Todo habla de nosotros

subjetividad

La importancia e influencia de nuestra propia subjetividad a la hora de interpretar nuestras experiencias cotidianas (ya sea con la familia, con nuestras amistades, en el trabajo, etc.), es una tema que, con diferentes matices, a menudo he tratado en este blog. En resumen, podríamos decir que valoramos y entendemos las circunstancias que nos suceden según nuestro particular sistema de pensamiento. De este modo, si nos paramos a observar detenidamente, a menudo podemos ver que muchas veces las valoraciones que realizamos de personas de nuestro entorno o de determinadas situaciones que se estén produciendo, en el fondo, nos ofrecen mucha más información respecto a nosotros mismos que de las propias personas o situaciones a las que estamos haciendo referencia. Es decir, según la valoración que demos a las circunstancias, quizás podamos entrever como son nuestros rasgos de personalidad, pues nuestra mirada siempre es subjetiva.

No obstante, en esta ocasión me gustaría ir un poco más allá y ver que, quizá, al final, la manera que tenemos de comprender el total de los acontecimientos de la realidad está condicionada de igual modo por nuestra propia perspectiva individual.

Que nuestros sueños hablan de nosotros mismos es algo de lo que ya hizo bandera Sigmund Freud. Según el padre del psicoanálisis, nuestros sueños no son casuales o aleatorios, algo así como películas de ficción ajenas a nuestra vida a modo de entretenimiento nocturno, sino que se refieren directamente a nuestros deseos, preocupaciones y emociones, ya sea de manera manifiesta o más o menos velada. Es decir, que los sueños siempre tienen que ver con nosotros.

Tal vez el tema de los sueños sea algo que, más o menos, tengamos asimilado… Ahora bien, ¿pasa lo mismo cuando contemplamos el mundo exterior, por ejemplo al observar una puesta de sol, una obra artística, un gato, una silla o cualquier otra cosa? ¿Contemplamos la realidad material de manera objetiva o también hacemos una interpretación subjetiva de ésta? Y, en el supuesto de que no seamos capaces de ver la realidad de manera objetiva, ¿qué es entonces en verdad lo que estamos observando?

Desde luego, ésta tampoco es una cuestión novedosa. Desde casi los inicios de los tiempos que el ser humano se hace preguntas similares. A modo de ejemplo, podemos encontrarnos con pensadores en la Grecia clásica de la talla como Platón que diferenciaba entre “el mundo de las ideas” (para referirse a lo inmaterial) y el “mundo de las formas” (para referirse a lo material o sensible), siendo el segundo una consecuencia o “sombra” del primero. Es importante reseñar esto último, pues a menudo se asocia “el mundo de las ideas” con nuestra actual concepción de “idea”, es decir, lo relacionamos con un resultado de nuestro pensamiento. Y para Platón las “ideas” no eran conceptos abstractos o imaginarios, sino que eran de naturaleza real, aunque solamente accesibles mediante la razón.

caverna

 

En la actualidad, desde el conocimiento científico, podríamos asegurar que lo que perciben nuestros sentidos constituye sólo “una parte” de lo que la realidad es. A día de hoy, por ejemplo, sabemos que los seres humanos solamente podemos captar un delimitado rango del espectro de la luz existente o que sólo somos capaces de escuchar los sonidos que se encuentran dentro de una determinada gama de frecuencias de ondas sonoras. Por otro lado, al contrario de lo que nos diría el sentido común, la física de partículas nos demuestra que el átomo (la unidad básica de la materia) está constituida casi en su totalidad por espacio vacío… A pesar de que nosotros cuando observamos o tenemos contacto con un objeto o cuerpo cualquiera no percibamos vacío en absoluto.

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No obstante, me gustaría hacer especial hincapié a la idea central del pensamiento de Immanuel Kant, ya que creo que enlaza muy bien con todo lo que hemos ido desarrollando hasta el momento y que, en cierta manera, sigue la estela de la filosofía de Platón. Este pensador alemán postuló que el conocimiento humano de la realidad exterior está claramente influenciado y, de algún modo limitado, a nuestras percepciones sensoriales. Según Kant, no podemos conocer “la cosa en sí”  (o “noúmeno”) sino que en última instancia sólo podemos alcanzar a conocer el “fenómeno”. O dicho de otra manera: nuestro conocimiento se basa en la interpretación racional que realizamos –“a posteriori”– de la información que ha sido captada previamente por nuestros sentidos. Esta idea, en el fondo viene a significar algo así como que adaptamos la realidad exterior según nuestras propias capacidades cognitivas. Es decir, que cuando observamos un vaso, en verdad no vemos el vaso en sí sino que lo que vemos es la imagen mental que realizamos del vaso que está, a su vez, asociada a nuestra correspondiente explicación intelectual.

Así pues, si seguimos tirando del hilo de esta idea, veremos que en cierta medida en verdad siempre estamos apuntando hacia nuestra propia mente. Si por un lado nuestros sentidos son incapaces de captar la realidad tal cual es (pues están biológicamente limitados), y por otro lado, vemos que lo que acaban percibiendo nuestros sentidos depende enormemente de nuestra interpretación subjetiva (de nuestros conocimientos, de nuestras creencias, de nuestras experiencias, etc.) podemos concluir que todo cuanto observamos de “la realidad” de algún modo “nos muestra” a modo de espejo una imagen de nosotros mismos. De quiénes somos. O, al menos, de cómo somos.

