¿Hay vida después de la muerte?

flor-marchita.jpgLa cuestión de la existencia de la vida después de la muerte seguramente constituya la piedra angular sobre la cual se cimientan todas las religiones del mundo y, por supuesto, también ha sido un tema recurrente a lo largo de la historia de la filosofía y del pensamiento humano de todos los tiempos.

Asimismo, para argumentar acerca de esto (ya sea a favor o en contra) inevitablemente siempre aparece, de un modo u otro, el concepto de “alma”. El alma (o el “espíritu”) como convencionalmente la concebimos en nuestro imaginario colectivo albergaría nuestro “Yo Inmaterial”, capaz de trascender el mundo físico. De esta manera y simplificando al máximo, podríamos asegurar que la creencia en el alma indefectiblemente va asociada al convencimiento de la continuidad de nuestra vida más allá de la muerte y, en el caso contrario, a asumir que con la muerte finaliza, sin más, nuestro periplo particular por el mundo. No obstante, pienso que es conveniente señalar que dentro de la teología y, en general, también dentro del pensamiento religioso y filosófico (e incluso de determinadas corrientes psicológicas) existen otros muchos conceptos teóricos relacionados con toda esta materia, aunque no vienen al caso para lo que aquí se refiere. Al menos, de momento…

Por otro lado, creo que es conveniente aclarar que este asunto debe ubicarse siempre en el ámbito correspondiente a cuestiones de fe o, al menos, relacionadas con la disertación o la especulación abstracta, puesto que (al menos hasta la fecha) no existe evidencia empírica alguna que demuestre científicamente la realidad de ninguno de estos conceptos. Por lo tanto, sólo podemos creer (o no) en ellos… Ahora bien, a pesar de todo, es bueno reconocer también que todos estos planteamientos existenciales están plenamente vigentes a día de hoy, puesto que la mayoría de las preguntas filosóficas y/o espirituales acerca del origen y el propósito de la vida, siguen aún sin hallar una respuesta satisfactoria. Y me atrevería a decir que es probable que nunca la tengan.

De este modo, podemos ver que la ciencia nos habla, por ejemplo, acerca del Big-Bang o de la evolución de las especies. Pero todo esto, en el fondo, poco nos dice respecto al sentido de la vida. Al no ser que convengamos que la vida, como tal, no tiene ningún sentido a excepción del que nosotros le podamos otorgar durante nuestra existencia. Y lo cierto es que este punto de vista, en realidad no me parece en absoluto inadecuado, pues en cierta manera nos puede animar a aprovechar nuestro limitado tiempo biológico de la mejor manera que sepamos. Y tal vez, al final después de todo, resulte que así sea, ¡quién sabe! Ahora bien, lo cierto es que detrás de cada respuesta que nos ofrece el saber científico siempre podemos plantear un nuevo interrogante, entrando de este modo, en una especie de espiral interminable… Por otro lado, lejos de lo que a veces se asume erróneamente, la ciencia tampoco es un dogma de fe estático. Por su propia metodología, siempre se encuentra en permanente revisión. La misma evolución en el saber psicológico, o los sorprendentes descubrimientos en el campo de la física cuántica de las últimas décadas pueden servir de buenos ejemplos de ello. Lo que hoy se entiende de una manera, mañana puede reinterpretarse de forma diferente.

En cualquier caso, reconozco que me cuesta aceptar que el Universo haya montado todo este magnifico espectáculo de infinidad de galaxias, estrellas, moléculas, conexiones neuronales y un sinfín más de cosas sin un porqué. ¿De verdad merecía la pena tomarse tantas molestias?

Quisiera aclarar, no obstante, que con este post no pretendo convencer a nadie sobre la continuidad de la vida más allá de la muerte. Nada más lejos de mi intención. Que cada cual piense lo que más le satisfaga o lo que le sirva mejor. De hecho, a pesar de que pudiera parecer lo contrario por estar escribiendo estas líneas, ¡ni yo mismo he encontrado una explicación que me convenza completamente! Si no que, simplemente, me gustaría exponer y jugar con una hipótesis que me ronda desde hace tiempo por la cabeza (tal vez un poco loca) pero que, quizás, pueda tener algo de sentido y ser de utilidad para alguien… Para ello, sirviéndome del agua como fuente de inspiración (sustancia que, recordemos, conforma entre el 60 y el 70% de nuestro organismo y que ocupa tres cuartas partes del planeta), voy a intentar explicar metafóricamente algunas de mis conjeturas particulares acerca de todo este asunto. Con este objetivo, también me permitiré ciertas licencias“al dar por ciertas” diversas premisas totalmente hipotéticas, ya que difícilmente sería capaz de hacerlo de otra manera.

