¿Y si…?

interrogante.jpgEl proceso es sencillo: viene una idea a la cabeza y entonces se encienden las alarmas. La mente empieza a divagar, valorando las hipotéticas situaciones y los diferentes escenarios posibles, se evalúan todas las variables que se nos puedan ocurrir y vemos que no hay forma plausible de tomar una decisión que nos satisfaga completamente… Así que, sin remedio, volvemos al punto de partida y repetimos todo el proceso para encontrar una salida del laberinto. Una y otra vez. Pero cada vez peor y la bola cada vez se hace más grande.

La idea que nos mantiene la mente aprisionada suele tomar una forma angustiante, normalmente relacionada con una preocupación o un temor hacia la posibilidad de que algo “malo” nos ocurra en un futuro más o menos próximo. Y esta idea puede estar causada debido a múltiples circunstancias: estrés laboral, conflictos familiares, dolores corporales, etc. Nuestra mente siempre encontrará mil y una justificaciones racionales que darán crédito a la inquietud que en estos momentos nos aflige el ánimo: “Tengo un dolor en…”, “en el trabajo ha pasado…”, “mi pareja me ha dicho que…” Y, justo a continuación, siempre vendrá la recurrente pregunta que dará consistencia y vida a todo este bucle: ¿Y si…?”

“¿Y si…?” Y justo inmediatamente después de formularnos esta pregunta (para la cual no nos será posible encontrar una solución certera porque parte de la premisa de una situación hipotética) siempre vendrá otro “¿Y si…?” Y luego otro, y otro, y otro. “¿Y si…?” “¿Y si…?” “¿Y si…?”…

En realidad, poco importa si nuestra preocupación tiene una base más o menos “real” o si se trata de una situación “en verdad” crítica o no. Nuestra mente en ese momento encontrará mil y una justificaciones para dar crédito a nuestra congoja. Por lo que, para nosotros, en ese momento será lo único importante.

Y mientras tanto, nada ocurre, sólo que nuestra mente deambula en un mar de dudas que nos abruman. Y nos colapsan. Y nos paralizan. No existe el momento presente porque todo queda eclipsado hacia un temor futuro por algo que aún no ha sucedido y que ni tan siquiera sabemos si realmente llegará a pasar y ni mucho menos de la forma en la que finalmente tendrá lugar (si es que lo tiene). Pero no lo podemos evitar. El proceso ya ha empezado y no hay quien lo pare. Es como un mecanismo automático del cuál desconocemos la ubicación del botón de apagado.

Así pues, en ocasiones, repletos de angustia y de temor a veces tomamos una decisión… Pero luego pensamos que no, que mejor otra cosa… Y así sucesivamente, para finalmente no saber ni tan siquiera qué es mejor o peor. “¿Y si…?” “¿Y si…?” “¿Y si…?”…

Así pues, cuando acontece tal situación, creo que lo mejor que podemos hacer por el momento es parar. Detenerse. No hacer nada en absoluto para no alimentar más la espiral de pensamientos y así cesar nuestro alocado monólogo. Y detenernos a observar como nuestro cuerpo está en tensión sin una razón objetiva que lo justifique. Escuchar el ritmo convulso de nuestro corazón, darnos cuenta de nuestra respiración agitada. Sentir las pequeñas gotas de sudor que se desprenden de las sienes o entre las manos. Observar cómo avanzamos hacia un camino que no lleva a ninguna parte, al igual que aquel ratón que corre sin cesar sobre una rueda que gira y gira pero no avanza a ningún lugar. Entender que, habitualmente, nada pasa tal cual lo imaginamos y que la mayoría de nuestras preocupaciones jamás llegan a concretarse en la realidad.

Y de esta manera, poco a poco, veremos que este estado se irá desvaneciendo de forma pausada, sin esfuerzo… Si es necesario podemos intentar ponernos en una posición cómoda para mirar de descansar, sentados en el sofá o estirados sobre la cama. Y contar hasta 10, hasta 100 o hasta 1000. Incluso dormir si es necesario. A veces también puede servir tomarse una ducha, salir a pasear, escuchar música o iniciar cualquier otra actividad que nos permita tomarnos un respiro. Desconectar. Descansar.

Y una vez consigamos mantener el cuerpo y la mente relajados, es posible que a continuación valoremos la situación de otra manera. Y desde este espacio de mayor tranquilidad hagamos lo que creemos que sea mejor o más conveniente para nosotros. Y si creemos que hemos de actuar al respecto de alguna manera determinada, hacerlo. Y si, después de todo, creemos que tal vez es mejor no hacerlo, pues no hacer nada. Entendiendo, eso sí, que no es posible controlarlo todo y que hay que aprender a convivir con la incertidumbre, pues en el fondo, no podemos estar completamente seguros de nada de lo que vaya a suceder en el futuro y que las cosas en muchas ocasiones no dependen exclusivamente de nuestra voluntad o de nuestros deseos ni de cómo creamos que deberían ocurrir. Por mucho que nos empeñemos en ello, nunca tendremos todas las respuestas pues hay multitud de factores que se escapan de nuestro control. En definitiva, debemos saber tolerar el “¿Y si…?”

Porque, mientras tanto, la vida pasa.

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