La unidad de las izquierdas

A raíz de la noticia un tanto sorprendente respecto al acuerdo entre “Podem Catalunya” y “Un País en Comú” (el nombre provisional del nuevo partido de confluencia catalán apadrinado por Ada Colau) que se dio a conocer de manera paradójica (y quizás reveladora) ayer en  Madrid a través de Pablo Iglesias y Xavier Domènech, me he animado a escribir un artículo respecto a esa idea tantas veces en boga de la conveniencia, e incluso de la necesidad, de la unidad de los partidos “de izquierdas”.

No obstante, me gustaría realizar antes una breve reflexión respecto el proceso de construcción de este “nuevo sujeto político” que empezó a fraguarse desde hace unos meses en Catalunya. En realidad, pocas novedades hay que añadir respecto al post que escribí a finales del año pasado, más allá de que parece que queda claro que el objetivo principal de este proyecto es aunar a “Barcelona En Comú”, “ICV/EUA” y “Podem bajo un mismo partido político, es decir, rehuyendo de la formula de coalición que por ejemplo presentan actualmente en el Congreso de los Diputados (“En Comú Podem”) o en el propio Parlament de Catalunya (“Catalunya Sí Que Es Pot”), perdiendo de este modo los partidos confluyentes gran parte de su independencia a fin de conformar este nuevo espacio político.

De este modo, lamentablemente, hemos visto cómo hasta la fecha la construcción de este nuevo partido se ha llevado a cabo totalmente al margen de la participación ciudadana y que las decisiones las han ido tomando las cúpulas de los partidos en despachos a puerta cerrada. En honor a la verdad, quizás la única excepción, en cierto modo, la hemos visto en “Podem” aunque, para ser sinceros, a la postre creo que tampoco ha quedado claro qué papel han estado jugando en todo esto…  Pienso que lo más lógico por parte de “Podem” (si realmente pretendían cumplir con un mandado ciudadano) hubiera sido la realización de una consulta clara desde el inicio de este proceso para saber si sus bases querían o no integrarse en un único partido conjuntamente a “BComú” y “ICV-EUA” (y no la extraña pregunta de “libre interpretación” que efectuaron a sus inscritos hace apenas unos días). Y en caso afirmativo, entonces sí, empezar todo este proceso. Ahora bien, quizás es que esta lógica no entraba dentro de los planes de Pablo Iglesias que, por las razones que sean, parece que tiene bien claro que sus referentes en Catalunya, mucho antes que Albano Dante, deben ser Ada Colau y Xavier Domènech.

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Y hasta aquí esta pequeña reflexión acerca de cómo veo que van las cosas en “Un País En Comú”, y ahora sí, me dispongo a hablar respecto la unidad de las izquierdas”.

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Mucha gente cree que para que se produzca un cambio social, es necesario que los partidos “de izquierdas” dejen a un lado sus divergencias y se unan en un frente en común, con el fin de derrotar a “la derecha”. Yo, entiendo la argumentación de que así es más probable conseguir una mayoría que suponga una alternativa a un gobierno “de derechas” porque “la suma multiplica” y blablablá… Ahora bien, discrepo profundamente de que de esta manera se consiga una verdadera transformación social. Me explico:

Dejando a un  lado la consideración (a mi entender bastante evidente) de que difícilmente pueden conseguirse cambios significativos a través únicamente de las instituciones sin tener en cuenta en modo alguno el interés REAL de la ciudadanía, creo que la unidad de la izquierda (así entendida), en el mejor de los casos, sólo podría servir para un cambio de gobierno, pero nunca para una verdadera transformación social, y ni siquiera para una “transformación institucional”. Y a continuación detallaré los dos motivos fundamentales:

– En primer lugar, pasaré a explicar lo que yo llamo la teoría del ideario del mínimo común. Pongamos por caso que se genera un frente amplísimo “de izquierdas” que cuenta desde partidos anticapitalistas y de extrema izquierda hasta partidos socialdemócratas y de centro-izquierda. Pues bien, estos partidos a la hora de generar un ideario y programa en común deberán ponerse siempre de acuerdo de algún modo. El problema estriba en que los puntos en común que acabaran definiendo su línea política habitualmente estarán marcados por el partido menos “de izquierdas” de todos… Es decir, a un partido de extrema izquierda lo habitual es que siempre le resulte fácil asumir las reclamaciones en materia social de un partido socialdemócrata (de hecho, es probable que estas reclamaciones las encuentre insuficientes). En cambio, difícilmente un partido socialdemócrata asumirá la mayoría de reclamaciones sociales de un partido de extrema-izquierda. Por lo tanto, si la organización de este “frente de izquierdas” se basa en el consenso entre los diferentes actores, serán precisamente los partidos más moderados los que marcarán claramente la línea a seguir de este espacio político.

– En segundo lugar, pasaré a explicar lo que yo llamo el efecto del pez grande. Pongamos por caso que este frente de izquierdas acuerda que su programa e ideario no será fruto de un consenso entre todos los partidos que lo conforman como en el caso anterior, sino que se acuerda que en la toma de decisiones se respetará la proporcionalidad que cada uno de los partidos tenía por separado. Por ejemplo, si los socialdemócratas representan el 40% del espacio político “de izquierdas”, en el supuesto frente de izquierdas deberán continuar manteniendo este 40% de representación en los órganos de poder. Es decir que, al fin y al cabo, habrá partidos (normalmente uno o como máximo dos) que impondrán claramente su criterio sobre el resto, que simplemente ejercerían el rol de meras comparsas, puesto que el pez grande se come siempre al pequeño.

