Sufrimiento

A menudo nos desesperamos ante la idea del sufrimiento, aunque no por el sufrimiento en sí. Como el niño que se asusta porque cree que hay un monstruo en el armario, no por el monstruo en sí. Porque como no queremos sufrir, pensamos que es lícito expulsarlo fuera de nosotros y, también, que podemos controlar las circunstancias externas para que nunca nos acontezca. Pero eso no es así. Lo de fuera, normalmente, no depende de nosotros. Ni, en muchas ocasiones, tampoco lo de dentro. Por ejemplo, la enfermedad.

Y la muerte es inevitable. Siempre. A todos nos sucederá antes o después, sin remedio, aunque no sepamos cuándo… Lo sabemos bien, aunque a menudo neguemos la evidencia. Y en ningún caso tampoco es posible tener el control de nuestro tiempo de vida. Al menos, no del todo. Es cierto, no obstante, que hay muchos factores que sí que influyen en nuestro bienestar y que, en cierto modo, podemos controlar (nuestra alimentación, nuestro estilo de vida, etc.). También es verdad que las decisiones que vayamos tomando a lo largo de nuestra vida marcarán, mejor o peor, nuestro devenir futuro, y por tanto, también nuestras posibilidades de sufrimiento. Todo eso es verdad, y está bien tenerlo presente. Sería temerario (o al menos irresponsable) negarlo. Pero en modo alguno somos omnipotentes. La tristeza llegará siempre. Y sufriremos por ello. En algún momento dejaremos atrás a seres queridos, a amigos, a familiares… A veces nos atravesará la desazón sin saber muy bien porqué y, en otras ocasiones, nos sentiremos asfixiados por mil motivos. También veremos el infortunio al doblar la esquina en un vecino desconocido y experimentaremos la soledad en nuestras propias carnes. Nos sentiremos engañados, seremos testigos de la injusticia y las noticias de la televisión nos mostraran dolor a miles de kilómetros sentados delante de nuestro sofá: sabremos de niños inocentes que mueren en hospitales, de ataques terroristas o de inocentes que agonizan intentado escapar de un infierno que no han elegido… Todo eso sucederá y seguirá sucediendo. Y, mientras, nosotros envejeceremos. Es inevitable. Esa es la enseñanza. No existen varitas mágicas. No siempre encontraremos las palabras adecuadas para explicar la realidad. Ni siquiera para entenderla. No todo seguirá el camino de lo correcto. Y nunca seremos lo suficientemente grandes para contener la eternidad. Ni lo suficientemente inteligentes para comprender la propia existencia. Todo esto también forma parte de la vida. Y no podemos huir, ni anestesiarnos lo suficiente como para no enterarnos de nada. Aunque a veces lo deseáramos, la cosa no funciona así. Así son las reglas y éste es el juego. Con sus buenos momentos y sus malos, con sus alegrías y sus penas, con su felicidad y su lamento, sus entusiasmos y sus sufrimientos.

Lo que sí que es cierto es que, al final, siempre siempre y siempre todo acabará pasando. También lo bueno. La vida es una eternidad conformada de multitud de momentos temporales. Nosotros lo único que podemos hacer ante eso es aportar nuestra mejor de las actitudes ante las circunstancias que se presenten. Para que lo que sea, sea mejor. Y si no podemos mejorarlo, pues mejor no hacer nada. Y también es lícito, e incluso me atrevería decir que sano o recomendable, intentar que el mundo (o al menos nuestro pedacito de mundo) sea cada vez un sitio mejor, sin negar en ningún caso que el sufrimiento nos visitará de vez en cuando. Y sobretodo, procurar que nuestra vida valga la pena. Al menos, un poquito y, como mínimo, para nosotros.

Lo que en ningún caso tiene sentido es sufrir por el sufrimiento que aún no ha ocurrido. Y aunque lo continuemos haciendo, porque somos humanos, al menos no atormentarnos por eso. Y cuando llegue el momento de sufrir de verdad, sentir que lo hacemos no como un castigo, sino simplemente como algo natural que nos sucede porque estamos vivos aún. Y sabiendo que este sufrimiento pasará tarde o temprano. Y que, al final, dependerá únicamente de nosotros mismos, de como lo afrontemos, si nos llena de miedo o nos hace más fuertes. Al menos, mientras estemos vivos.

noche

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