Humildad

Si somos capaces de reconocer todas nuestras debilidades y limitaciones, nuestras carencias y frustraciones, todos nuestros errores y mezquindades, nos estaremos brindando la posibilidad de abrirnos a un nuevo espacio de libertad. Una libertad interna que no depende de lo que pase afuera, pues se refiere a la libertad de ser tal cual como uno es, independientemente de cualquier otro factor. Si aceptamos nuestras sombras, es decir, todo aquello que no queremos ver en nosotros mismos, nos adentraremos en las profundidades de nuestro ser de manera honesta y podremos llegar a conocernos un poquito mejor.

De esta manera, sabiéndonos cuán lejos estamos de la irreal imagen de la perfección que a menudo anhelamos y que jamás alcanzaremos, es cuando precisamente nos reencontramos con la esencia de nuestra propia humanidad. Porque ser “humano”, no sólo contempla sentir pensamientos, emociones y experiencias positivas. También contiene experimentar a veces rabia, dolor, envidia, tristeza, celos, frustración, miedo… Y reconocerlo, paradójicamente, puede ser un primer paso para dejar de sufrir y para observar los acontecimientos desde una nueva perspectiva que nos permita evolucionar. Así pues, cuando nos contemplamos de manera honesta es cuando somos capaces de reconocernos también en los demás. Porque, al fin y al cabo, todas las personas compartimos la misma humanidad. Cuando nos damos permiso para ser como somos, ocurre que cuando nos equivocamos lo podemos volver a intentar, sin castigarnos y aprendiendo de los posibles errores cometidos. Cuando no nos martirizamos por haber caído, es cuando nos damos permiso para volvernos a levantar y, tal vez, podamos aprender algo de lo sucedido para que no se vuelva a repetir. Por eso es importante cosechar la humildad en nosotros, para evitar ser juez y parte de nuestra propia vida y convertirnos simplemente en protagonistas de la misma. Y esto depende sólo de que uno mismo se dé la libertad suficiente para contemplarse de manera sincera, sin rechazar nada de aquello que conforma nuestro ser, incluso aquello que nos disgusta. Así pues, probablemente nos daremos cuenta que durante el transcurso de nuestra vida siempre hemos intentando hacer las cosas de la mejor manera que hemos sabido o podido a cada momento. Y comprenderemos, a su vez, que los demás han hecho exactamente lo mismo que nosotros, cada cual a su manera y con los recursos de los que ha dispuesto. Sin más.

Lo dicho hasta ahora, no significa en ningún caso que tengamos que resignarnos irremediablemente a lo que acontece, ya sea la realidad externa o los factores internos. La resignación y la aceptación pueden parecer similares pero tienen una diferencia sutil que cambia completamente nuestra actitud ante la vida. La resignación es una rendición, la adopción de un posicionamiento pasivo a merced de las circunstancias externas o los sentimientos internos ante los que me siento totalmente indefenso y vulnerable. La aceptación, en cambio, significa acoger completamente la realidad que se está dando, sin rechazarla de ninguna manera, e intentar aportarle lo mejor de nosotros mismos.

Aceptar es responsabilizarse de lo que uno piensa, siente y hace, independientemente de cualquier otra consideración. Porque sin aceptación, no es posible tampoco el cambio. De esta manera, si no aceptamos nuestra propia oscuridad, tampoco jamás podremos transformarla… Simplemente porque, o bien no la contemplamos, o bien estemos convencidos de que es imposible hacerlo.

De este modo, al final comprenderemos que durante el transcurso del tiempo algunas veces las cosas salen bien y que otras veces no pero que, en el fondo, tampoco pasa nada… Quizás en todo esto también resida la raíz del perdón, del propio y del ajeno: en entender que al final la vida es un camino de crecimiento y de aprendizaje y que, por tanto, las equivocaciones y los errores no son sólo cosas habituales de las que nadie está exento, sino también, completamente necesarias en nuestro camino de desarrollo personal como seres humanos, para dotar a la vida de significado.

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