Así pues, cualquiera de las dos alternativas que he explicado, creo que menoscaban claramente la representación democrática de la sociedad, puesto que estos “frentes de izquierdas” se alejan mucho más de los ciudadanos que dicen representar. Es decir, un número mucho más grande de personas depositarían su voto en una opción que no les resultara representativa. Esta cuestión es especialmente grave puesto que, además, al darse un acuerdo entre todos los grupos de  izquierda, la discrepancia o alternativa a nivel institucional quedaría totalmente invisibilizada…

Por lo tanto, el frente de izquierdas creo que es una opción que sólo puede servir puntualmente (en el mejor de los casos) como medida de excepción para derogar a un gobierno determinado, pero nunca para devenir un cambio radical en el sistema.

A modo de conclusión, creo que para una verdadera transformación social, lo únicamente necesario es el empoderamiento ciudadano y, para ello los partidos políticos (especialmente los de izquierdas que reivindican un cambo social) deben facilitar las herramientas necesarias para que el pueblo pueda decidir de forma directa, sin intermediarios, sin postureos… Dotando así a la democracia de contenido.

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La unidad de las izquierdas

No penso callar

Hoy me gustaría recuperar un vídeo que realizó la delegación catalana de Amnistía Internacional dentro de la campaña “No penso callar”, de finales de 2015, porque pienso que es muy importante que seamos conscientes de nuestros derechos como seres humanos desde bien pequeñitos…

Y como dice uno de los lemas más conocidos de esta ONG, “el mundo puede cambiar, pero no va a cambiar solo”.

No penso callar

“Alike” (corto de animación)

En esta entrada quiero compartir un pequeño cortometraje de animación, de apenas 8 minutos de duración, titulado “Alike” dirigido por Daniel Martínez Lara y Rafa Cano Méndez, que vio la luz a finales del año pasado.

Como sus autores explican, la historia intenta plantear una reflexión acerca de la paternidad y la enorme importancia de la influencia de los padres hacia sus hijos y, sobretodo, plantea una crítica hacia los estímulos y la educación en general que reciben los más pequeños en nuestra sociedad.

Ahora bien, creo que del corto también se desprende una perspectiva crítica respecto al actual modelo social en el cual, desde la infancia y siguiendo los más elementales principios del “condicionamiento clásico” de Pavlov, aprendemos a dejar de lado nuestra capacidad creativa limitándonos, poco a poco, en nuestra toma de decisiones y adiestrándonos, de esta manera, para llegar a convertirnos en engranajes necesarios para perpetuar un sistema “gris” que no está en absoluto diseñado para que las personas tomemos el protagonismo respecto nuestras propias vidas.

(Más info en www.alike.es)

“Alike” (corto de animación)

Sobre el anarquismo (o pensamiento libertario)

gato-anarcaEl “anarquismo” o “movimiento libertario” es una ideología política que, lamentablemente, a menudo se la relaciona con el caos, el desorden e incluso con la violencia. En este post me gustaría explicar lo que yo entiendo por pensamiento libertario, más allá de su historia o de organizaciones o colectivos específicos, con el fin de contribuir a aportar un poquito de luz sobre el tema y desmentir algunas creencias muy arraigadas aún hoy día en gran parte de la población, tales como las que he comentado anteriormente.

Muchas veces se define al anarquismo – de manera peyorativa – como un movimiento “anti-sistema”. Sin más. Y si bien es cierto que esta afirmación no la podemos considerar falsa, también lo es que resulta claramente insuficiente. El anarquismo es “anti-sistema” en tanto que tiene razones fundamentadas para considerar al “sistema” en gran medida culpable de las injusticias y las desigualdades sociales que padece gran parte de la ciudadanía; y también responsable de una de las principales causas de la sensación de aislamiento y de alienación, o falta de propósito, que es presente en el ser humano en general. No obstante, cabe señalar que el anarquismo no es sólo una expresión de rechazo hacia el modelo social instaurado sino que, al mismo tiempo, propone una nueva manera de entender la vida en sociedad y de relacionarnos los unos con los otros, mucho más natural y equilibrada, confiando en las capacidades innatas de los seres humanos para auto-organizarnos de la mejor manera posible. Y una condición absolutamente necesaria para ello es que las personas alejemos nuestra atención de las circunstancias externas (como por ejemplo la crisis, los políticos, los bancos, las multinacionales, el paro, el fútbol, la televisión…) y la situemos en el centro de nuestra existencia, en nuestras necesidades vitales y nuestros verdaderos anhelos.

Si tuviera que destacar una sola cosa respecto el pensamiento libertario, creo que ésta sería sin duda su amor incondicional hacia la libertad. Desde esta perspectiva, el ser humano es un ser libre por naturaleza y, por tanto, tiene todo el derecho a vivir la vida que desee. De hecho, sólo en libertad es posible que las personas puedan alcanzar la felicidad, pues únicamente sin ataduras se da la posibilidad de que el individuo pueda transitar por el camino particular que le conduzca a su auto-realización personal.

