La unidad de las izquierdas

A raíz de la noticia un tanto sorprendente respecto al acuerdo entre “Podem Catalunya” y “Un País en Comú” (el nombre provisional del nuevo partido de confluencia catalán apadrinado por Ada Colau) que se dio a conocer de manera paradójica (y quizás reveladora) ayer en  Madrid a través de Pablo Iglesias y Xavier Domènech, me he animado a escribir un artículo respecto a esa idea tantas veces en boga de la conveniencia, e incluso de la necesidad, de la unidad de los partidos “de izquierdas”.

No obstante, me gustaría realizar antes una breve reflexión respecto el proceso de construcción de este “nuevo sujeto político” que empezó a fraguarse desde hace unos meses en Catalunya. En realidad, pocas novedades hay que añadir respecto al post que escribí a finales del año pasado, más allá de que parece que queda claro que el objetivo principal de este proyecto es aunar a “Barcelona En Comú”, “ICV/EUA” y “Podem bajo un mismo partido político, es decir, rehuyendo de la formula de coalición que por ejemplo presentan actualmente en el Congreso de los Diputados (“En Comú Podem”) o en el propio Parlament de Catalunya (“Catalunya Sí Que Es Pot”), perdiendo de este modo los partidos confluyentes gran parte de su independencia a fin de conformar este nuevo espacio político.

De este modo, lamentablemente, hemos visto cómo hasta la fecha la construcción de este nuevo partido se ha llevado a cabo totalmente al margen de la participación ciudadana y que las decisiones las han ido tomando las cúpulas de los partidos en despachos a puerta cerrada. En honor a la verdad, quizás la única excepción, en cierto modo, la hemos visto en “Podem” aunque, para ser sinceros, a la postre creo que tampoco ha quedado claro qué papel han estado jugando en todo esto…  Pienso que lo más lógico por parte de “Podem” (si realmente pretendían cumplir con un mandado ciudadano) hubiera sido la realización de una consulta clara desde el inicio de este proceso para saber si sus bases querían o no integrarse en un único partido conjuntamente a “BComú” y “ICV-EUA” (y no la extraña pregunta de “libre interpretación” que efectuaron a sus inscritos hace apenas unos días). Y en caso afirmativo, entonces sí, empezar todo este proceso. Ahora bien, quizás es que esta lógica no entraba dentro de los planes de Pablo Iglesias que, por las razones que sean, parece que tiene bien claro que sus referentes en Catalunya, mucho antes que Albano Dante, deben ser Ada Colau y Xavier Domènech.

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Y hasta aquí esta pequeña reflexión acerca de cómo veo que van las cosas en “Un País En Comú”, y ahora sí, me dispongo a hablar respecto la unidad de las izquierdas”.

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Mucha gente cree que para que se produzca un cambio social, es necesario que los partidos “de izquierdas” dejen a un lado sus divergencias y se unan en un frente en común, con el fin de derrotar a “la derecha”. Yo, entiendo la argumentación de que así es más probable conseguir una mayoría que suponga una alternativa a un gobierno “de derechas” porque “la suma multiplica” y blablablá… Ahora bien, discrepo profundamente de que de esta manera se consiga una verdadera transformación social. Me explico:

Dejando a un  lado la consideración (a mi entender bastante evidente) de que difícilmente pueden conseguirse cambios significativos a través únicamente de las instituciones sin tener en cuenta en modo alguno el interés REAL de la ciudadanía, creo que la unidad de la izquierda (así entendida), en el mejor de los casos, sólo podría servir para un cambio de gobierno, pero nunca para una verdadera transformación social, y ni siquiera para una “transformación institucional”. Y a continuación detallaré los dos motivos fundamentales:

– En primer lugar, pasaré a explicar lo que yo llamo la teoría del ideario del mínimo común. Pongamos por caso que se genera un frente amplísimo “de izquierdas” que cuenta desde partidos anticapitalistas y de extrema izquierda hasta partidos socialdemócratas y de centro-izquierda. Pues bien, estos partidos a la hora de generar un ideario y programa en común deberán ponerse siempre de acuerdo de algún modo. El problema estriba en que los puntos en común que acabaran definiendo su línea política habitualmente estarán marcados por el partido menos “de izquierdas” de todos… Es decir, a un partido de extrema izquierda lo habitual es que siempre le resulte fácil asumir las reclamaciones en materia social de un partido socialdemócrata (de hecho, es probable que estas reclamaciones las encuentre insuficientes). En cambio, difícilmente un partido socialdemócrata asumirá la mayoría de reclamaciones sociales de un partido de extrema-izquierda. Por lo tanto, si la organización de este “frente de izquierdas” se basa en el consenso entre los diferentes actores, serán precisamente los partidos más moderados los que marcarán claramente la línea a seguir de este espacio político.

– En segundo lugar, pasaré a explicar lo que yo llamo el efecto del pez grande. Pongamos por caso que este frente de izquierdas acuerda que su programa e ideario no será fruto de un consenso entre todos los partidos que lo conforman como en el caso anterior, sino que se acuerda que en la toma de decisiones se respetará la proporcionalidad que cada uno de los partidos tenía por separado. Por ejemplo, si los socialdemócratas representan el 40% del espacio político “de izquierdas”, en el supuesto frente de izquierdas deberán continuar manteniendo este 40% de representación en los órganos de poder. Es decir que, al fin y al cabo, habrá partidos (normalmente uno o como máximo dos) que impondrán claramente su criterio sobre el resto, que simplemente ejercerían el rol de meras comparsas, puesto que el pez grande se come siempre al pequeño.

Así pues, cualquiera de las dos alternativas que he explicado, creo que menoscaban claramente la representación democrática de la sociedad, puesto que estos “frentes de izquierdas” se alejan mucho más de los ciudadanos que dicen representar. Es decir, un número mucho más grande de personas depositarían su voto en una opción que no les resultara representativa. Esta cuestión es especialmente grave puesto que, además, al darse un acuerdo entre todos los grupos de  izquierda, la discrepancia o alternativa a nivel institucional quedaría totalmente invisibilizada…

Por lo tanto, el frente de izquierdas creo que es una opción que sólo puede servir puntualmente (en el mejor de los casos) como medida de excepción para derogar a un gobierno determinado, pero nunca para devenir un cambio radical en el sistema.

A modo de conclusión, creo que para una verdadera transformación social, lo únicamente necesario es el empoderamiento ciudadano y, para ello los partidos políticos (especialmente los de izquierdas que reivindican un cambo social) deben facilitar las herramientas necesarias para que el pueblo pueda decidir de forma directa, sin intermediarios, sin postureos… Dotando así a la democracia de contenido.

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