Y claro, la manera en cómo pensamos a su vez está influenciada enormemente por el contexto familiar y social y, por lo tanto, estos factores serán fundamentales en nuestra manera de entender el mundo. Por ello podemos comprender como en distintas épocas, o entre diferentes culturas y/o sociedades, las ideas generalizadas sobre una misma cuestión pueden ser muy distintas entre sí entre los diferentes colectivos (por ejemplo acerca de Dios). Incluso dentro de una misma sociedad, factores tales como las distintas clases sociales, marcan una clara diferencia a la hora de moldear la manera de pensar y, por lo tanto, de entender la realidad. Los trabajos de, por ejemplo, Vygotsky acerca del aprendizaje y del desarrollo humano, o de los sociólogos Berger y Luckmann respecto a la construcción social de la realidad constituyen claros ejemplos de ello.

No obstante, en la línea de algunos de los últimos posts que he publicado (y que, por lo tanto, no voy a extenderme demasiado) quisiera remarcar una vez más la importancia de nuestras propias experiencias individuales y de, sobretodo, nuestra propia carga emocional a la hora de confeccionar nuestro pensamiento y afrontar la realidad. Según Freud, en muchas ocasiones, emociones negativas, tales como el miedo o la rabia, quedan reprimidas por medio de mecanismos inconscientes pero de algún modo latentes en nosotros y a la espera de una oportunidad para poder manifestarse, condicionando de esta manera nuestra percepción de las circunstancias que nos suceden y, finalmente, nuestra conducta en general.

Para finalizar este escrito, me gustaría referirme al concepto de “proyección” de Carl Gustav Jung, que creo que condensa bastante bien todo lo que desde diferentes puntos de vista hemos ido viendo. A grandes rasgos, podemos definir la proyección como el mecanismo mediante el cual lo que experimentamos y vemos afuera (en los demás, en la sociedad, en la realidad) es una especie de imagen de nuestro estado mental interno. Ello no significa de modo alguno que el exterior no exista, sino que todo de una manera u otra finalmente habla de nosotros.

 

jung

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Todo habla de nosotros

Ascensión

Acabé de ver hace pocos días la serie “The Leftovers” y, la verdad, es que me ha servido como fuente de inspiración para divagar acerca de la pérdida, de lo inexplicable, de nuestra necesidad de buscar respuestas a preguntas que quizá no las tengan y, sobretodo, de la importancia de tener un propósito en la vida.

En cualquier caso quiero aclarar que no voy a dedicar estas líneas a hablar de la serie en sí, que por cierto la encuentro del todo recomendable, sobretodo para aquellos que quedaron fascinados con el universo de “Perdidos” (ya que vuelve a estar presente la firma de Damon Lindelof) sino más bien del trasfondo de la misma, o al menos, de las sensaciones que ésta me ha transmitido.

 

leftovers

 

En el transcurso de la vida en ocasiones nos quedamos anclados y envueltos en la desesperanza. Algunas veces tienen lugar acontecimientos que no deseamos, o que simplemente no entendemos, o que consideramos “injustos” desde nuestra perspectiva de las cosas y con los que nos resulta complicado lidiar, incluso con los que podemos tener la impresión de que no conseguiremos salir adelante, que las circunstancias nos sobrepasan, que somos pequeños y vulnerables, que no disponemos ni de las herramientas ni de los conocimientos para afrontar una situación determinada.

Y entonces, quizá nos hundamos casi sin remedio en la tristeza o nos quedemos paralizados por el miedo o la desesperanza. Tal vez  la apatía se apodere de nosotros. O nos embriague una angustiante sensación de falta de sentido, de quedar rendidos a merced de las circunstancias. De no saber qué hacer. De sentirnos abandonados. De ganas de huír. De evadirnos de todo…

Y es precisamente en estos momentos, con tal de evitar sucumbir peligrosamente como si fuera a desmoronarse un castillo de naipes, cuando puede despertar en nosotros esa necesidad imperiosa de búsqueda de respuestas. Ese afán para encontrar una certidumbre a la cuál podernos agarrar en medio del doloroso caos. Algo que nos pueda servir a modo de ayuda o protección para no sentirnos completamente desamparados… Un impulso que nos conduzca a creer en algo. Un salto de fe quizá. El inicio de un viaje que finalmente pueda servirnos para salir transformados. Que sirva para dejar atrás toda la carga del pasado y empezar otra vez de nuevo, renovados.

