El dilema de la Cup

La Cup en los últimos tiempos está a menudo en el orden del día de la actualidad catalana y, también cómo no, de la española. Así pues, hemos visto atónitos como en las últimas semanas han sido detenidos militantes de la Cup (incluso varios cargos electos) tras negarse a declarar ante un juez, por causas que tienen que ver, de algún modo u otro, con la libertad de expresión (colgar banderas “estelades” en organismos oficiales, quemar fotocopias del rey Felipe VI o declaraciones a favor de la secesión en el pleno de un ayuntamiento). Hechos que ponen de relieve, sin duda, la baja calidad democrática del estado español. Por otro lado, a nivel estrictamente catalán, fue muy sonada la exigencia de la Cup de no permitir la continuidad de Artur Mas como president de la Generalitat a cambio facilitar la formación de gobierno a “Junts pel Sí” (PDECat + ERC) o, actualmente, toda la polémica con la tramitación de los presupuestos de la Generalitat.

En cualquier caso, se trata de una formación que no responde a las características habituales de los partidos políticos convencionales (tan pendientes, por ejemplo, de la intención de voto que marcan las encuestas) y que tiene una organización y una lógica claramente asamblearia y también estrechamente vinculada a los movimientos sociales. La Cup, al contrario de lo que muchos creen por sus evidentes similitudes, es bastante anterior al fenómeno del 15M y en ella confluyen diferentes corrientes de carácter político/social.

Como partido político tiene su origen estrechamente ligado al municipalismo, tan en boga en los últimos tiempos, donde ha conseguido un fuerte arraigo en muchas localidades catalanas, aunque es a partir del denominado “procés per a la independència” cuando saltó a la escena mediática nacional después de las elecciones al Parlament de Catalunya del 2012 donde, tras presentarse por primera vez, consiguió obtener 3 diputados. En las elecciones de 2015 aumentó significativamente su representación hasta lograr los 10 diputados actuales.

Su nombre, Candidatura d’Unitat Popular, hace referencia a la coalición de carácter socialista con la que Salvador Allende consiguió la presidencia del gobierno chileno hasta su asesinato en el golpe de estado del general Pinochet.

La CUP se define como un movimiento de la “izquierda independentista”, de carácter socialista y claramente anticapitalista. Un elemento bastante polémico de su ideario es considerar la nación catalana como el conjunto de los denominados “Països Catalans”, es decir, todos aquellos territorios, además de Catalunya, que comparten un mismo ámbito lingüístico y cultural… Aunque esta última controvertida característica de su ideario (que, por cierto, no comparto) no atañe a lo que este post se refiere. Así que dejaremos está cuestión de lado.

En definitiva, y para resumirlo en una frase, podríamos afirmar sin temor a equívocos que el principal postulado de la Cup es que la defensa de los “derechos nacionales” y la de los “derechos sociales” corresponden a una misma lucha, que ambos derechos son inseparables. Y aquí es, precisamente, bajo mi punto de vista, donde se encuentra el principal handicap de la Cup, y de muy difícil solución, por cierto.

Está claro que efectivamente para un número muy importante de catalanes, la independencia de Catalunya es algo que tiene la misma importancia que por ejemplo la defensa de la sanidad y educación públicas, el reclamo de unas condiciones laborales dignas o el acceso a la vivienda, entre otros.

Pero también lo es que existen muchísimos catalanes que, todo y estar de acuerdo con el derecho a la autodeterminación de Catalunya, no les hace ninguna gracia la vía unilateral propuesta por las formaciones independentistas. Y no por ello, pueden considerarse en modo alguno que están menos de acuerdo con la defensa de lo social que los primeros. De hecho, para muchos catalanes, el principal motivo de desacuerdo con la realización de un referéndum unilateral por la independencia no es la negación ni mucho menos de dicho derecho, sino que es muy difícil (por no decir imposible) que este referéndum, de llegar a producirse, tenga mayores garantías legales y legitimidad política que la consulta del 9N ya realizada en 2014, y por lo tanto, las consecuencias que se derivarían del mismo serían idénticas o, al menos, muy parecidas a las de entonces. En cualquier caso, no existe garantía alguna de que el resultado obtenido por este referéndum- en caso de una victoria del “” a la independencia – pueda resultar vinculante.

La otra cara de la moneda que resulta aún si cabe un argumento más flagrante y demoledor en contra de los postulados cupaires es la evidencia de que existen muchos catalanes “de derechas”, representados principalmente por PDECat (la nueva marca de CDC) que defienden a todas luces la independencia de Catalunya y que no se caracterizan precisamente por una defensa de los servicios y prestaciones públicas. Sino más bien todo lo contrario. De hecho, incluso podría considerarse bastante “generoso”, por decirlo de alguna manera, considerar a ERC (el otro socio de gobierno de “Junts pel Sí”) como garantes a ultranza de los derechos sociales.

Así pues, está unión de “lo nacional con lo social” quizás funcione muy bien en el mundo de una Ítaca imaginaria pero, de hecho, la realidad se empeña continuamente en mostrarnos que la sociedad catalana es mucho más compleja que todo eso. No son sólo los partidos “de derechas” como el PP o Ciudadanos los que se muestran contrarios a la hoja de ruta trazada por los partidos independentistas, sino también lo hacen el PSC o la coalición de CSQEP (ICV/EUiA+PODEM+EQUO). Y por supuesto, tampoco se puede considerar que, dejando a un lado la Cup, sean los partidos independentistas los abanderados en promover iniciativas de carácter social sino que, junto a los anticapitalistas, el grupo que más lo hace con diferencia en el Parlament es CSQEP.

Así las cosas, la Cup se encuentra ante un dilema permanente y, en cierta manera, voluntariamente auto-impuesto: la paradoja de tener que elegir continuamente entre lo social y lo nacional. Dos elementos que, como vemos, en realidad, con frecuencia no encajan bien. O dicho de otra forma, finalmente, de lo que se trata es de dar apoyo, aunque sea el mínimo imprescindible, a las políticas de “Junts pel Sí” con tal de seguir adelante con el proceso hacia la independencia aún a costa de no favorecer más medidas sociales, o bien hacer justo lo contrario, retirar su apoyo al gobierno con tal de posicionarse claramente al lado de las clases populares, aún si esto supusiera poner en peligro “la hoja de ruta” del govern. Y de esta manera contemplamos como las diferentes facciones de la Cup se tiran continuamente los trastos a la cabeza (por ejemplo “Poble Lliure” vs “Endavant”, etc.) y, también observamos como, por lo general, a nivel municipal (donde habitualmente ejercen de oposición alejada de la responsabilidad de gobierno) sus posturas, tanto sociales como nacionales, son siempre de lo más coherentes con su ideario y, en cambio, a nivel del Parlament de Catalunya donde, para bien y para mal, resultan absolutamente imprescindibles para la continuidad del gobierno de la Generalitat, sus posicionamientos resultan a menudo bastante inconsistentes, debido a esta permanente elección en la dicotomía “social/nacional”. Decisiones, por otro lado, que con frecuencia no acaban de satisfacer completamente ni a propios ni a ajenos y que, aún a riesgo de resultar algo injusto, hasta ahora da la impresión de que, a la hora de la verdad, lo estrictamente nacional, en la balanza pesa casi siempre un poquito más que lo social.

hamlet

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