Elige tu propia aventura

De pequeño me aficioné a una colección de libros que llevaba por título Elige tu propia aventura. Se trataba de una serie de pequeñas novelas juveniles, escritas por diferentes autores y que normalmente no guardaban relación entre sí. El común denominador de estas novelas era que el lector intervenía directamente en el devenir del relato con sus decisiones. De este modo, continuamente se planteaban circunstancias donde se debía escoger el camino que adoptaba el protagonista (que, por supuesto, éramos nosotros mismos) proponiendo en los pies de página algo así como “Si decides que tienes que hacer ‘esto’, ves a la página ‘tal’; si en cambio decides hacer ‘esto otro’, ves a la página ‘tal’”.

De este modo, en cualquiera de estos libros y a modo de lema de la colección, siempre podíamos encontrar el siguiente texto, que resultaba la mar de sugerente:

Las posibilidades son múltiples; algunas elecciones son sencillas, otras sensatas, unas temerarias… y algunas peligrosas. Eres tú quien debe tomar las decisiones. Puedes leer este libro muchas veces y obtener resultados diferentes. Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura. Si tomas una decisión imprudente, vuelve al principio y empieza de nuevo. No hay opciones acertadas o erróneas, sino muchas elecciones posibles.

Así pues, el relato contenía múltiples y diferentes aventuras y, por supuesto, diferentes desenlaces (algunos felices, otros no tanto e incluso, algunos trágicos). Lo cierto es que estos libros me aficionaron en gran medida a la lectura durante la infancia. Recuerdo, por ejemplo, entre los títulos que más me gustaron los siguientes: “Te conviertes en un tiburón”, “La cueva del tiempo” o “El misterio de Chimney Rock”.

En cualquier caso, lo que me enganchaba realmente de estas novelas era el hecho de sentirte protagonista en primera persona de los acontecimientos, gracias a poder decidir en cada momento qué camino tomar.

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Creo que estos libros pueden servir de pequeña metáfora de la vida de cualquier ser humano. A lo largo del tiempo vamos tomando decisiones que nos llevan a vivir unas u otras circunstancias determinadas. De hecho, si miramos de forma retrospectiva nuestra vida actual, nuestro momento presente se debe, en gran medida, a toda la serie de decisiones que hemos ido adoptando a lo largo del transcurso del tiempo. Desde nuestra niñez hasta ahora, en este preciso instante en el que nos encontramos. Desde las decisiones más sencillas o simples hasta las más complicadas o trascendentes.

Lo cierto, es que si reflexionamos sobre ello, veremos que continuamente estamos decidiendo. Incluso cuando nos parece que no decidimos nada, en verdad, se trata de una ilusión, puesto que lo que sea que estemos haciendo ahora mismo nos conducirá irremediablemente a experimentar unas circunstancias determinadas en el futuro. Y este futuro lo podemos imaginar como algo que sucederá de aquí a 10 minutos o  de aquí a 10 años. Es indiferente. En cualquier caso, la mayoría de veces nuestras decisiones pasan completamente inadvertidas para nosotros mismos. Aunque eso –insisto- no significa que no se estén dando. La vida siempre está en movimiento y nosotros no podemos escapar de dicho movimiento. Aún cuando nos parece que estamos en estado de quietud, lo cierto es que también nos estamos moviendo igual. Aún cuando no lo advirtamos. De forma similar que ocurre con la Tierra que, a pesar que a nosotros nos pueda dar la sensación de que permanece inmóvil, en realidad gira incesantemente sobre sí misma y alrededor del Sol, al tiempo que se desplaza por el Espacio.

Es verdad que hay decisiones en la vida de mucho mayor calado que otras. “A priori”, decidir con qué ropa te vistes por la mañana o qué vas a comer a mediodía no tienen ni mucho menos la misma importancia para la vida de una persona que decidir, por ejemplo, qué estudiar, si vivir en pareja o no o tener hijos. Eso es evidente. Ahora bien, hay que reconocer también que a veces las decisiones más aparentemente insignificantes pueden tener consecuencias “a posteriori” de mucho más relevancia. Por lo tanto, es muy interesante pararnos de vez en cuando a pensar sobre si el rumbo que llevamos nos satisface o no… Puesto que ciertamente podemos hacer mucho para cambiarlo.

Y creo que darse cuenta de esto, es fundamental en el camino de cualquier ser humano. El hecho de tornarnos conscientes de la importancia de nuestras decisiones, inevitablemente, también trae consigo otra consecuencia relacionada: la responsabilidad. O dicho de otra manera, si el conjunto de las decisiones que yo he tomado a  lo largo de la vida me han llevado a vivir, de alguna manera, mis circunstancias actuales, debo aceptar entonces que, en cierto modo, yo he sido responsable (para bien y para mal) de mi vida actual ¡Y también de mi vida futura! Puesto que, en cualquier circunstancia, siempre tendré capacidad para elegir. Siempre. Incluso en las más inimaginables, desdichadas, infortunas o adversas, siempre me quedará, al menos, la posibilidad de escoger la manera en cómo las afronto.

Y como alguna vez he comentado en algún artículo anterior, quisiera aclarar que lo dicho tampoco significa en modo alguno que nosotros debamos considerarnos algo así como una especie de seres todopoderosos capaces de crear según nuestro antojo nuestra propia realidad. O sentirnos culpables por si nos van mal las cosas en la actualidad o, aún peor, creer que somos, de algún modo, ingenuos o incluso “tontos” por no ser capaces de lograr tener una vida “mejor”. Todo el conjunto de circunstancias externas que envuelven nuestra vida, así como la totalidad nuestras experiencias personales, son fundamentales y nos condicionan sobremanera (la familia, la escuela, la clase social, etc.). Pero en última instancia, a nivel individual y a pesar de nuestras circunstancias vitales, nosotros siempre continuaremos conservando intacto el poder de decidir, de elegir nuestro propio camino en la medida de nuestras posibilidades. Dios reparte las cartas pero somos nosotros los que jugamos la partida. Y tenemos que procurar, además, que nadie intente jugarla por nosotros… Es decir, tenemos que proponernos ejercer constantemente nuestro derecho a decidir por nosotros mismos acerca de nuestra vida. Para permitir equivocarnos y también para darnos la oportunidad de acertar. Asumiendo de manera consciente nuestra responsabilidad en nuestra propia vida.

Así pues, y a modo de despedida, tal y como decían en los libros de “Elige tu propia aventura”:

“Recuerda que tú decides la aventura, que tú eres la aventura”

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Elige tu propia aventura

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