Ahora bien, ante esos momentos tan complejos, justo cuando nos encontramos perdidos en medio del laberinto, cuando de manera casi incontrolable nos vemos abocados en la búsqueda exterior de las respuestas desesperadas que necesitamos, es cuando más debemos mirar hacia dentro, puesto que afuera a veces no lograremos encontrar más que señuelos y pistas falsas. Caminos que no lleven a ninguna parte y sólo añadan más confusión. Otras veces quizás encontremos mapas verdaderamente útiles que dibujen senderos que nos puedan conducir a lugares interesantes, apacibles e incluso idílicos para nosotros pero que, en cualquier caso, ya sea acompañados o no, irremediablemente deberemos transitarlos por nuestra propia cuenta, con nuestros zapatos. A veces estos caminos implicaran que en cierto modo primero es necesario que dejemos morir en nosotros todo aquello que no nos sirve, por muy arraigado que esté, para poder renacer de nuevo mejor. Y otras veces no será necesario y el final del camino simplemente nos indicará cuan equivocados que estábamos en la dirección tomada. Y otras veces, incluso, el camino simplemente será una invitación a dejar de caminar y comenzar a descansar en una paz profunda.

Sea como fuere, el verdadero viaje siempre es hacia adentro, escarbar hasta encontrar aquella verdad latente que descansa en nosotros. Una verdad que no tiene por qué ser cierta para todos sino simplemente verdadera para nosotros. Que nos sirva para seguir avanzando y dotar a la vida de significado. Y si no conseguimos encontrarla, al menos acercarnos lo máximo posible a ella. Profundizar cada vez más en nuestro interior hasta conseguir vislumbrar un rayo de luz invisible en medio de la completa oscuridad. Y, entonces, ver. Y aceptar. Y comprender. Y sonreír. Y descansar. Y darnos cuenta, al fin, de dónde estamos.  Y una vez nos hemos encontrado, continuar con nuestro trayecto una vez ya iluminado, siguiendo esa luz interna que nace de nosotros, aunque nadie más la vea, pero bajo la cual nosotros sentimos su completa certeza. Pues a cada paso es más intensa.

Y si deviene de nuevo la tormenta, ponernos a refugio hasta que pase, o permitir que el agua momentáneamente nos moje, a sabiendas de que el diluvio final ya no tendrá lugar.

Y que volveremos a casa.

 

casa

Ascensión

De la indignación a la acción positiva

Hace pocos días fue 15 de Mayo y, como es costumbre en este blog, quiero dedicar una entrada a la conmemoración de aquel movimiento ciudadano que se conoció como 15M.

Como es sabido, el 15M nació como una respuesta de indignación colectiva y espontánea ante la actitud de la clase política en el contexto de crisis económica con tal de denunciar la situación de precariedad a la que se veía abocada gran parte de la población y reclamar así toda una serie de derechos sociales fundamentales, entre ellos el de una democracia verdaderamente participativa, donde la gente fuera verdaderamente protagonista de la toma de decisiones y el poder respondiera a los intereses del conjunto de la población y no exclusivamente al de los mercados.

Mucho ha llovido desde entonces, la verdad. Y no es mi intención dedicar este post a repasar los acontecimientos más relevantes que han acontecido durante el transcurso de estos 7 años (que no son pocos), sino que esta vez quisiera escribir sobre el poso que el 15M dejó en muchos de nosotros y proponer una manera de focalizar toda aquella enorme energía de manera que pueda contribuir en nuestro día a día a una transformación favorable tanto en nuestra vida como en la sociedad, o dicho de otro modo, pasar de la indignación a la acción positiva.

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En primer lugar, me gustaría aclarar por qué hablo de “acción positiva” y no sólo de “acción”. A mi modo de ver “no actuar”, en último término, es imposible. En realidad siempre estamos actuando, incluso cuando aparentemente “no hacemos nada”. Tal y como yo la entiendo, podemos considerar la “acción” como aquello que hacemos que repercute en nosotros mismos y en nuestro entorno. Desde esta perspectiva, podemos entender que cualquier cosa que hagamos producirá cierto impacto y, por lo tanto, traerá consigo unas determinadas consecuencias. Ahora bien, es igualmente cierto que las acciones se difieren entre sí dependiendo de su impacto o repercusión (positiva, negativa o neutra) y también en su intensidad o grado (de mayor o menor magnitud).

Así pues, hemos de tener claro que ante cualquier acontecimiento, circunstancia o disyuntiva que se nos presente, siempre estaremos actuando, pues dependiendo de lo que decidamos hacer (o “no hacer”) se derivarán unas consecuencias u otras. Este punto de vista se enfoca directamente hacia nuestra propia responsabilidad y empoderamiento personal: lo principal ya no es el contexto externo sino la respuesta que nosotros somos capaces de darle.

Para ejemplificar esto podemos imaginarnos prácticamente cualquier situación que se nos pase por la cabeza (una jornada de huelga laboral, una convocatoria electoral, un problema económico, una noticia en un medio de comunicación, una enfermedad, una propuesta de un conocido, una petición de ayuda de un amigo, una invitación a una fiesta de aniversario…) y comprobaremos que todas las veces sin excepción acabaremos actuando de alguna determinada manera. Si por ejemplo se nos convoca a una determinada reunión de trabajo y no acudimos, el hecho de acudir no equivale en modo alguno a una “inacción”, sino que nuestra acción consistirá precisamente en eso: no asistir a la reunión. Y de esta acción, se derivarán inevitablemente unas determinadas consecuencias para nosotros mismos y para los demás (de mayor o menor afectación e intensidad). Y así con cualquier escenario que se nos plantee.

