Teoría del Tiempo Acumulado

¿No sucede que a medida de que nos vamos haciendo mayores parece que el tiempo pase más deprisa? ¿Quién, por ejemplo, no recuerda aquellos veranos de su infancia donde los pocos meses transcurridos entre la finalización de un curso escolar y el comienzo del siguiente parecían toda una eternidad? ¿O aquellas Nocheviejas, por ejemplo, también en la niñez, donde al despedir el año teníamos la sensación de dejar atrás un sinfín de experiencias vividas, a  la vez que sentíamos una especie de vértigo al imaginar la cantidad de cosas que aún teníamos por delante en el nuevo año que se avecindaba?

Así pues, ¿no ocurre que llega un momento en la vida en el que, a partir del cual, parece que los años pasen más rápido? Y, ¿no es verdad, también, que a medida que vamos envejeciendo esta sensación va en aumento? Incluso, al llegar a cierta edad, parece como si los años volaran…

Es algo así como si el tiempo se condensara, se redujera, como si los días fueran más cortos. Pero todos sabemos que esto no ocurre en realidad. Que un día tiene 24 horas. Y que un año, a excepción de los bisiestos (claro está) está compuesto por 365 días. Y que siempre ocurre así, puesto que el tiempo obedece a las leyes físicas.

No obstante, también es cierto que durante nuestra vida se dan intervalos de tiempo en los que ocurre el efecto contrario. Periodos más o menos cortos (días, semanas, tal vez meses) en los que la sensación es justamente a la inversa, es decir, que parece que el tiempo se dilata. Periodos en los que nos da la sensación de haber vivido mucho más tiempo de lo que estrictamente nos señala el reloj. Esto suele pasar, sobretodo, en momentos de gran intensidad emocional, durante los cuales las experiencias se viven de forma muy significativa. Donde, por la razón que sea, nos hacemos presentes a cada segundo. A veces, ocurre que lo sentimos a través de la vivencia de alguna experiencia traumática, y otras, en cambio, por todo lo contrario, a través de instantes repletos de euforia, alegría o similar…

En cualquier caso, mirado en su conjunto, creo que esta sensación de que “el tiempo se alarga” se produce más bien de forma esporádica o excepcional y, en cambio, la percepción de que “el tiempo se acorta” es, para bien o para mal, la habitual durante el transcurso de la etapa adulta. Una explicación posible a este fenómeno seguramente estaría relacionada con la capacidad de vivir intensamente el “aquí y ahora”, es decir, con la capacidad de hacerse presente a cada momento. Así pues, podemos considerar bastante “natural” que durante la infancia tengamos esta capacidad  mucho más pronunciada que de adultos, puesto que cuando somos pequeños todo está por descubrir y, por lo tanto, es mucho más fácil que nos sorprendamos y que nuestras experiencias sean más vividas. De adultos, en cambio, nuestro bagaje personal, junto a la cotidianeidad que en mayor o menor grado se acaba imponiendo, seguramente hace que nuestras experiencias pasen de manera más desapercibida.

Ahora bien, en lo que a este post en cuestión se refiere,  me gustaría prestar atención especial a lo que yo he convenido en llamar “la teoría del tiempo acumulado”. Vaya por delante que en verdad ignoro si esta “teoría” realmente tiene algún tipo de rigor científico o no, ya que lo que a continuación explicaré es producto, exclusivamente, de mis propias elucubraciones mentales, teniendo en cuenta – eso sí – mi sentido común y mi propia experiencia.

Pues bien, yo parto de la idea de que las personas tenemos una especie de “reloj biológico” que guarda en algún lugar de nuestro el tiempo que hemos vivido. En realidad, como imagen ilustrativa quizá sería más apropiado hablar de “depósito” en lugar de “reloj”. La idea, en cualquier caso, es la de un recipiente que se va llenando de una sustancia determinada. Sólo que en este caso la sustancia, lejos de ser un líquido, es algo tan abstracto como el tiempo.

De esta manera, por ejemplo, si yo en estos momentos tengo la edad de 37 años, podría afirmar algo así como que “llevo acumulados 37 años de tiempo”. De este modo, cuando nacemos nuestra cantidad de tiempo acumulado es exactamente de “0”. Así pues, al cumplir el primer año de vida, la duración en términos absolutos de un año natural (365 días) equivale al 100% del total de nuestro tiempo acumulado. Siguiendo esta misma lógica, podemos deducir fácilmente que al cumplir los dos años de edad, el año natural equivaldría exactamente a la mitad de nuestro tiempo acumulado, cuando cumplimos los tres equivaldría a un tercio y así sucesivamente… O dicho con otras palabras, la relación entre nuestra “sensación de duración de un período de tiempo determinado” (por ejemplo, 1 año) y nuestro “total de tiempo acumulado” (por ejemplo, nuestra edad) es inversamente proporcional.

De esta manera, es fácil comprender que en términos relativos, un año natural es una porción de tiempo mucho más importante para un niño de 5 años que para un adulto de 50. Es decir, nuestra sensación respecto el paso del tiempo irá, en gran medida determinada, en función de la cantidad de tiempo que hayamos acumulado según la etapa vital en la cual nos encontremos. De este modo, nuestra “percepción del paso del tiempo” será mucho más pronunciada a medida que nuestra vida transcurra, simplemente por el hecho de haber vivido más años.

Y al fín, al llegar a la vejez podremos comprender que, con toda esa cantidad de años  sobre nuestras espaldas, para nosotros la vida en esos momentos no es más que un breve suspiro que acontece en un abrir y cerrar de ojos.

la-persistencia-de-la-memoria-dali3.jpgLa persistencia de la memoria” (Salvador Dalí)

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