vez albergar menos felicidad.

Así pues, creo que estas creencias influyen muchísimo en el conjunto de la sociedad porque en realidad de lo que estamos hablando es del nivel de conciencia colectivo. Es decir, hay una serie de creencias que están compartidas por muchísimas personas y dichas creencias marcan la forma en cómo es habitual relacionarse en esta sociedad. Por ejemplo, una de las creencias fundamentales de nuestra sociedad es pensar que el Bien y el Mal existen. Y como el Bien y el Mal existen, hay que luchar contra el Mal porque si no luchamos contra él, resulta que finalmente acabará derrotando al Bien. Y esta idea de que nosotros debemos luchar contra el Mal significa que en nuestro interior (sin darnos cuenta y debido a esa creencia) existe la violencia que, a su vez, quiere decir que es inevitable que la sociedad sea violenta.

¿Y por qué? Pues porque la suma de las creencias individuales genera unas creencias colectivas que, a su vez, generan unas formas habituales de conducta que implican unas realidades concretas. Si nuestra sociedad, a nivel individual, hiciera un cambio generalizado en su nivel de conciencia, la suma de esas conciencias individuales darían lugar a un nivel de conciencia colectivo superior y eso daría como resultado una sociedad distinta, más sabia, más amorosa, más tierna. De alguna forma, el nivel de conciencia colectivo es producto de la suma de los niveles de conciencia individuales. Ahora bien, este nivel colectivo de conciencia existe porque, de alguna forma, está condicionado por lo que se enseña en las familias y en las escuelas, lo que se vive en la calle, lo que se consideran normas de buena educación, o lo que se considera “comprensible”. Por poner un ejemplo, en este momento es “comprensible”  y “normal” que si alguien se porta mal haya que castigarlo de alguna manera, hecho que nos lleva, por lo tanto, a una sociedad que entiende las cárceles en un sentido mucho más punitivo de lo que deberían ser en realidad. En definitiva, a avalar la venganza.

De esta manera, vemos que es evidente que las creencias de las personas a nivel individual influyen en el conjunto de la sociedad. Y ninguna sociedad puede actuar más allá de su nivel de conciencia actual. Por lo tanto, quizá lo fundamental sería entender que una de las misiones básicas que en estos momentos debería tener la administración pública, el Estado, sería subir el nivel de conciencia de sus ciudadanos, ya que al hacerlo, además de comportar un mayor nivel de bienestar personal, también traería consigo un mayor bienestar a nivel colectivo en todos los aspectos (económico, científico, etc.). Es decir, hasta ahora hemos considerado que el nivel de conciencia corresponde exclusivamente al ámbito privado o individual, pero posiblemente debemos empezar a pensar que en verdad se trata de un tema de interés colectivo y, en este sentido, el Estado y las administraciones públicas deberían empezar a plantearse la manera en cómo incrementar este nivel de conciencia y, en definitiva, cómo cambiar las creencias falsas de la sociedad para que tengamos creencias sabias.

P – Por último, ¿te atreves a dar un consejo genérico para todas aquellas personas que sienten la necesidad interna de mejorar de algún modo su vida, de ser más felices, pero que no saben por dónde comenzar?

DG: Yo les animaría a comenzar a leer este mismo libro de “Las 21 creencias que nos amargan la vida” y, sobretodo, a empezar a hacer trabajo de autoconocimiento, ya que una vez que yo me voy conociendo, me doy cuenta que gran parte de mi sufrimiento (por no decir la totalidad de mi sufrimiento) es optativo. El dolor, entendido como algo físico, es inevitable. En cambio el sufrimiento, entendido como algo psicológico, es optativo.

El sufrimiento (psicológico) aparece cuando no soy capaz de comprender el significado de lo que ocurre. Porque todo lo que ocurre tiene siempre causas, y en tanto que tiene causas es comprensible, y en tanto que es comprensible no puedo oponerme a ello. Por lo tanto, para cualquier persona que quiera mejorar de algún modo su vida pero no sepa por dónde empezar, autoconocimiento. Sin ningún tipo de duda.