Esta forma de afrontar las cosas nos hace ser mucho más conscientes de nuestra responsabilidad y de la importancia de nuestra toma de decisiones. Existe una cita de Desmond Tutu que dice “si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor”  y que creo que ejemplifica bastante bien todo esto. Desmond Tutu adquirió internacionalmente la fama por su radical (y pacífica) oposición al Apartheid. En esta frase, se pone de manifiesto como las acciones de los seres humanos (y como hemos dicho también las malentendidas “no acciones”) generan siempre un impacto y tienen una repercusión en nosotros mismos y en los demás (seamos o no conscientes de ello).

Una vez hemos visto que siempre estamos actuando (ya sea, por ejemplo, manifestándonos activamente en la calle, o bien mirando un partido de fútbol por la tele), quisiera a continuación hablar de la importancia de que nuestras acciones sean de naturaleza “positiva” (o como mínimo, no sean “negativas”). Aquí hay que ir con cuidado porque es verdad que muchas veces “lo positivo” y “lo negativo” pueden ser términos bastante relativos o ambiguos… En cualquier caso, lo que quiero decir es que hemos de procurar actuar de manera que nuestro comportamiento influya de manera beneficiosa en nosotros mismos y en los demás. Es decir, evitar en la medida de lo posible que con nuestro comportamiento generemos un aumento de la crispación, la injusticia, la intolerancia, el dolor, el odio, el miedo, el sufrimiento o cualquier otro tipo de repercusión negativa y que lo que hagamos, pues, sirva para generar unas condiciones de mayor entendimiento, comprensión, tranquilidad, armonía y, en definitiva, mayor felicidad.

De esta manera, ante cualquier situación, antes de actuar sería bueno valorar si mi comportamiento va a contribuir a mejorar (o, al menos, a no empeorar) las circunstancias actuales. Y si no es así, quizá lo mejor será abstenerse de actuar de esa manera. No obstante, y creo que es importante remarcarlo una vez más, hay que tener claro que en ocasiones una supuesta “neutralidad” en nuestra forma de actuar (en el sentido expuesto por Desmond Tutu) también puede acabar repercutiendo de manera muy negativa… En cualquier caso, el primer sensor que hemos de tener en cuenta a la hora de actuar es nuestro propio estado de ánimo, es decir, observar si nuestras acciones contribuyen a hacernos sentir mejor con nosotros mismos o no. Un indicativo eficaz es valorar si nuestro comportamiento contribuye a aumentar o disminuir nuestra propia sensación de paz y tranquilidad interior. El otro criterio fundamental a la hora de actuar de alguna determinada manera, sería ver si nuestras acciones tienen una influencia positiva en nuestro entorno o, por el contrario, repercuten de manera negativa. Si generan en los demás mayor felicidad o mayor sufrimiento; si sirven para solucionar un problema o adversidad o, por el contrario, contribuyen a incrementarlo o a perpetuarlo; si favorecen los derechos humanos y la justicia social o perjudican a determinados colectivos y/o personas, etc.

Así pues y para finalizar ya este post, sólo añadir que creo que todas aquellas reivindicaciones del 15M pueden servirnos de estímulo positivo a la hora de orientar nuestras acciones (especialmente ante aquellas situaciones que puedan provocarnos indignación). Eso sí, teniendo en cuenta nuestra enorme responsabilidad individual a la hora de contribuir a un verdadero cambio en el mundo. Y también para conseguir una mayor coherencia con nosotros mismos y, quién sabe, quizá también un mayor grado de felicidad.

 

desmond tutu

De la indignación a la acción positiva

Camino hacia la paz interior

Una idea que de un modo u otro últimamente he ido repitiendo en los últimos posts que he escrito es que nuestra experiencia externa, es decir, lo que nos pasa y, sobretodo, la manera en la que percibimos y gestionamos lo que nos pasa, tiene mucho que ver con nuestro estado interno. Esto, a su vez, conecta directamente con el concepto del “inconsciente”, pues es nuestro inconsciente el que de alguna manera rige nuestro estado de ánimo y, por lo tanto, define nuestra manera de actuar y de comportarnos.

 

sombra inconscienteEl inconsciente está vinculado fundamentalmente con nuestras emociones y regula la realidad que percibimos a modo de filtro. Así pues, a modo de ejemplo, podemos ver que si inconscientemente albergamos algún tipo de temor reprimido en nuestro interior, nuestra vida se verá condicionada indefectiblemente, de alguna manera, por dicho temor sin que, de modo alguno, nos demos cuenta de ello. Es por esta razón por lo que a menudo se vuelve tan fundamental (a través de terapia o de la forma que sea) procurar llevar el inconsciente a la conciencia, así como aprender a aceptar y gestionar las propias emociones.

