Sobre el anarquismo (o pensamiento libertario)

gato-anarcaEl “anarquismo” o “movimiento libertario” es una ideología política que, lamentablemente, a menudo se la relaciona con el caos, el desorden e incluso con la violencia. En este post me gustaría explicar lo que yo entiendo por pensamiento libertario, más allá de su historia o de organizaciones o colectivos específicos, con el fin de contribuir a aportar un poquito de luz sobre el tema y desmentir algunas creencias muy arraigadas aún hoy día en gran parte de la población, tales como las que he comentado anteriormente.

Muchas veces se define al anarquismo – de manera peyorativa – como un movimiento “anti-sistema”. Sin más. Y si bien es cierto que esta afirmación no la podemos considerar falsa, también lo es que resulta claramente insuficiente. El anarquismo es “anti-sistema” en tanto que tiene razones fundamentadas para considerar al “sistema” en gran medida culpable de las injusticias y las desigualdades sociales que padece gran parte de la ciudadanía; y también responsable de una de las principales causas de la sensación de aislamiento y de alienación, o falta de propósito, que es presente en el ser humano en general. No obstante, cabe señalar que el anarquismo no es sólo una expresión de rechazo hacia el modelo social instaurado sino que, al mismo tiempo, propone una nueva manera de entender la vida en sociedad y de relacionarnos los unos con los otros, mucho más natural y equilibrada, confiando en las capacidades innatas de los seres humanos para auto-organizarnos de la mejor manera posible. Y una condición absolutamente necesaria para ello es que las personas alejemos nuestra atención de las circunstancias externas (como por ejemplo la crisis, los políticos, los bancos, las multinacionales, el paro, el fútbol, la televisión…) y la situemos en el centro de nuestra existencia, en nuestras necesidades vitales y nuestros verdaderos anhelos.

Si tuviera que destacar una sola cosa respecto el pensamiento libertario, creo que ésta sería sin duda su amor incondicional hacia la libertad. Desde esta perspectiva, el ser humano es un ser libre por naturaleza y, por tanto, tiene todo el derecho a vivir la vida que desee. De hecho, sólo en libertad es posible que las personas puedan alcanzar la felicidad, pues únicamente sin ataduras se da la posibilidad de que el individuo pueda transitar por el camino particular que le conduzca a su auto-realización personal.

Ahora bien, el concepto de libertad que defiende el anarquismo dista mucho de la concepción pueril que la sociedad desde pequeños nos ha inculcado. La libertad no significa que cada cual pueda hacer lo que le venga en gana en cualquier momento sin tener en cuenta ninguna otra consideración, sino que más bien se relaciona con la capacidad intrínseca de cualquier persona para decidir qué es lo que más le conviene para su vida. O dicho de otra manera, la libertad sería la asunción completa de la responsabilidad individual hacia la propia existencia para, en última instancia, poder llegar a convertirnos en las personas que, de algún modo, estamos llamadas a ser, sin imposiciones exteriores de ningún tipo. De este modo, una persona siempre tendrá derecho a decidir qué quiere hacer con su vida, asumiendo claro está, los resultados de dichas decisiones. Es decir, como seres libres podemos decidir qué acciones tomar a cada momento pero no podemos decidir los resultados que obtendremos de estas decisiones en el futuro (y si así lo hiciéramos, además de no tener ningún valor, sólo demostraría nuestro elevado nivel de inconsciencia), aunque sí que deberemos asumir plenamente los resultados de nuestras decisiones cuando estos lleguen, nos gusten o no. Esto significa que debemos siempre responsabilizarnos de las consecuencias de nuestras acciones, ya sean estas positivas, negativas o neutras.

Por otro lado, la libertad no es algo individual sino que es un derecho universal. Así pues, nunca deberíamos decidir por los demás, o sea, pretender que otra persona haga lo que nosotros deseemos sin tener en cuenta su parecer. Incluso a pesar de que estemos completamente convencidos de que lo que pensamos sería lo mejor para dicha persona. Desde la perspectiva libertaria es evidente que todas las acciones que traigan consigo la negación de la libertad ajena son consideradas como imposiciones o, al menos, comportamientos llevados a cabo con motivaciones más o menos egoístas y, por tanto, reprobables.

Para resumir lo dicho hasta ahora, a modo de ejemplo sencillo, podríamos decir que yo al salir de casa en un día nublado puedo decidir no llevar paraguas. Ahora bien, por mucho que lo pretenda, en realidad no puedo decidir que no llueva (y si así lo decidiera, no sería más que un absurdo). Finalmente, si llueve y me mojo deberé asumir conscientemente las consecuencias de mi propia decisión sin buscar otras explicaciones. Ahora bien, siguiendo con este ejemplo, lo que en ningún caso admite el pensamiento libertario es que “otros” decidan por mí si debo o no debo llevar paraguas los días nublados ni, por supuesto, yo tampoco debo decidir si “los demás” tienen que llevarlo o no, independientemente de lo que a mí me parezca que pueda ser lo mejor para ellos.