Ahora bien, el concepto de libertad que defiende el anarquismo dista mucho de la concepción pueril que la sociedad desde pequeños nos ha inculcado. La libertad no significa que cada cual pueda hacer lo que le venga en gana en cualquier momento sin tener en cuenta ninguna otra consideración, sino que más bien se relaciona con la capacidad intrínseca de cualquier persona para decidir qué es lo que más le conviene para su vida. O dicho de otra manera, la libertad sería la asunción completa de la responsabilidad individual hacia la propia existencia para, en última instancia, poder llegar a convertirnos en las personas que, de algún modo, estamos llamadas a ser, sin imposiciones exteriores de ningún tipo. De este modo, una persona siempre tendrá derecho a decidir qué quiere hacer con su vida, asumiendo claro está, los resultados de dichas decisiones. Es decir, como seres libres podemos decidir qué acciones tomar a cada momento pero no podemos decidir los resultados que obtendremos de estas decisiones en el futuro (y si así lo hiciéramos, además de no tener ningún valor, sólo demostraría nuestro elevado nivel de inconsciencia), aunque sí que deberemos asumir plenamente los resultados de nuestras decisiones cuando estos lleguen, nos gusten o no. Esto significa que debemos siempre responsabilizarnos de las consecuencias de nuestras acciones, ya sean estas positivas, negativas o neutras.

Por otro lado, la libertad no es algo individual sino que es un derecho universal. Así pues, nunca deberíamos decidir por los demás, o sea, pretender que otra persona haga lo que nosotros deseemos sin tener en cuenta su parecer. Incluso a pesar de que estemos completamente convencidos de que lo que pensamos sería lo mejor para dicha persona. Desde la perspectiva libertaria es evidente que todas las acciones que traigan consigo la negación de la libertad ajena son consideradas como imposiciones o, al menos, comportamientos llevados a cabo con motivaciones más o menos egoístas y, por tanto, reprobables.

Para resumir lo dicho hasta ahora, a modo de ejemplo sencillo, podríamos decir que yo al salir de casa en un día nublado puedo decidir no llevar paraguas. Ahora bien, por mucho que lo pretenda, en realidad no puedo decidir que no llueva (y si así lo decidiera, no sería más que un absurdo). Finalmente, si llueve y me mojo deberé asumir conscientemente las consecuencias de mi propia decisión sin buscar otras explicaciones. Ahora bien, siguiendo con este ejemplo, lo que en ningún caso admite el pensamiento libertario es que “otros” decidan por mí si debo o no debo llevar paraguas los días nublados ni, por supuesto, yo tampoco debo decidir si “los demás” tienen que llevarlo o no, independientemente de lo que a mí me parezca que pueda ser lo mejor para ellos.

Respecto a este punto, quiero dejar claro que estoy haciendo referencia en todo momento a personas adultas y en plenas facultades mentales. Si, por ejemplo, me refiriera a niños de 3 años es evidente que sería totalmente necesario que otros adultos (normalmente sus padres) decidieran por ellos en casi todos los aspectos de sus vidas porque es obvio que sus capacidades cognitivas no están plenamente desarrolladas todavía y, por tanto, no tienen la conciencia suficiente para elegir en libertad.

Por otro lado, una condición fundamental en el ideario anarquista respecto la libertad es la necesidad de que se establezca una completa igualdad en la sociedad. Ahora bien, de la misma manera que ocurre con el concepto de libertad, desde esta óptica hemos de alejarnos completamente de las concepciones simplistas acerca de este término. Así pues, la igualdad no significa uniformidad o entender que las personas tengamos que ser idénticas las unas de otras en nuestras necesidades, gustos, deseos y motivaciones. Y mucho menos insinuar que el conjunto de los seres humanos tengamos que pensar o comportarnos de la misma manera. Todo eso sería completamente contrario a la libertad y, por tanto, opuesto al ideal anarquista. De hecho, desde el pensamiento libertario la diversidad cultural y las diferencias humanas son entendidas como una verdadera riqueza. Así pues, la igualdad se refiere única y exclusivamente al hecho de que todas las personas debemos contar con las mismas oportunidades para tomar nuestras propias decisiones y llevar a cabo todo nuestro potencial. Por consiguiente, es absolutamente necesario que la sociedad no genere (por acción o por omisión) condiciones desfavorables en, por ejemplo, lo económico, lo educacional o lo sanitario, en las que deje a gran parte de sus miembros subyugados e impedidos de vivir en libertad. O dicho de otro modo, para el anarquismo mientras en una sociedad existan necesidades básicas por cubrir no es posible vivir en libertad. De este modo, si una persona no tiene fácil acceso a la información, la educación o la cultura, difícilmente podrá desarrollar sus potencialidades con éxito. De la misma manera, si los recursos económicos de un individuo son escasos o directamente insuficientes, o si se encuentra con dificultades para atender su salud o para acceder a una vivienda, es evidente que no tendrá demasiadas ocasiones para preocuparse por cosas que vayan más allá de asegurar su mera supervivencia, además del riesgo de verse continuamente expuesto o sometido a voluntades externas debido a su situación de vulnerabilidad y dependencia.

A modo de ejemplo, aquí se me ocurre el de aquellas dos semillas que son plantadas a la vez. La primera se planta en tierra fértil y recibe todos los cuidados necesarios para su desarrollo. La segunda se planta en un terreno árido, de clima desfavorable y se deja a su suerte. Es fácil adivinar de cuál de las dos semillas crecerá una hermosa flor y de cuál, lamentablemente, no crecerá nada o, si lo hace, contará con enormes dificultades… Vemos así que la belleza de una flor no depende exclusivamente de la semilla original sino también de las oportunidades de desarrollo que le ofrece el entorno en el que ésta vaya a crecer.