Por último, antes de ir al quid de la cuestión, me gustaría comentar que a la hora de hacerme una idea propia acerca de este asunto he bebido a lo largo de mi vida de fuentes muy diversas (desde el budismo, el taoísmo o el yoga, hasta psicólogos, filósofos y pensadores occidentales como Carl Gustav Jung, Arthur Schopenhauer o Ken Wilber, entre otros). No obstante, pienso que quizás me han podido influir de manera especial algunas de las ideas fundamentales que se desarrollan en el libro Un curso de milagros . Así que, dicho lo cual, como coloquialmente se dice, ¡vamos al tajo!

linea

Imaginémonos un paisaje idílico del mar en el horizonte, donde la imagen queda dividida en dos bloques: el superior, correspondiente al cielo; y el inferior; correspondiente al agua. En el centro queda, pues, la línea imaginaria que aparentemente los separa.

Así pues, el bloque superior está compuesto básicamente por el aire de la atmósfera, o dicho de otra manera, por aquello que es invisible e intangible a nuestros ojos; y la parte correspondiente al mar, en cambio, está compuesta esencialmente de agua, es decir, por aquello que es visible y tangible para nosotros.

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Este paisaje, además, a pesar de los cambios atmosféricos, el ciclo de las estaciones, las corrientes marinas, el día y la noche y todas las variantes posibles, en cierto modo, lo podemos considerar “eterno” puesto que, por mucho que transcurra el tiempo, finalmente, siempre seguirá existiendo el mar en el horizonte.

Ahora imaginémonos también las pequeñas burbujas de diferentes tamaños y duración que aparecen aleatoriamente (a causa del viento y demás) y por poco espacio de tiempo en la superficie marina. Como sabemos, cada una de estas burbujas está compuesta de una pequeña película de agua que contiene aire en su interior. Es decir, las burbujas están conformadas por una parte visible y tangible en su exterior, y por una parte invisible e intangible en su interior.

Pues bien, pongamos que el mar, la parte “Visible”, corresponde a todo aquello que tiene que ver con la materia y que aceptamos como nuestro mundo físico y que el aire, la parte “Invisible”, corresponde a aquello a lo que, según las diferentes tradiciones, se le ha denominado “Dios”, “Alma Universal, “Tao”,Esencia o Inteligencia Divina o Superior, o simplemente “energía”, entre otros. Demos por cierto, además, que esta parte inmaterial será la que se relacionará, de algún modo, con nuestra conciencia o capacidad racional (ya he avisado anteriormente que iba a dar por hechos ciertos supuestos no demostrados empíricamente).

Así pues, siguiendo este símil, las personas seríamos como pequeñas burbujitas suspendidas en la inmensidad del mar. Es decir, podríamos considerar que los seres humanos somos una especie de conglomerado de materia que contiene una porción de “Alma Universal” en el“interior” (aunque ciertamente no tengamos capacidad para determinar si su ubicación es en el interior”, el exterior” o está “sobrepuesta”). Por otro lado, con tal de diferenciar fácilmente las “partes” del “todo”, a nuestra naturaleza física, es decir, al conjunto de nuestro organismo, simplemente le llamaremos “cuerpo” y a nuestro pedacito de Alma Universal” la denominaremos “espíritu”. De este modo, podríamos afirmar, de manera un tanto poética, que la vida surge de la unión de “lo visible” con “lo invisible”.

Siguiendo con esta disertación, lo que ocurriría, no obstante, es que por alguna extraña razón nuestro espíritu (que, no lo olvidemos, estaría vinculado con nuestro sistema de pensamientos o capacidad mental) no es consciente de su propia naturaleza de Alma Universal” y, como se desarrolla en un cuerpo físico, nada más es capaz de percibir “lo visible”. De este modo, al observarse así mismo “sólo vería” un cuerpo individual y, al mirar a su alrededor, percibiría todo un mundo material lleno de elementos diferentes e inconexos. Así pues, irremediablemente se comprendería como “un algo” completamente separado del resto de cosas. Por lo tanto, para desenvolverse con naturalidad en esta realidad no tiene más remedio que generar una idea de sí mismo a la que denominaremos “Ego”. El ego sería algo así como nuestro complejo auto-concepto, nuestra identidad individual, o nuestro “Yo” particular. Una poderosa idea mental que iríamos generando, poco a poco a lo largo del tiempo, fruto de nuestras experiencias vitales de todo tipo. En definitiva, el ego será el que definirá nuestra forma de sentir y de razonar y, por tanto, el que marcará nuestras acciones y comportamientos y, en general, nuestras relaciones sociales y nuestro vínculo con el mundo físico. O expresado de forma sencilla: nuestra mente estará gobernada por el ego.