En cualquier caso, esta vez no quiero hablar tanto del inconsciente en sí, sino de una posible interpretación de la realidad que nos pueda servir de ayuda para poder escapar de la espiral de sufrimiento (o al menos mitigar) a la que durante el transcurso de la vida en ocasiones nos vemos envueltos, de manera más o menos profunda o duradera. Para ello, esta vez no voy a tratar demasiado este asunto desde una perspectiva estrictamente psicológica sino que me gustaría afrontar esta cuestión desde un punto de vista más “trascendente” o “espiritual”, pues muchas de las ideas que a continuación expondré van más allá de lo estrictamente psicológico o racional, por lo que no deben interpretarse en modo alguno como algo “científico” o “comprobado empíricamente”, pero sí como una guía que quizá pueda servirnos de ayuda.

El concepto fundamental que quisiera transmitir es el de la importancia de la asunción de la propia responsabilidad acerca de lo que nos sucede, sea lo que sea. Es decir, tomar completamente las riendas de la propia vida independientemente de cuales sean los factores exteriores en los que nos veamos envueltos. Es decir, asumir completamente nuestra propia responsabilidad acerca de cómo respondemos a los acontecimientos que se nos presentan.

Así pues, en primer lugar, la responsabilidad debemos tomárnosla acerca de la importancia de nuestra actitud personal acerca de la realidad que nos acontece. En este sentido, viene completamente a colación la conocida cita de Viktor Frankl: “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.”

De esta manera, vemos como por muy negativas que puedan ser las circunstancias que se nos presenten, nuestra actitud al respecto deviene fundamental.

No obstante, volviendo a la idea del principio, si nuestro estado de ánimo (así como nuestras creencias, ideas, preocupaciones, etc.) condiciona en gran medida la manera en la que “vemos” la realidad, ¿no sería posible “cambiar” nuestra manera de ver la realidad modificando nuestro estado interno?

 

Ésta es, a grandes rasgos, la propuesta que nos ofrece “Un curso de milagros”: un cambio de percepción de la realidad. Esta obra, que la podríamos enmarcar dentro del “misticismo cristiano”, parte de la premisa de que la manera en la cual percibimos la realidad es precisamente la fuente que nos genera conflicto y sufrimiento. Por lo tanto, si queremos ser felices y a pesar de nuestro empeño no lo conseguimos, debe ser que nuestra manera de pensar habitual es errónea y que, por lo tanto, deberemos ser capaces de corregirla si queremos abandonar el dolor y alcanzar la paz, pues de ningún otro modo lo conseguiremos. Según “Un curso de milagros” en realidad el mundo exterior carece de verdadera existencia y no es sino una proyección exacta de nuestro estado interno. Así pues, podríamos decir que la realidad es algo parecido a una especie de sueño o “Matrix”, donde las personas, si así lo eligen, tienen la capacidad de “despertar”…

curso de milagrosDe este modo, es esencial que cambiemos la manera que tenemos de contemplar el mundo (basada en los juicios, la desconfianza, la avaricia, el rencor y, sobretodo, el miedo) por una visión basada en el reconocimiento del otro como un igual, el amor y, sobretodo, el perdón incondicional. Para ello, según este libro, es fundamental que alberguemos una actitud de total confianza en Dios o, si se prefiere, en una especie de inteligencia superior intrínseca a la propia vida. Una “inteligencia” que en realidad se alberga en nuestro interior y que es común a todos los seres de la existencia…

Como vemos, la metafísica de esta obra es bastante compleja y no es el objetivo de este artículo entrar a analizarla en profundidad. En cualquier caso, lo que cabe destacar es que desde “Un curso de milagros” lo importante es cambiar el foco de atención de lo exterior a lo interior, especialmente a nuestro estado mental (nuestras creencias y pensamientos). De las circunstancias externas a la experiencia individual. De los demás a uno mismo. Y de esta manera, según este libro, es como finalmente se producen “los milagros”

 

Una manera muy parecida de entender la existencia es la que se postula desde el Ho’oponopono. Si bien desde esta perspectiva no se niega la realidad exterior del mundo, sí que se afirma rotundamente que tenemos responsabilidad directa sobre todas las cosas que nos suceden. Según el Ho’oponopono somos nosotros (eso sí, sin darnos cuenta) los que generamos o atraemos todos los acontecimientos que devienen en nuestra vida.

Según esta sabiduría hawaiana, lo verdaderamente importante es asumir completamente la toma de responsabilidad de lo que nos pasa y, por lo tanto, aceptar que todo lo que se da en nuestra vida (lo bueno y lo malo), depende en último término de nosotros y que su causa se encuentra en lo que desde el Ho’oponopono se conoce como “memorias pasadas” (a pesar de que nosotros no seamos conscientes de ellas). No obstante, según esta tradición en el fondo no importa demasiado (por no decir en absoluto) comprender por qué se producen las cosas, sino que lo fundamental es, simplemente, que nos hagamos responsables de lo que ocurre y que seamos capaces de perdonar – y perdonarnos – por las cosas que nos suceden. De esta manera es como conseguimos “limpiar” lo que sea que existe en nosotros que produce las situaciones que nos afligen. Como vemos, para la práctica del Ho’oponopono es necesario cultivar una actitud de agradecimiento hacia la propia vida y ser capaces de generar una absoluta confianza acerca de nuestro devenir futuro. En esto observamos una clara coincidencia con “Un curso de milagros”.