En resumidas cuentas, podríamos afirmar que el pensamiento libertario aboga por la absoluta libertad en lo individual y la completa igualdad en lo social. Llegados a este punto, cabe preguntarse sobre la manera en cómo propone implementar estos ideales en la sociedad. Para ello, atendiendo al significado etimológico de “anarquismo” (ausencia de autoridad) podemos deducir que el modelo social que surgiera carecería de una estructura jerárquica vertical, es decir, que el poder no se ejercería de manera convencional en forma de pirámide “de arriba hacia abajo”. Si no que el poder sería entendido de manera totalmente horizontal, es decir, “entre iguales”.

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Así pues, como vemos, el anarquismo no rechaza el poder mismo (pues es algo que pertenece naturalmente a todos), sino “a los poderosos” es decir, a aquéllos que lo manejan a su antojo según una compleja estructura social organizativa y legislativa que los ampara, en detrimento de la inmensa mayoría. De hecho, el anarquismo no rechaza en absoluto los liderazgos naturales que puedan surgir entre los diversos grupos humanos, ni niega legitimidad alguna a los expertos de alguna materia, ni tampoco la capacidad innata de ciertos individuos de influir sobre el resto… Simplemente no reconoce la lógica del poder ejercido desde la autoridad, puesto que entiende que dicho poder depende únicamente del lugar que un individuo ocupa en una determinada escala jerárquica y, por tanto, carece de una auténtica legitimidad.

Para el anarquismo los grupos humanos deben fundamentarse en la libre integración de los miembros que lo componen. Es decir, las personas se agrupan con el fin de colaborar y ayudarse mutuamente, siempre de manera voluntaria, siguiendo sus propios criterios y durante el tiempo que les interese. Así pues, podríamos afirmar que las relaciones humanas deben basarse en el acuerdo entre todas las partes implicadas. De este modo, los colectivos libertarios se regirán siempre bajo los principios de la democracia directa, el cooperativismo y el asamblearismo y también podrán establecer alianzas entre sí a través de federaciones.

Por otro lado, con frecuencia se dice que el anarquismo es un movimiento anti-fascista, anti-comunista, anti-capitalista, anti-religión, anti-estado y anti-democrático. Sobre esto, cabría hacer una serie de puntualizaciones. En primer lugar, es obvio que el movimiento libertario es totalmente contrario a cualquier ideología de carácter totalitaria que atente contra la libertad de los individuos y también es verdad que puede considerarse anti-capitalista en la medida que el capitalismo ha demostrado ser un modelo político y económico generador de pobreza y de desigualdad social alrededor del planeta. Respecto la religión o el Estado, se podrían decir muchas cosas al respecto porque son temas de gran complejidad pero, en cualquier caso, creo que lo esencial es destacar que el anarquismo, por un lado, se opone a toda aquella doctrina que anteponga los intereses de una minoría en pos de “un bien superior” (un Dios, una nación) a la de los intereses de la mayoría y, por otro lado, es contrario al hecho de que una persona deba obligatoriamente pertenecer, pensar y comportarse siguiendo criterios ajenos a los de su propia voluntad. No obstante, en mi opinión, el anarquismo no se opone “per se” a la existencia de los estados o las religiones, si no a la manera en cómo hasta ahora se han entendido su estructura y funcionamiento. De esta manera, rechaza frontalmente que estos estamentos se crean con el derecho de hablar y decidir en nombre de los individuos sin su consentimiento, contraviniendo el ideario anarquista e impidiendo, así, un verdadero empoderamiento ciudadano.

Respecto a la democracia, creo que no hay nada más injusto que afirmar que el pensamiento libertario seaanti-democrático”. De hecho, el anarquismo es un movimiento político y social radicalmente democrático. Lo que ocurre es que la democracia representativa actual, tal y como la entendemos en las sociedades occidentales hoy en día, no puede considerarse una verdadera democracia desde una perspectiva anarquista. En la Grecia clásica, por ejemplo, cuna del pensamiento occidental, se denominaba “democracia” a la forma de gobierno de las “polis” en la que solamente los ciudadanos “libres” podían deliberar y decidir sobre los asuntos que afectaban a todos los miembros de su sociedad, quedando excluidos de tales derechos los esclavos y las mujeres, es decir, la mayoría de los ciudadanos que conformaban estas comunidades. Es evidente que en la actualidad no consideraríamos como “democrática” a una sociedad que presentara tales características. Algo parecido sucede si nos paramos a pensar un momento en el funcionamiento de la democracia actual: los ciudadanos somos llamados a votar en unas elecciones una vez cada cuatro años para elegir a unas personas que son las que realmente decidirán por nosotros respecto a una cantidad ingente de asuntos más o menos importantes que nos afectarán directa o indirectamente sin que exista, además, garantía alguna de que las personas escogidas para la gobernabilidad deban cumplir los compromisos que supuestamente han adquirido previamente con la ciudadanía.

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Eso, sin tener en cuenta, otros factores como la ley electoral que beneficia a los grandes partidos, la nula repercusión que tiene en el reparto del poder la abstención o el voto en blanco o nulo, o la absoluta marginación de los partidos minoritarios. Por no hablar ya de las disfunciones de un sistema que fomenta los privilegios de los políticos y otras clases dominantes, coarta la participación y las iniciativas ciudadanas, goza prácticamente de impunidad ante la corrupción institucionalizada,  practica habitualmente acciones de dudosa responsabilidad ética como las de  “las puertas giratorias” y un larguísimo etcétera.

