Evolución

La comprensión del ser humano respecto la realidad que le envuelve ha ido cambiando sustancialmente a lo largo de la historia. De esta manera, Freud llegó a decir que durante el transcurso del tiempo, la perspectiva antropocéntrica de la humanidad ha sufrido tres grandes humillaciones:

  • Primera: El descubrimiento de Copérnico y Galileo de que la Tierra no es el centro del Universo sobre la que giran el resto de planetas y astros existentes, sino que ésta es un planeta que da vueltas alrededor del Sol y, como ahora sabemos, perteneciente a una galaxia mucho mayor (la Vía Láctea) que contiene miles de millones de estrellas y que, a su vez, sólo ocupa un espacio reducido junto al resto de millones de galaxias del Universo.
  • Segunda: El descubrimiento de Darwin de que no somos seres superiores a cualquier otro ser vivo por la gracia de Dios, sino el resultado de un largo proceso de millones de años de evolución biológica, compartiendo ancestros comunes con gorilas, chimpancés, orangutanes… ¡Y con los primates como mínimo! Ya que si retrocedemos aún más en el tiempo, podríamos reconocer nuestro parentesco con, incluso, las amebas.
  • Tercera: El descubrimiento del propio Freud de que no ejercemos el control voluntario sobre nuestro propio intelecto, ya que nuestros deseos, motivaciones y, en general, el conjunto de nuestro sistema de pensamiento (y por tanto también nuestra conducta) están regidos enormemente a través de mecanismos mentales de los cuales no somos conscientes.

Además de estas tres ideas, que ya deberían ser suficientes como para derrumbar toda esta cosmovisión del mundo, podríamos añadir el cuestionamiento de “verdades universales” obtenidas mediante el conocimiento humano a través del método científico (tan fundamental en nuestra época)  y vigentes desde hace 300 años como, por ejemplo, las leyes newtonianas. En este sentido, podemos hacer referencia a la teoría de la relatividad de Einstein, según la cuál, la fuerza de la gravedad en realidad no existe como tal, sino que es un efecto de la curvatura de la dimensión espacio-temporal; o también al nuevo paradigma que se desprende en el campo de la física cuántica, según la cual, las leyes convencionales de la física o la mecánica, tal y como las conocemos, simplemente no tienen aplicación o validez alguna.

Ahora bien, aunque las ideas anteriores las podamos más o menos conocer o incluso tener bastante bien asimiladas a un nivel conceptual o teórico (al menos las referentes al movimiento de la Tierra y la evolución de nuestra especie) muy a menudo, por no decir habitualmente, seguimos comportándonos como si cada uno de nosotros fuéramos el centro absoluto del universo y, por si fuera poco, completamente convencidos de que lo que pensamos (simplemente por el hecho de pensarlo) es absolutamente cierto y corresponde de manera exacta con la realidad objetiva. O dicho de otro modo, continuamos manteniendo un punto de vista egocéntrico sobre la realidad. Y con los miles de millones de seres humanos que habitamos este planeta, no cabe decir que esta forma de funcionar trae consigo multitud de conflictos. Tanto con los demás, como también con nosotros mismos.

No obstante, en honor a la verdad también hay que señalar que la humanidad en el transcurso del tiempo ha interiorizado una mayor comprensión del sentido de la vida y un mayor desarrollo a nivel ético o moral. Y, si bien es cierto que esta evolución no ha sido ni mucho menos completa, sí que podemos afirmar que al menos sí que ha sido generalizada o, como mínimo, la podríamos considerar como mayoritaria en el conjunto del planeta. Así pues, podemos observar con satisfacción como fenómenos sociales tan lamentables y generalizados como ahora la esclavitud, han sido prácticamente abolidos. También resulta evidente la evolución positiva que ha habido en los últimos centenares de años respecto los derechos de las mujeres, los niños, los trabajadores, etc. (al menos en la mayor parte del mundo). Del mismo modo podemos hablar en positivo de la evolución en la alfabetización de la población, al acceso a la sanidad, al respeto a las libertades sexuales, a la disminución del racismo y a un mayor respeto hacia los derechos humanos (siempre hablando en términos generales, repito). Ahora bien, en ningún caso estoy afirmando que podamos considerar el estatus quo actual como suficiente. Simplemente estoy constatando una tendencia positiva en la forma de organizarse y comprenderse la humanidad a sí misma respecto a hace, por ejemplo, 500 años.

Con todo lo expuesto hasta ahora, lo que quiero decir es que podemos comprobar que las personas a lo largo de la historia, además de la evolución biológica, también hemos evolucionado a nivel de conciencia. Ahora bien, sólo hace falta mirar las noticias de la televisión un día para darnos cuenta que este nivel de conciencia no es, en modo alguno, suficiente. De hecho, creo que si nos comparamos con nuestros semejantes de, por ejemplo, hace un siglo, comprobaremos que nuestro nivel de desarrollo técnico es infinitamente superior y que, en cambio, nuestro nivel de conciencia humana, aunque ha incrementado, no deja de ser bastante similar.

Como apuntaba con anterioridad, creo que la clave de todo esto está en el desarrollo de nuestro nivel de conciencia. Según la teoría de Piaget del desarrollo cognitivo, el ser humano en su evolución va progresando en diferentes estadios de conocimiento, caracterizados entre otras cosas por una pérdida de perspectiva egocéntrica (donde el niño se considera el centro del mundo) y una mayor autonomía moral (donde el individuo se cuestiona las normas sociales). En la misma línea, la teoría sobre el desarrollo moral de Kohlberg, nos indica que la evolución del individuo debe ir desde la aceptación acrítica de las normas externas hasta la asunción de unos principios éticos y universales nacidos de su interior. Finalmente, Ken Wilber nos dice que la evolución de la conciencia de la persona pasa por tres fases: egocéntrica (donde el individuo se considera el centro), etnocéntrica (donde la tribu, la raza, la cultura, el país o similar constituyen la máxima referencia) y, finalmente, la mundicéntrica (donde el foco es la totalidad y sus pensamientos, por tanto, incluyen la globalidad). Así pues, vemos claros paralelismos entre las teorías de estos tres autores a la hora de señalar que sólo desde la introspección y la reflexión profunda del individuo, alejándose de la búsqueda del propio beneficio sin tener en cuenta a los demás y que, además cuestione la particular perspectiva de la realidad que ha adquirido en su contexto social, se podrá lograr un salto cualitativo en el nivel de conciencia. Y un mayor nivel de conciencia generalizado en la población, inevitablemente supondrá una gran evolución en la conciencia de la humanidad. Un salto que desdibuje la barrera que nos separa “del otro” (el diferente, el extraño, el ajeno) y que, de esta forma, sea capaz de transcender el conflicto, pues comprenderemos que todos formamos parte de lo mismo y, por lo tanto, nos consideremos responsables de lo que ocurre y actuaremos en consecuencia.

Y, para ello, ejemplos que nos ayuden a comprender que no somos el centro del mundo, que no lo sabemos todo y  que no poseemos la verdad absoluta de las cosas, no nos faltan.

Y si no, pregúntenle a Freud!

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