Existen diferentes maneras de practicar el Ho’oponopono, pero seguramente la más conocida es la de la repetición a modo de mantra de las frases “Lo Siento. Perdóname. Gracias. Te amo” desde una perspectiva de total confianza hacia la vida y sin expectativas de ningún tipo: confiando en que lo que acontezca, no tiene que ser lo que nosotros creemos o deseamos sino simplemente la mejor solución que el destino nos depara para nosotros y también para los demás.

ho oponopono

De nuevo, pues, vemos que desde esta perspectiva el enfoque en la resolución de los conflictos y el sufrimiento se centra una vez más en la actitud de la propia persona y no en el entorno y que la confianza vuelve a ser un requisito fundamental.

 

Por último, quisiera señalar que muchas de estas ideas encajan muy bien con el concepto de “karma” de doctrinas orientales, como por ejemplo el budismo. “Karma” es un término de origen sánscrito que significa “acción”. Con frecuencia, desde nuestra perspectiva occidental solemos asemejar el “karma” a algo así como a un “destino irremediable” (habitualmente con connotaciones negativas). Y si bien esta visión no es completamente errónea, sí que nos puede alejar sobremanera de su verdadero significado. El “karma” lo podríamos resumir como “la ley universal de la causa y efecto”: nuestras acciones generan un tipo de impacto (positivo, negativo o neutro) y según éste, se desprenderán unas determinadas consecuencias para nuestro entorno y para nosotros mismos.

De esta manera, el “dar y recibir” serían acciones que estarían estrechamente ligadas. En realidad, desde un punto de vista estrictamente occidental, este concepto no debería sorprendernos demasiado teniendo en cuenta su semejanza con la famosa tercera ley de Newton, aquella que afirma que “a cada acción siempre se opone una reacción de igual intensidad pero en sentido opuesto”. Seguramente, una de las principales diferencias de nuestra concepción de la física con la teoría del “karma” (y probablemente el elemento que más nos distancia de su aceptación) sea el hecho de que no percibamos los resultados de nuestras acciones de manera inmediata. Sea como fuere, esta razón no significa que los efectos de nuestras acciones no vayan a producir, antes o después, un impacto en nosotros.dharma

En cualquier caso, es muy importante destacar que, desde el punto de vista de las religiones dhármicas, por “acción” no se entiende solamente las acciones físicas que realicemos, sino también nuestras actitudes, hábitos, intenciones y, en definitiva, todo el conjunto de pensamientos y emociones que alberguemos. Así pues, según nuestro estado mental y emocional y nuestro comportamiento en general, generaremos un tipo u otro de “karma”. Y será precisamente este tipo de “karma” el que experimentaremos en nuestra vida cotidiana. Es como un bucle “acción-reacción” que se retro-alimenta continuamente. Esta idea casa muy bien con las “situaciones repetitivas” que a menudo se producen durante nuestra existencia. Es decir aquellas circunstancias (normalmente desagradables) que de alguna manera “misteriosa” o al menos bastante desconcertante para nosotros, se van repitiendo de manera recurrente en el transcurso de nuestra vida sin entender muy bien por qué.

De esta manera, para escapar de nuestro “karma negativo” es necesario que no alimentemos más las causas de nuestro sufrimiento, es decir, que no reaccionemos siempre igual ante aquellas situaciones que nos provocan nuestro malestar… A veces se comprende el “karmacomo una suerte de mensaje o enseñanza necesaria para nosotros que la vida nos muestra una y otra vez hasta que seamos capaces de aceptarlo, comprenderlo o integrarlo.

 

Y ya para finalizar este escrito, más allá de las creencias de cada cuál, quisiera simplemente de nuevo hacer hincapié en la importancia de responsabilizarnos al máximo posible de nosotros mismos, no solamente en lo referido a nuestro comportamiento, sino también de nuestros pensamientos y emociones, como un posible medio de alcanzar una mayor paz interior, independientemente de cuáles sean las situaciones que nos aparezcan. Así pues, al margen de si algunas de las ideas aquí expuestas pudieran ser ciertas o no, lo que parece desde cualquier punto de vista incuestionable es que nuestro estado de ánimo y nuestra actitud personal ante las diferentes circunstancias que se presenten resultan fundamentales. Y que a fin de lograr un enfoque lo más positivo posible en nuestra vida es esencial que seamos capaces de tomar algún tipo de responsabilidad individual ante todo lo que nos sucede.

 

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Camino hacia la paz interior

Cuestión de Justicia

A continuación, una breve recopilación de noticias referentes al “conflicto catalán”, todas ellas de hoy jueves, 5 de abril de 2018:

ESPAÑA:

La Audiencia Nacional decide enviar a juicio al ex–jefe de los Mossos d’Esquadra, Josep Lluís Trapero, junto con otros tres ex-altos cargos, acusados de delitos de “sedición” y también de  (¡atención!) “pertinencia a organización criminal” a causa del referéndum del 1 de Octubre y de las movilizaciones ciudadanas del 20 y 21 de septiembre.