Así pues, desde un punto de vista libertario, un sistema regido bajo estas premisas y donde el papel del ciudadano es relegado al de mera comparsa de aquellos que regentan el poder a su conveniencia, no puede considerarse en modo alguno democrático. De hecho, para el anarquismo la democracia así concebida es una idea incluso perversa, pues se sostiene en el engaño de hacer creer a la población que con introducir una papeleta cada 4 años con una lista de nombres en una urna ya es suficiente y, además, sirve para legitimar toda una estructura de control social que aleja al ser humano de la posibilidad de vivir en una sociedad justa e igualitaria y dificulta enormemente el ejercicio de su propia libertad individual.

Algunos, de manera bienintencionada, dicen que la anarquía es como perseguir la utopía. Tal vez estén en lo cierto, no lo sé…

En cualquier caso, para finalizar, me gustaría recuperar la siguiente reflexión de Eduardo Galeano acerca precisamente de la utopía:

La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

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Sobre el anarquismo (o pensamiento libertario)

¿Hay vida después de la muerte?

flor-marchita.jpgLa cuestión de la existencia de la vida después de la muerte seguramente constituya la piedra angular sobre la cual se cimientan todas las religiones del mundo y, por supuesto, también ha sido un tema recurrente a lo largo de la historia de la filosofía y del pensamiento humano de todos los tiempos.

Asimismo, para argumentar acerca de esto (ya sea a favor o en contra) inevitablemente siempre aparece, de un modo u otro, el concepto de “alma”. El alma (o el “espíritu”) como convencionalmente la concebimos en nuestro imaginario colectivo albergaría nuestro “Yo Inmaterial”, capaz de trascender el mundo físico. De esta manera y simplificando al máximo, podríamos asegurar que la creencia en el alma indefectiblemente va asociada al convencimiento de la continuidad de nuestra vida más allá de la muerte y, en el caso contrario, a asumir que con la muerte finaliza, sin más, nuestro periplo particular por el mundo. No obstante, pienso que es conveniente señalar que dentro de la teología y, en general, también dentro del pensamiento religioso y filosófico (e incluso de determinadas corrientes psicológicas) existen otros muchos conceptos teóricos relacionados con toda esta materia, aunque no vienen al caso para lo que aquí se refiere. Al menos, de momento…

Por otro lado, creo que es conveniente aclarar que este asunto debe ubicarse siempre en el ámbito correspondiente a cuestiones de fe o, al menos, relacionadas con la disertación o la especulación abstracta, puesto que (al menos hasta la fecha) no existe evidencia empírica alguna que demuestre científicamente la realidad de ninguno de estos conceptos. Por lo tanto, sólo podemos creer (o no) en ellos… Ahora bien, a pesar de todo, es bueno reconocer también que todos estos planteamientos existenciales están plenamente vigentes a día de hoy, puesto que la mayoría de las preguntas filosóficas y/o espirituales acerca del origen y el propósito de la vida, siguen aún sin hallar una respuesta satisfactoria. Y me atrevería a decir que es probable que nunca la tengan.

De este modo, podemos ver que la ciencia nos habla, por ejemplo, acerca del Big-Bang o de la evolución de las especies. Pero todo esto, en el fondo, poco nos dice respecto al sentido de la vida. Al no ser que convengamos que la vida, como tal, no tiene ningún sentido a excepción del que nosotros le podamos otorgar durante nuestra existencia. Y lo cierto es que este punto de vista, en realidad no me parece en absoluto inadecuado, pues en cierta manera nos puede animar a aprovechar nuestro limitado tiempo biológico de la mejor manera que sepamos. Y tal vez, al final después de todo, resulte que así sea, ¡quién sabe! Ahora bien, lo cierto es que detrás de cada respuesta que nos ofrece el saber científico siempre podemos plantear un nuevo interrogante, entrando de este modo, en una especie de espiral interminable… Por otro lado, lejos de lo que a veces se asume erróneamente, la ciencia tampoco es un dogma de fe estático. Por su propia metodología, siempre se encuentra en permanente revisión. La misma evolución en el saber psicológico, o los sorprendentes descubrimientos en el campo de la física cuántica de las últimas décadas pueden servir de buenos ejemplos de ello. Lo que hoy se entiende de una manera, mañana puede reinterpretarse de forma diferente.

En cualquier caso, reconozco que me cuesta aceptar que el Universo haya montado todo este magnifico espectáculo de infinidad de galaxias, estrellas, moléculas, conexiones neuronales y un sinfín más de cosas sin un porqué. ¿De verdad merecía la pena tomarse tantas molestias?

Quisiera aclarar, no obstante, que con este post no pretendo convencer a nadie sobre la continuidad de la vida más allá de la muerte. Nada más lejos de mi intención. Que cada cual piense lo que más le satisfaga o lo que le sirva mejor. De hecho, a pesar de que pudiera parecer lo contrario por estar escribiendo estas líneas, ¡ni yo mismo he encontrado una explicación que me convenza completamente! Si no que, simplemente, me gustaría exponer y jugar con una hipótesis que me ronda desde hace tiempo por la cabeza (tal vez un poco loca) pero que, quizás, pueda tener algo de sentido y ser de utilidad para alguien… Para ello, sirviéndome del agua como fuente de inspiración (sustancia que, recordemos, conforma entre el 60 y el 70% de nuestro organismo y que ocupa tres cuartas partes del planeta), voy a intentar explicar metafóricamente algunas de mis conjeturas particulares acerca de todo este asunto. Con este objetivo, también me permitiré ciertas licencias“al dar por ciertas” diversas premisas totalmente hipotéticas, ya que difícilmente sería capaz de hacerlo de otra manera.