Respecto a este punto, quiero dejar claro que estoy haciendo referencia en todo momento a personas adultas y en plenas facultades mentales. Si, por ejemplo, me refiriera a niños de 3 años es evidente que sería totalmente necesario que otros adultos (normalmente sus padres) decidieran por ellos en casi todos los aspectos de sus vidas porque es obvio que sus capacidades cognitivas no están plenamente desarrolladas todavía y, por tanto, no tienen la conciencia suficiente para elegir en libertad.

Por otro lado, una condición fundamental en el ideario anarquista respecto la libertad es la necesidad de que se establezca una completa igualdad en la sociedad. Ahora bien, de la misma manera que ocurre con el concepto de libertad, desde esta óptica hemos de alejarnos completamente de las concepciones simplistas acerca de este término. Así pues, la igualdad no significa uniformidad o entender que las personas tengamos que ser idénticas las unas de otras en nuestras necesidades, gustos, deseos y motivaciones. Y mucho menos insinuar que el conjunto de los seres humanos tengamos que pensar o comportarnos de la misma manera. Todo eso sería completamente contrario a la libertad y, por tanto, opuesto al ideal anarquista. De hecho, desde el pensamiento libertario la diversidad cultural y las diferencias humanas son entendidas como una verdadera riqueza. Así pues, la igualdad se refiere única y exclusivamente al hecho de que todas las personas debemos contar con las mismas oportunidades para tomar nuestras propias decisiones y llevar a cabo todo nuestro potencial. Por consiguiente, es absolutamente necesario que la sociedad no genere (por acción o por omisión) condiciones desfavorables en, por ejemplo, lo económico, lo educacional o lo sanitario, en las que deje a gran parte de sus miembros subyugados e impedidos de vivir en libertad. O dicho de otro modo, para el anarquismo mientras en una sociedad existan necesidades básicas por cubrir no es posible vivir en libertad. De este modo, si una persona no tiene fácil acceso a la información, la educación o la cultura, difícilmente podrá desarrollar sus potencialidades con éxito. De la misma manera, si los recursos económicos de un individuo son escasos o directamente insuficientes, o si se encuentra con dificultades para atender su salud o para acceder a una vivienda, es evidente que no tendrá demasiadas ocasiones para preocuparse por cosas que vayan más allá de asegurar su mera supervivencia, además del riesgo de verse continuamente expuesto o sometido a voluntades externas debido a su situación de vulnerabilidad y dependencia.

A modo de ejemplo, aquí se me ocurre el de aquellas dos semillas que son plantadas a la vez. La primera se planta en tierra fértil y recibe todos los cuidados necesarios para su desarrollo. La segunda se planta en un terreno árido, de clima desfavorable y se deja a su suerte. Es fácil adivinar de cuál de las dos semillas crecerá una hermosa flor y de cuál, lamentablemente, no crecerá nada o, si lo hace, contará con enormes dificultades… Vemos así que la belleza de una flor no depende exclusivamente de la semilla original sino también de las oportunidades de desarrollo que le ofrece el entorno en el que ésta vaya a crecer.

En resumidas cuentas, podríamos afirmar que el pensamiento libertario aboga por la absoluta libertad en lo individual y la completa igualdad en lo social. Llegados a este punto, cabe preguntarse sobre la manera en cómo propone implementar estos ideales en la sociedad. Para ello, atendiendo al significado etimológico de “anarquismo” (ausencia de autoridad) podemos deducir que el modelo social que surgiera carecería de una estructura jerárquica vertical, es decir, que el poder no se ejercería de manera convencional en forma de pirámide “de arriba hacia abajo”. Si no que el poder sería entendido de manera totalmente horizontal, es decir, “entre iguales”.

manos

Así pues, como vemos, el anarquismo no rechaza el poder mismo (pues es algo que pertenece naturalmente a todos), sino “a los poderosos” es decir, a aquéllos que lo manejan a su antojo según una compleja estructura social organizativa y legislativa que los ampara, en detrimento de la inmensa mayoría. De hecho, el anarquismo no rechaza en absoluto los liderazgos naturales que puedan surgir entre los diversos grupos humanos, ni niega legitimidad alguna a los expertos de alguna materia, ni tampoco la capacidad innata de ciertos individuos de influir sobre el resto… Simplemente no reconoce la lógica del poder ejercido desde la autoridad, puesto que entiende que dicho poder depende únicamente del lugar que un individuo ocupa en una determinada escala jerárquica y, por tanto, carece de una auténtica legitimidad.