SUIZA:

El Ministerio de Justicia desmiente la versión española respecto la detención de ayer en Madrid de Falciani (activista que hizo pública una lista con miles de evasores fiscales alrededor del mundo). Según el portavoz de dicho gobierno se solicitaba esta orden de detención desde mayo de 2017 y no desde el pasado 19 de marzo, tal y como informaron las fuentes oficiales españolas.

No obstante, el gobierno suizo se ha apresurado a aclarar que, en cualquier caso, este hecho no puede servir a modo de moneda de cambio. Recordemos que Suiza es el país donde se encuentran, desde hace pocas semanas, Marta Rovira y Anna Gabriel, reclamadas también por la justicia española.

BÉLGICA:

La Justicia mantiene en libertad sin fianza (y sólo con medidas cautelares mínimas) a los ex-consellers de la Generalitat Serret, Comín y Puig (reclamados por España a través de una euroorden). Por otro lado, la policía belga anuncia que abre diligencias contra España por las actividades llevadas a cabo en de su país por los servicios secretos españoles (sin las debidas autorizaciones previas) con el fin de detener a Puigdemont. Finalmente, esta detención tuvo lugar al poco de que el vehículo en el que viajaba Puigdemont cruzara la frontera alemana, hace algo más de una semana.

ALEMANIA:

La Justicia deja en libertad bajo fianza a Carles Puigdemont y descarta completamente su extradición a España por el delito de “rebelión” por no observar el requisito necesario de “violencia”. No obstante, las autoridades alemanas estudiarán ahora su extradición a España por la acusación respecto al delito de “malversación”. Aunque lo cierto es que no está nada claro que esto finalmente acabe ocurriendo.

 

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En verdad y para ser sinceros, nadie sabe cómo acabará todo esto. Lo único que podemos hacer de momento son conjeturas. En cualquier caso, mi impresión respecto a esta recopilación de noticias de hoy es que queda al descubierto lo tremendamente politizada que se encuentra la justicia española y, por lo tanto, cuestiona enormemente su presunta imparcialidad.

De esta manera, a mi modo de ver España en estos momentos tiene un verdadero problema respecto a las personas que se encuentran actualmente “exiliadas”, y especialmente con Puigdemont, puesto que aún en el supuesto de que Alemania finalmente accediera a su extradición por el delito de “malversación”, ya de ningún modo podría ser juzgado en España por “rebelión”…  Así las cosas, no parece tener mucho sentido que el que fuera president de la Generalitat no pudiera ser juzgado por un determinado delito y que otros miembros del anterior Govern de menor responsabilidad, en cambio, sí.

Por otro lado, si finalmente la justicia española decidiera retirar las órdenes internacionales de extradición respecto todos aquéllos políticos catalanes que se encuentran actualmente en el extranjero con el fin de poderlos juzgar de los delitos que desde aquí se les imputan (en el caso de que hipotéticamente fueran detenidos algún día en territorio nacional), las causas abiertas respecto a los que sí que se encuentran en España, quedarían completamente deslegitimadas…

Por último, me gustaría aprovechar este escrito para recordar que a día de hoy Jordi Sánchez y Jordi Cuixart llevan 170 días en prisión preventiva.  Oriol Junqueras y Joaquim Forn han cumplido ya 153 días en la cárcel. Y Turull, Forcadell, Bassa, Rull y Romeva, suman ya 12.

Como he dicho otras veces, al margen de cualquier otra consideración, para mí es totalmente inadmisible que en una sociedad democrática haya personas en prisión por esta cuestión.

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Cuestión de Justicia

El camino del Yoga y la meditación

Hace algún tiempo escribí varios artículos introductorios respecto al Yoga y a la meditación. En esta ocasión me gustaría tirar un poco del hilo y profundizar algo más en este tema…

Al referirnos al Yoga lo asociamos, casi automáticamente, a la práctica de “asanas” (posturas físicas) en combinación con “pranayamas” (técnicas de control de la respiración). Y si bien es cierto que estos son unos elementos muy importantes, en realidad no son los únicos que constituyen el Yoga, ni mucho menos.

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Patanjali describió un camino de 8 pasos para recorrer el sendero del Yoga, en el cual las “asanas” y “pranayamas” corresponden al 3r y 4º paso, respectivamente. Antes de llegar hasta ahí, existen toda una serie de pautas previas que tienen que ver mucho con la actitud del individuo, es decir, con sus hábitos, ética y moral. De todos estos preceptos, quizás el más importante y el que también, de algún modo, engloba todos los demás es el de la no-violencia. Este concepto podría resumirse como una actitud de máximo respeto e incluiría tanto el pensamiento, como la palabra y la acción y, por lo tanto, estaría estrechamente relacionado a valores tales como la humildad, la empatía o la tolerancia. Por otro lado, es fundamental entender la no-violencia desde un doble punto de vista: hacia los demás y también hacia uno mismo. Así pues, desde esta perspectiva, la paz nace desde el interior de cada uno y va dirigida en primer lugar hacia la propia vida y, desde ahí, se extiende afuera hacia los demás.