Por último, antes de ir al quid de la cuestión, me gustaría comentar que a la hora de hacerme una idea propia acerca de este asunto he bebido a lo largo de mi vida de fuentes muy diversas (desde el budismo, el taoísmo o el yoga, hasta psicólogos, filósofos y pensadores occidentales como Carl Gustav Jung, Arthur Schopenhauer o Ken Wilber, entre otros). No obstante, pienso que quizás me han podido influir de manera especial algunas de las ideas fundamentales que se desarrollan en el libro Un curso de milagros . Así que, dicho lo cual, como coloquialmente se dice, ¡vamos al tajo!

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Imaginémonos un paisaje idílico del mar en el horizonte, donde la imagen queda dividida en dos bloques: el superior, correspondiente al cielo; y el inferior; correspondiente al agua. En el centro queda, pues, la línea imaginaria que aparentemente los separa.

Así pues, el bloque superior está compuesto básicamente por el aire de la atmósfera, o dicho de otra manera, por aquello que es invisible e intangible a nuestros ojos; y la parte correspondiente al mar, en cambio, está compuesta esencialmente de agua, es decir, por aquello que es visible y tangible para nosotros.

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Este paisaje, además, a pesar de los cambios atmosféricos, el ciclo de las estaciones, las corrientes marinas, el día y la noche y todas las variantes posibles, en cierto modo, lo podemos considerar “eterno” puesto que, por mucho que transcurra el tiempo, finalmente, siempre seguirá existiendo el mar en el horizonte.

Ahora imaginémonos también las pequeñas burbujas de diferentes tamaños y duración que aparecen aleatoriamente (a causa del viento y demás) y por poco espacio de tiempo en la superficie marina. Como sabemos, cada una de estas burbujas está compuesta de una pequeña película de agua que contiene aire en su interior. Es decir, las burbujas están conformadas por una parte visible y tangible en su exterior, y por una parte invisible e intangible en su interior.

Pues bien, pongamos que el mar, la parte “Visible”, corresponde a todo aquello que tiene que ver con la materia y que aceptamos como nuestro mundo físico y que el aire, la parte “Invisible”, corresponde a aquello a lo que, según las diferentes tradiciones, se le ha denominado “Dios”, “Alma Universal, “Tao”,Esencia o Inteligencia Divina o Superior, o simplemente “energía”, entre otros. Demos por cierto, además, que esta parte inmaterial será la que se relacionará, de algún modo, con nuestra conciencia o capacidad racional (ya he avisado anteriormente que iba a dar por hechos ciertos supuestos no demostrados empíricamente).

Así pues, siguiendo este símil, las personas seríamos como pequeñas burbujitas suspendidas en la inmensidad del mar. Es decir, podríamos considerar que los seres humanos somos una especie de conglomerado de materia que contiene una porción de “Alma Universal” en el“interior” (aunque ciertamente no tengamos capacidad para determinar si su ubicación es en el interior”, el exterior” o está “sobrepuesta”). Por otro lado, con tal de diferenciar fácilmente las “partes” del “todo”, a nuestra naturaleza física, es decir, al conjunto de nuestro organismo, simplemente le llamaremos “cuerpo” y a nuestro pedacito de Alma Universal” la denominaremos “espíritu”. De este modo, podríamos afirmar, de manera un tanto poética, que la vida surge de la unión de “lo visible” con “lo invisible”.

Siguiendo con esta disertación, lo que ocurriría, no obstante, es que por alguna extraña razón nuestro espíritu (que, no lo olvidemos, estaría vinculado con nuestro sistema de pensamientos o capacidad mental) no es consciente de su propia naturaleza de Alma Universal” y, como se desarrolla en un cuerpo físico, nada más es capaz de percibir “lo visible”. De este modo, al observarse así mismo “sólo vería” un cuerpo individual y, al mirar a su alrededor, percibiría todo un mundo material lleno de elementos diferentes e inconexos. Así pues, irremediablemente se comprendería como “un algo” completamente separado del resto de cosas. Por lo tanto, para desenvolverse con naturalidad en esta realidad no tiene más remedio que generar una idea de sí mismo a la que denominaremos “Ego”. El ego sería algo así como nuestro complejo auto-concepto, nuestra identidad individual, o nuestro “Yo” particular. Una poderosa idea mental que iríamos generando, poco a poco a lo largo del tiempo, fruto de nuestras experiencias vitales de todo tipo. En definitiva, el ego será el que definirá nuestra forma de sentir y de razonar y, por tanto, el que marcará nuestras acciones y comportamientos y, en general, nuestras relaciones sociales y nuestro vínculo con el mundo físico. O expresado de forma sencilla: nuestra mente estará gobernada por el ego.

En cualquier caso, lo que gustaría remarcar es que nuestra inmaterial “menteespíritu-ego” o como queramos llamarla, paradójicamente, en ningún momento es consciente de la parte intangible de la existencia y, por tanto, desconoce absolutamente la naturaleza del Alma Universal de la que está compuesta. Aún más, debido a que está intrínsecamente ligada a un cuerpo en el mundo de lo visible resulta imposible que pueda conocer lo invisible a través de la mera experiencia física. Así pues, la mente solamente por medio de la introspección profunda sería capaz de alcanzar un estado de conciencia que la permitiera vislumbrar la otra parte de la realidad, puesto que, parafraseando a Albert Einstein, “difícilmente se puede resolver un problema desde el mismo nivel de conciencia donde éste se genera”. Dicho estado de conciencia, según muchísimas tradiciones espirituales, recibiría el nombre de “iluminación” o “despertar”.