Para el anarquismo los grupos humanos deben fundamentarse en la libre integración de los miembros que lo componen. Es decir, las personas se agrupan con el fin de colaborar y ayudarse mutuamente, siempre de manera voluntaria, siguiendo sus propios criterios y durante el tiempo que les interese. Así pues, podríamos afirmar que las relaciones humanas deben basarse en el acuerdo entre todas las partes implicadas. De este modo, los colectivos libertarios se regirán siempre bajo los principios de la democracia directa, el cooperativismo y el asamblearismo y también podrán establecer alianzas entre sí a través de federaciones.

Por otro lado, con frecuencia se dice que el anarquismo es un movimiento anti-fascista, anti-comunista, anti-capitalista, anti-religión, anti-estado y anti-democrático. Sobre esto, cabría hacer una serie de puntualizaciones. En primer lugar, es obvio que el movimiento libertario es totalmente contrario a cualquier ideología de carácter totalitaria que atente contra la libertad de los individuos y también es verdad que puede considerarse anti-capitalista en la medida que el capitalismo ha demostrado ser un modelo político y económico generador de pobreza y de desigualdad social alrededor del planeta. Respecto la religión o el Estado, se podrían decir muchas cosas al respecto porque son temas de gran complejidad pero, en cualquier caso, creo que lo esencial es destacar que el anarquismo, por un lado, se opone a toda aquella doctrina que anteponga los intereses de una minoría en pos de “un bien superior” (un Dios, una nación) a la de los intereses de la mayoría y, por otro lado, es contrario al hecho de que una persona deba obligatoriamente pertenecer, pensar y comportarse siguiendo criterios ajenos a los de su propia voluntad. No obstante, en mi opinión, el anarquismo no se opone “per se” a la existencia de los estados o las religiones, si no a la manera en cómo hasta ahora se han entendido su estructura y funcionamiento. De esta manera, rechaza frontalmente que estos estamentos se crean con el derecho de hablar y decidir en nombre de los individuos sin su consentimiento, contraviniendo el ideario anarquista e impidiendo, así, un verdadero empoderamiento ciudadano.

Respecto a la democracia, creo que no hay nada más injusto que afirmar que el pensamiento libertario seaanti-democrático”. De hecho, el anarquismo es un movimiento político y social radicalmente democrático. Lo que ocurre es que la democracia representativa actual, tal y como la entendemos en las sociedades occidentales hoy en día, no puede considerarse una verdadera democracia desde una perspectiva anarquista. En la Grecia clásica, por ejemplo, cuna del pensamiento occidental, se denominaba “democracia” a la forma de gobierno de las “polis” en la que solamente los ciudadanos “libres” podían deliberar y decidir sobre los asuntos que afectaban a todos los miembros de su sociedad, quedando excluidos de tales derechos los esclavos y las mujeres, es decir, la mayoría de los ciudadanos que conformaban estas comunidades. Es evidente que en la actualidad no consideraríamos como “democrática” a una sociedad que presentara tales características. Algo parecido sucede si nos paramos a pensar un momento en el funcionamiento de la democracia actual: los ciudadanos somos llamados a votar en unas elecciones una vez cada cuatro años para elegir a unas personas que son las que realmente decidirán por nosotros respecto a una cantidad ingente de asuntos más o menos importantes que nos afectarán directa o indirectamente sin que exista, además, garantía alguna de que las personas escogidas para la gobernabilidad deban cumplir los compromisos que supuestamente han adquirido previamente con la ciudadanía.

democracia

Eso, sin tener en cuenta, otros factores como la ley electoral que beneficia a los grandes partidos, la nula repercusión que tiene en el reparto del poder la abstención o el voto en blanco o nulo, o la absoluta marginación de los partidos minoritarios. Por no hablar ya de las disfunciones de un sistema que fomenta los privilegios de los políticos y otras clases dominantes, coarta la participación y las iniciativas ciudadanas, goza prácticamente de impunidad ante la corrupción institucionalizada,  practica habitualmente acciones de dudosa responsabilidad ética como las de  “las puertas giratorias” y un larguísimo etcétera.

Así pues, desde un punto de vista libertario, un sistema regido bajo estas premisas y donde el papel del ciudadano es relegado al de mera comparsa de aquellos que regentan el poder a su conveniencia, no puede considerarse en modo alguno democrático. De hecho, para el anarquismo la democracia así concebida es una idea incluso perversa, pues se sostiene en el engaño de hacer creer a la población que con introducir una papeleta cada 4 años con una lista de nombres en una urna ya es suficiente y, además, sirve para legitimar toda una estructura de control social que aleja al ser humano de la posibilidad de vivir en una sociedad justa e igualitaria y dificulta enormemente el ejercicio de su propia libertad individual.

Algunos, de manera bienintencionada, dicen que la anarquía es como perseguir la utopía. Tal vez estén en lo cierto, no lo sé…

En cualquier caso, para finalizar, me gustaría recuperar la siguiente reflexión de Eduardo Galeano acerca precisamente de la utopía:

La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.”

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