Todo habla de nosotros

subjetividad

La importancia e influencia de nuestra propia subjetividad a la hora de interpretar nuestras experiencias cotidianas (ya sea con la familia, con nuestras amistades, en el trabajo, etc.), es una tema que, con diferentes matices, a menudo he tratado en este blog. En resumen, podríamos decir que valoramos y entendemos las circunstancias que nos suceden según nuestro particular sistema de pensamiento. De este modo, si nos paramos a observar detenidamente, a menudo podemos ver que muchas veces las valoraciones que realizamos de personas de nuestro entorno o de determinadas situaciones que se estén produciendo, en el fondo, nos ofrecen mucha más información respecto a nosotros mismos que de las propias personas o situaciones a las que estamos haciendo referencia. Es decir, según la valoración que demos a las circunstancias, quizás podamos entrever como son nuestros rasgos de personalidad, pues nuestra mirada siempre es subjetiva.

No obstante, en esta ocasión me gustaría ir un poco más allá y ver que, quizá, al final, la manera que tenemos de comprender el total de los acontecimientos de la realidad está condicionada de igual modo por nuestra propia perspectiva individual.

Que nuestros sueños hablan de nosotros mismos es algo de lo que ya hizo bandera Sigmund Freud. Según el padre del psicoanálisis, nuestros sueños no son casuales o aleatorios, algo así como películas de ficción ajenas a nuestra vida a modo de entretenimiento nocturno, sino que se refieren directamente a nuestros deseos, preocupaciones y emociones, ya sea de manera manifiesta o más o menos velada. Es decir, que los sueños siempre tienen que ver con nosotros.

Tal vez el tema de los sueños sea algo que, más o menos, tengamos asimilado… Ahora bien, ¿pasa lo mismo cuando contemplamos el mundo exterior, por ejemplo al observar una puesta de sol, una obra artística, un gato, una silla o cualquier otra cosa? ¿Contemplamos la realidad material de manera objetiva o también hacemos una interpretación subjetiva de ésta? Y, en el supuesto de que no seamos capaces de ver la realidad de manera objetiva, ¿qué es entonces en verdad lo que estamos observando?

Desde luego, ésta tampoco es una cuestión novedosa. Desde casi los inicios de los tiempos que el ser humano se hace preguntas similares. A modo de ejemplo, podemos encontrarnos con pensadores en la Grecia clásica de la talla como Platón que diferenciaba entre “el mundo de las ideas” (para referirse a lo inmaterial) y el “mundo de las formas” (para referirse a lo material o sensible), siendo el segundo una consecuencia o “sombra” del primero. Es importante reseñar esto último, pues a menudo se asocia “el mundo de las ideas” con nuestra actual concepción de “idea”, es decir, lo relacionamos con un resultado de nuestro pensamiento. Y para Platón las “ideas” no eran conceptos abstractos o imaginarios, sino que eran de naturaleza real, aunque solamente accesibles mediante la razón.

caverna

 

En la actualidad, desde el conocimiento científico, podríamos asegurar que lo que perciben nuestros sentidos constituye sólo “una parte” de lo que la realidad es. A día de hoy, por ejemplo, sabemos que los seres humanos solamente podemos captar un delimitado rango del espectro de la luz existente o que sólo somos capaces de escuchar los sonidos que se encuentran dentro de una determinada gama de frecuencias de ondas sonoras. Por otro lado, al contrario de lo que nos diría el sentido común, la física de partículas nos demuestra que el átomo (la unidad básica de la materia) está constituida casi en su totalidad por espacio vacío… A pesar de que nosotros cuando observamos o tenemos contacto con un objeto o cuerpo cualquiera no percibamos vacío en absoluto.

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No obstante, me gustaría hacer especial hincapié a la idea central del pensamiento de Immanuel Kant, ya que creo que enlaza muy bien con todo lo que hemos ido desarrollando hasta el momento y que, en cierta manera, sigue la estela de la filosofía de Platón. Este pensador alemán postuló que el conocimiento humano de la realidad exterior está claramente influenciado y, de algún modo limitado, a nuestras percepciones sensoriales. Según Kant, no podemos conocer “la cosa en sí”  (o “noúmeno”) sino que en última instancia sólo podemos alcanzar a conocer el “fenómeno”. O dicho de otra manera: nuestro conocimiento se basa en la interpretación racional que realizamos –“a posteriori”– de la información que ha sido captada previamente por nuestros sentidos. Esta idea, en el fondo viene a significar algo así como que adaptamos la realidad exterior según nuestras propias capacidades cognitivas. Es decir, que cuando observamos un vaso, en verdad no vemos el vaso en sí sino que lo que vemos es la imagen mental que realizamos del vaso que está, a su vez, asociada a nuestra correspondiente explicación intelectual.

Así pues, si seguimos tirando del hilo de esta idea, veremos que en cierta medida en verdad siempre estamos apuntando hacia nuestra propia mente. Si por un lado nuestros sentidos son incapaces de captar la realidad tal cual es (pues están biológicamente limitados), y por otro lado, vemos que lo que acaban percibiendo nuestros sentidos depende enormemente de nuestra interpretación subjetiva (de nuestros conocimientos, de nuestras creencias, de nuestras experiencias, etc.) podemos concluir que todo cuanto observamos de “la realidad” de algún modo “nos muestra” a modo de espejo una imagen de nosotros mismos. De quiénes somos. O, al menos, de cómo somos.

Y claro, la manera en cómo pensamos a su vez está influenciada enormemente por el contexto familiar y social y, por lo tanto, estos factores serán fundamentales en nuestra manera de entender el mundo. Por ello podemos comprender como en distintas épocas, o entre diferentes culturas y/o sociedades, las ideas generalizadas sobre una misma cuestión pueden ser muy distintas entre sí entre los diferentes colectivos (por ejemplo acerca de Dios). Incluso dentro de una misma sociedad, factores tales como las distintas clases sociales, marcan una clara diferencia a la hora de moldear la manera de pensar y, por lo tanto, de entender la realidad. Los trabajos de, por ejemplo, Vygotsky acerca del aprendizaje y del desarrollo humano, o de los sociólogos Berger y Luckmann respecto a la construcción social de la realidad constituyen claros ejemplos de ello.

No obstante, en la línea de algunos de los últimos posts que he publicado (y que, por lo tanto, no voy a extenderme demasiado) quisiera remarcar una vez más la importancia de nuestras propias experiencias individuales y de, sobretodo, nuestra propia carga emocional a la hora de confeccionar nuestro pensamiento y afrontar la realidad. Según Freud, en muchas ocasiones, emociones negativas, tales como el miedo o la rabia, quedan reprimidas por medio de mecanismos inconscientes pero de algún modo latentes en nosotros y a la espera de una oportunidad para poder manifestarse, condicionando de esta manera nuestra percepción de las circunstancias que nos suceden y, finalmente, nuestra conducta en general.

Para finalizar este escrito, me gustaría referirme al concepto de “proyección” de Carl Gustav Jung, que creo que condensa bastante bien todo lo que desde diferentes puntos de vista hemos ido viendo. A grandes rasgos, podemos definir la proyección como el mecanismo mediante el cual lo que experimentamos y vemos afuera (en los demás, en la sociedad, en la realidad) es una especie de imagen de nuestro estado mental interno. Ello no significa de modo alguno que el exterior no exista, sino que todo de una manera u otra finalmente habla de nosotros.

 

jung

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