Así pues, para el tema que nos concierne – el de si hay vida más allá de la muerte – según la hipótesis que estoy planteando, creo que podríamos considerar finalmente que la vida continúa después de la desaparición física dependiendo única y exclusivamente de la interpretación subjetiva que hagamos de lo que consideramos como vida. Me explico:

Retomando la metáfora de las pequeñas burbujas que están suspendidas en la superficie del mar, si estuviéramos observando cuando una de estas burbujas explotara veríamos que, efectivamente, la burbuja en cuestión desaparecería de la existencia, aunque no así todo aquello que la conformaba: las moléculas de agua se disolverían en el mar y el aire contenido sería liberado hacia la atmósfera. Ahora bien, cabe reconocer que la burbuja en sí, definitivamente dejaría de existir.

Algo parecido, entonces, podríamos considerar que podría pasar con la muerte de un ser individual: el cuerpo entra en un estado de descomposición biológica (la disolución de las moléculas y átomos que lo conforman) y el “espítitu” se fundiría con el “Alma Universal” de manera instantánea. Por lo tanto, nada desaparecería de la existencia sino que, simplemente, cambiarían las formas. Así pues, quizás al final todo dependa de la perspectiva con la que entendamos la vida.

Si por vida se entiende al ser individual, es decir, la forma con la que habitualmente la comprendemos, creo que irremediablemente debemos tomarnos la muerte como punto y final. El ser que soy, mi cuerpo y los genes que me componen, mi contexto histórico y social, mis experiencias vitales, mi familia, mis amigos, mis pensamientos y sentimientos… Nada de todo eso, continuará su recorrido más allá de esta vida. Al no ser, claro está, que creamos en la teoría del “eterno retorno” de Nietzsche (pero esto ya es harina de otro costal). De esta manera, si al principio hemos convenido que de la unión de “lo visible” con “lo invisible” surge la vida, con su separación debemos reconocer que, entonces, llega su fin.

Ahora bien, desde otro punto de vista, si entendemos que con la muerte simplemente se produce en el individuo una transformación de los estados físico y, sobretodo, mental, que implican la desaparición del ego permitiendo al espíritu  integrarse nuevamente en el “Alma Universal”, es posible que entonces podamos considerar que en verdad nada llega a su fin puesto que la vida es un proceso que obedece a un ciclo natural de cambios que se seguirá dando de manera infinita a lo largo del tiempo. O dicho de otra manera, todos los seres que han existido, existen y existirán constituyen diferentes formas físicas de un único Alma. De este modo, cobrarían pleno sentido las conocidas afirmaciones espirituales de Todos somos Uno” o “Dios está en todas partes”.

Tal vez sea posible integrar estas dos perspectivas en una de sola, entendiendo que con la muerte, el ser individual desaparece pero su esencia sigue permaneciendo, puesto que es eterna. Quizás este ciclo continuo de interacciones “espíritu particular – Alma Universal” que se da con el nacimiento y muerte de los seres individuales sea necesario para generar nuevos estados cada vez más elevados de Inteligencia o Esencia Divina” en el mundo de “lo invisible” que, a su vez, sean capaces de ofrecer en el mundo de “lo visible nuevas posibilidades para alcanzar una existencia que refleje cada vez mayores grados de paz, amor y conciencia colectiva. Así pues, entenderíamos que el mundo material fuera un reflejo del “nivel de conciencia” en el mundo espiritual y viceversa, pues ambas realidades constituirían las dos caras de una misma moneda.

Para finalizar este escrito, me gustaría decir que pienso que independientemente de lo que cada cuál crea acerca de este tema (si pensamos que no existe ningún alma y, por tanto, con la muerte finaliza la vida, o si creemos que existe el alma y, de esta manera, la existencia tiene continuidad más allá de la muerte o, incluso, si no tenemos una convicción clara al respecto), al final, siempre podemos estar de acuerdo en un mismo mensaje de fondo: para uno mismo (como para todos) la muerte del cuerpo físico llegará un día, tarde o temprano. Y, después de todo, quizás no sea tan importante saber qué sucederá cuando llegue ese momento (si es que sucede algo). Lo única certeza que tenemos es la de estar vivos en este momento. Así que intentemos vivir de manera que nos valga la pena, procurando aprovechar el tiempo que se nos ofrece de la mejor manera que sepamos. En definitiva, propongámonos ser felices.

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¿Hay vida después de la muerte?

Elige tu propia aventura

De pequeño me aficioné a una colección de libros que llevaba por título Elige tu propia aventura. Se trataba de una serie de pequeñas novelas juveniles, escritas por diferentes autores y que normalmente no guardaban relación entre sí. El común denominador de estas novelas era que el lector intervenía directamente en el devenir del relato con sus decisiones. De este modo, continuamente se planteaban circunstancias donde se debía escoger el camino que adoptaba el protagonista (que, por supuesto, éramos nosotros mismos) proponiendo en los pies de página algo así como “Si decides que tienes que hacer ‘esto’, ves a la página ‘tal’; si en cambio decides hacer ‘esto otro’, ves a la página ‘tal’”.