En cualquier caso, lo que gustaría remarcar es que nuestra inmaterial “menteespíritu-ego” o como queramos llamarla, paradójicamente, en ningún momento es consciente de la parte intangible de la existencia y, por tanto, desconoce absolutamente la naturaleza del Alma Universal de la que está compuesta. Aún más, debido a que está intrínsecamente ligada a un cuerpo en el mundo de lo visible resulta imposible que pueda conocer lo invisible a través de la mera experiencia física. Así pues, la mente solamente por medio de la introspección profunda sería capaz de alcanzar un estado de conciencia que la permitiera vislumbrar la otra parte de la realidad, puesto que, parafraseando a Albert Einstein, “difícilmente se puede resolver un problema desde el mismo nivel de conciencia donde éste se genera”. Dicho estado de conciencia, según muchísimas tradiciones espirituales, recibiría el nombre de “iluminación” o “despertar”.

Así pues, para el tema que nos concierne – el de si hay vida más allá de la muerte – según la hipótesis que estoy planteando, creo que podríamos considerar finalmente que la vida continúa después de la desaparición física dependiendo única y exclusivamente de la interpretación subjetiva que hagamos de lo que consideramos como vida. Me explico:

Retomando la metáfora de las pequeñas burbujas que están suspendidas en la superficie del mar, si estuviéramos observando cuando una de estas burbujas explotara veríamos que, efectivamente, la burbuja en cuestión desaparecería de la existencia, aunque no así todo aquello que la conformaba: las moléculas de agua se disolverían en el mar y el aire contenido sería liberado hacia la atmósfera. Ahora bien, cabe reconocer que la burbuja en sí, definitivamente dejaría de existir.

Algo parecido, entonces, podríamos considerar que podría pasar con la muerte de un ser individual: el cuerpo entra en un estado de descomposición biológica (la disolución de las moléculas y átomos que lo conforman) y el “espítitu” se fundiría con el “Alma Universal” de manera instantánea. Por lo tanto, nada desaparecería de la existencia sino que, simplemente, cambiarían las formas. Así pues, quizás al final todo dependa de la perspectiva con la que entendamos la vida.

Si por vida se entiende al ser individual, es decir, la forma con la que habitualmente la comprendemos, creo que irremediablemente debemos tomarnos la muerte como punto y final. El ser que soy, mi cuerpo y los genes que me componen, mi contexto histórico y social, mis experiencias vitales, mi familia, mis amigos, mis pensamientos y sentimientos… Nada de todo eso, continuará su recorrido más allá de esta vida. Al no ser, claro está, que creamos en la teoría del “eterno retorno” de Nietzsche (pero esto ya es harina de otro costal). De esta manera, si al principio hemos convenido que de la unión de “lo visible” con “lo invisible” surge la vida, con su separación debemos reconocer que, entonces, llega su fin.

Ahora bien, desde otro punto de vista, si entendemos que con la muerte simplemente se produce en el individuo una transformación de los estados físico y, sobretodo, mental, que implican la desaparición del ego permitiendo al espíritu  integrarse nuevamente en el “Alma Universal”, es posible que entonces podamos considerar que en verdad nada llega a su fin puesto que la vida es un proceso que obedece a un ciclo natural de cambios que se seguirá dando de manera infinita a lo largo del tiempo. O dicho de otra manera, todos los seres que han existido, existen y existirán constituyen diferentes formas físicas de un único Alma. De este modo, cobrarían pleno sentido las conocidas afirmaciones espirituales de Todos somos Uno” o “Dios está en todas partes”.

Tal vez sea posible integrar estas dos perspectivas en una de sola, entendiendo que con la muerte, el ser individual desaparece pero su esencia sigue permaneciendo, puesto que es eterna. Quizás este ciclo continuo de interacciones “espíritu particular – Alma Universal” que se da con el nacimiento y muerte de los seres individuales sea necesario para generar nuevos estados cada vez más elevados de Inteligencia o Esencia Divina” en el mundo de “lo invisible” que, a su vez, sean capaces de ofrecer en el mundo de “lo visible nuevas posibilidades para alcanzar una existencia que refleje cada vez mayores grados de paz, amor y conciencia colectiva. Así pues, entenderíamos que el mundo material fuera un reflejo del “nivel de conciencia” en el mundo espiritual y viceversa, pues ambas realidades constituirían las dos caras de una misma moneda.

Para finalizar este escrito, me gustaría decir que pienso que independientemente de lo que cada cuál crea acerca de este tema (si pensamos que no existe ningún alma y, por tanto, con la muerte finaliza la vida, o si creemos que existe el alma y, de esta manera, la existencia tiene continuidad más allá de la muerte o, incluso, si no tenemos una convicción clara al respecto), al final, siempre podemos estar de acuerdo en un mismo mensaje de fondo: para uno mismo (como para todos) la muerte del cuerpo físico llegará un día, tarde o temprano. Y, después de todo, quizás no sea tan importante saber qué sucederá cuando llegue ese momento (si es que sucede algo). Lo única certeza que tenemos es la de estar vivos en este momento. Así que intentemos vivir de manera que nos valga la pena, procurando aprovechar el tiempo que se nos ofrece de la mejor manera que sepamos. En definitiva, propongámonos ser felices.

principito

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