Una vez hemos conseguido integrar esta predisposición compasiva en nosotros mismos, es cuando deberían iniciarse las prácticas en “asanas” y “pranayamas”. Es fácil deducir, teniendo en cuenta estos valores previos, que la finalidad al realizar determinados ejercicios físicos se aleja totalmente de cualquier motivación basada en la competición o el sufrimiento. Así pues, el objetivo a alcanzar mediante el ejercicio corporal es dotar al cuerpo de un estado óptimo para llevar a cabo la práctica meditativa. Esto se logra mediante la liberación de las tensiones corporales y la óptima activación de los canales energéticos (“chakras”), ya que desde el Yoga se mantiene que mediante la relajación y/o el dominio corporal se induce a su vez a la relajación y al dominio de la mente, puesto que en último término, cuerpo y mente están estrechamente ligados.

A partir de ahí, el resto de pasos a seguir (es decir, la mitad del camino) estarían completamente dedicados a la meditación. De este modo, teniendo en cuenta que las 4 primeras etapas están dedicadas a la preparación del organismo para la meditación y que las 4 restantes (a veces enmarcadas dentro de lo que se conoce como “Raja Yoga”) están dedicadas exclusivamente a ella, es fácil deducir que la “perla” del Yoga (por así decirlo) se encuentra precisamente en la práctica meditativa y no tanto en la actividad física (aunque no por ello deben, ni mucho menos, menospreciarse los beneficios para la salud que se derivan de ella).

Respecto la meditación, no quiero extenderme demasiado porque se trata esencialmente de una práctica experiencial, por lo que a veces, las palabras no sirven de demasiada ayuda a la hora de expresar una vivencia personal. Ahora bien, podríamos resumirla “a grosso modo” como el acto de prestar total atención al momento presente, manteniendo la mente y el cuerpo en estado de máxima relajación.

Un objetivo básico de la meditación es cesar la vorágine de preocupaciones, inquietudes y todo tipo de pensamientos que nos sobrevienen y que a menudo nos provocan sufrimiento y sobre los cuales, aparentemente, no somos capaces de ejercer control voluntario alguno. Así pues, es un ejercicio que induce a la quietud y a la paz mental. Por otro lado, este estado de tranquilidad nos ayuda a conocernos en profundidad a nosotros mismos y a relacionarnos mucho mejor con los demás, siendo mucho más conscientes de nuestra realidad. Por lo tanto, la actitud que integramos en nuestro ser desde la práctica meditativa nos repercute positivamente a la hora de desenvolvernos en nuestro día a día. El último término, según el Yoga, con la meditación conseguimos vislumbrar nuestra verdadera esencia y comprender que, de alguna manera, todos formamos parte de una misma naturaleza que nos une, es decir, a alcanzar el estado de iluminación.

Existen diferentes y variadas técnicas meditativas, aunque desde el Yoga normalmente se abarca de manera similar a como se realiza desde la práctica “vipassana” o “zen” (es decir, desde diferentes perspectivas budistas): se asienta el cuerpo primero una postura óptima (habitualmente con la columna erguida y las piernas cruzadas, en posición de loto) y después se centra completamente la atención en la respiración o en algún otro elemento (como pudiera ser en un sonido determinado o en la recitación de un “mantra”), procurando no desviar la mente hacia los pensamientos. En cualquier caso, debe evitarse en todo momento luchar contra los pensamientos que aparezcan, juzgarlos o intentar reprimirlos, sino que simplemente se trata de permanecer en un estado de tranquilidad y observancia, procurando canalizar la atención una y otra vez hacia la respiración o similar.

Si bien desde el Yoga o el budismo la postura física es muy importante para la meditación, en mi opinión esto no debe ser un impedimento para su práctica. De hecho, si no nos sentimos cómodos con nuestro cuerpo difícilmente podremos progresar en la meditación. En este sentido, llevar a cabo el ejercicio de la meditación desde una perspectiva más occidental, como por ejemplo puede ser desde el “Mindfulness” puede sernos de mucha utilidad, puesto que podemos realizarla tranquilamente sentados en una silla y tampoco es necesario dedicar una excesiva cantidad de tiempo. En realidad, lo único importante para tener éxito en la práctica es nuestra buena predisposición para llevarla a cabo y conseguir mantenernos durante unos minutos en un estado contemplativo, sin distracciones. Con la práctica, cada vez nos será más fácil poder meditar durante más tiempo y bajo diferentes circunstancias.

Por último, me gustaría añadir que existe una técnica meditativa denominada “Yoga Nidra” que puede ser muy interesante para iniciarse en este tema ya que se realiza acostado y con el cuerpo completamente relajado, y está pensada para llevarla a cabo justo antes de ir a dormir y sólo requiere que la persona se deje llevar por las instrucciones que reciba, puesto que se trata de una práctica guiada. En el “Yoga Nidra”, a diferencia del vipassana o el mindfulness, se suele utilizar la mente para proyectar visualizaciones con tal de inducir a la persona a estados más profundos de conciencia. También es frecuente trabajar en base a un “sankalpa”, es decir, a un objetivo de desarrollo personal o a un propósito particular determinado. Existen diferentes audios en esta práctica fácilmente accesibles en Internet, por ejemplo desde Youtube.

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El camino del Yoga y la meditación