De este modo, en cualquiera de estos libros y a modo de lema de la colección, siempre podíamos encontrar el siguiente texto, que resultaba la mar de sugerente:

Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias… y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomar las decisiones. Puedes leer este libro muchas veces y obtener resultados diferentes. Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura. Si tomas una decisión imprudente, vuelve al principio y empieza de nuevo. No hay opciones acertadas o erróneas, sino muchas elecciones posibles.

Así pues, el relato contenía múltiples y diferentes aventuras y, por supuesto, diferentes desenlaces (algunos felices, otros no tanto e incluso, algunos trágicos). Lo cierto es que estos libros me aficionaron en gran medida a la lectura durante la infancia. Recuerdo, por ejemplo, entre los títulos que más me gustaron los siguientes: “Te conviertes en un tiburón”, “La cueva del tiempo” o “El misterio de Chimney Rock”.

En cualquier caso, lo que me enganchaba realmente de estas novelas era el hecho de sentirte protagonista en primera persona de los acontecimientos, gracias a poder decidir en cada momento qué camino tomar.

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Creo que estos libros pueden servir de pequeña metáfora de la vida de cualquier ser humano. A lo largo del tiempo vamos tomando decisiones que nos llevan a vivir unas u otras circunstancias determinadas. De hecho, si miramos de forma retrospectiva nuestra vida actual, nuestro momento presente se debe, en gran medida, a toda la serie de decisiones que hemos ido adoptando a lo largo del transcurso del tiempo. Desde nuestra niñez hasta ahora, en este preciso instante en el que nos encontramos. Desde las decisiones más sencillas o simples hasta las más complicadas o trascendentes.

Lo cierto, es que si reflexionamos sobre ello, veremos que continuamente estamos decidiendo. Incluso cuando nos parece que no decidimos nada, en verdad, se trata de una ilusión, puesto que lo que sea que estemos haciendo ahora mismo nos conducirá irremediablemente a experimentar unas circunstancias determinadas en el futuro. Y este futuro lo podemos imaginar como algo que sucederá de aquí a 10 minutos o  de aquí a 10 años. Es indiferente. En cualquier caso, la mayoría de veces nuestras decisiones pasan completamente inadvertidas para nosotros mismos. Aunque eso –insisto- no significa que no se estén dando. La vida siempre está en movimiento y nosotros no podemos escapar de dicho movimiento. Aún cuando nos parece que estamos en estado de quietud, lo cierto es que también nos estamos moviendo igual. Aún cuando no lo advirtamos. De forma similar que ocurre con la Tierra que, a pesar que a nosotros nos pueda dar la sensación de que permanece inmóvil, en realidad gira incesantemente sobre sí misma y alrededor del Sol, al tiempo que se desplaza por el Espacio.

Es verdad que hay decisiones en la vida de mucho mayor calado que otras. “A priori”, decidir con qué ropa te vistes por la mañana o qué vas a comer a mediodía no tienen ni mucho menos la misma importancia para la vida de una persona que decidir, por ejemplo, qué estudiar, si vivir en pareja o no o tener hijos. Eso es evidente. Ahora bien, hay que reconocer también que a veces las decisiones más aparentemente insignificantes pueden tener consecuencias “a posteriori” de mucho más relevancia. Por lo tanto, es muy interesante pararnos de vez en cuando a pensar sobre si el rumbo que llevamos nos satisface o no… Puesto que ciertamente podemos hacer mucho para cambiarlo.

Y creo que darse cuenta de esto, es fundamental en el camino de cualquier ser humano. El hecho de tornarnos conscientes de la importancia de nuestras decisiones, inevitablemente, también trae consigo otra consecuencia relacionada: la responsabilidad. O dicho de otra manera, si el conjunto de las decisiones que yo he tomado a  lo largo de la vida me han llevado a vivir, de alguna manera, mis circunstancias actuales, debo aceptar entonces que, en cierto modo, yo he sido responsable (para bien y para mal) de mi vida actual ¡Y también de mi vida futura! Puesto que, en cualquier circunstancia, siempre tendré capacidad para elegir. Siempre. Incluso en las más inimaginables, desdichadas, infortunas o adversas, siempre me quedará, al menos, la posibilidad de escoger la manera en cómo las afronto.

Y como alguna vez he comentado en algún artículo anterior, quisiera aclarar que lo dicho tampoco significa en modo alguno que nosotros debamos considerarnos algo así como una especie de seres todopoderosos capaces de crear según nuestro antojo nuestra propia realidad. O sentirnos culpables por si nos van mal las cosas en la actualidad o, aún peor, creer que somos, de algún modo, ingenuos o incluso “tontos” por no ser capaces de lograr tener una vida “mejor”. Todo el conjunto de circunstancias externas que envuelven nuestra vida, así como la totalidad nuestras experiencias personales, son fundamentales y nos condicionan sobremanera (la familia, la escuela, la clase social, etc.). Pero en última instancia, a nivel individual y a pesar de nuestras circunstancias vitales, nosotros siempre continuaremos conservando intacto el poder de decidir, de elegir nuestro propio camino en la medida de nuestras posibilidades. Dios reparte las cartas pero somos nosotros los que jugamos la partida. Y tenemos que procurar, además, que nadie intente jugarla por nosotros… Es decir, tenemos que proponernos ejercer constantemente nuestro derecho a decidir por nosotros mismos acerca de nuestra vida. Para permitir equivocarnos y también para darnos la oportunidad de acertar. Asumiendo de manera consciente nuestra responsabilidad en nuestra propia vida.

Así pues, y a modo de despedida, tal y como decían en los libros de “Elige tu propia aventura”:

“Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura”

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Elige tu propia aventura