Tal vez, yo recomendaría a un gran maestro que es Antonio Blay y su libro “SER. Curso de Psicología de la Autorrealización” o empezaría por los libros de Anthony de Mello, o quizá otros… En cualquier caso, buscaría por ahí hasta que encontrase un camino que resonase en mi corazón y entonces me implicase, porque uno de los problemas que tenemos, creo yo, es que las personas van cambiando y leyendo de un autor a otro, y van de un curso a otro y de un taller a otro… Pero no se implican. Y en realidad lo que necesitamos es encontrar un camino que llame nuestro corazón e implicarnos en ese camino, profunda e intensamente.

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Entrevista a Daniel Gabarró

El Elefante Encadenado

Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños.
Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir. El misterio sigue pareciéndome evidente. ¿Qué lo sujeta entonces? ¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?».
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez. Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta: el elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él. Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo. Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza…

 

“Déjame que te cuente…”
Jorge Bucay

Este pequeño relato es el que abre una de las primeras obras literarias del conocido psicoterapeuta argentino Jorge Bucay. El libro se editó en Argentina en 1994 bajo el título Recuentos para Damián y años más tarde, fue publicado en España como Déjame que te cuente…. A éste, le siguieron otros libros de relatos cortos como por ejemplo Cuentos para pensar. En cualquier caso, la obra de este autor es bastante extensa y variada, que incluye desde los mencionados libros de “fábulas” hasta ensayos psicológicos o novelas de ficción, y se caracteriza por utilizar siempre un lenguaje sencillo y directo sobre temas de cierta complejidad en lo relativo a lo humano. Particularmente, para ahondar un poquito en el autoconocimiento recomiendo la serie de libros de “los caminos“…

En cualquier caso, el relato de “El elefante encadenado” me marcó enormemente hace ya bastante más de una década y a día de hoy, aún lo recuerdo bien. Creo que pueden desprenderse de él diferentes lecturas. Por un lado, el condicionamiento que la sociedad ejerce sobre los individuos, que funciona a modo de lastre. Desde bien pequeños, de algún modo, se nos adiestra sutilmente para que seamos seres dóciles y manejables, fácilmente manipulables y predecibles. Para que sigamos el camino de “lo correcto” y no nos desviemos demasiado de la norma. Por otra parte, creo que esta pequeña historia también nos habla sobre nosotros mismos, sobre la tendencia que tenemos a auto-castigarnos o a ponernos límites, tanto si las cosas no nos han salido bien en el caso de que hayamos tenido una mala experiencia en el pasado, como si por el motivo que sea creemos que no seremos capaces de lograrlo en el futuro… En definitiva, sobre nuestro miedo y nuestra resignación.

El cuento, en cualquiera caso, resulta una llamada a nuestra atención. Para que nos demos cuenta de que sí se puede. O al menos a darnos el permiso necesario para intentarlo. Se trata de una especie de grito silencioso que nos anima a romper las cadenas imaginarias que nos esclavizan, ya sean éstas propias o ajenas. Para que, de una vez, de poco en poco o de vez en cuando, nos atrevamos.

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El Elefante Encadenado

What? Sobre el futuro

A continuación comparto un vídeo del conocido escritor y conferenciante Álex Rovira que gravó hace unos tres años para la plataforma WHAT.

WHAT es una plataforma abierta y sin ánimo de lucro que tiene como objetivo inspirar y difundir conocimiento para favorecer una sociedad más justa, libre y equilibrada.

En este vídeo, Álex Rovira habla de la crisis financiera y de valores en la que estamos inmersos en los últimos tiempos. También aporta su visión acerca de cómo debería evolucionar la toma de conciencia individual para un desarrollo favorable en las relaciones entre los seres humanos en el futuro.

 

What? Sobre el futuro