Inteligencia Emocional

En ocasiones nos sentimos abrumados por nuestras propias emociones o estados de ánimo y creemos que no podemos hacer nada al respecto. Sobre todo, nos damos cuenta de ello cuando sentimos rabia, tristeza o cualquier estado emocional al que comúnmente etiquetamos de “negativo”. Y es que, en cierta manera, es lógico que nos sintamos así, ya que las emociones son unas herramientas con las que nos ha equipado la naturaleza para movilizarnos, predisponernos a la acción y responder de una u otra manera ante las diferentes circunstancias que se dan y, por tanto, en cierto modo, programadas para dispararse de manera involuntaria, fuera de nuestros mecanismos de control.

Ahora bien, es importante señalar que las emociones en realidad no son negativas ni positivas. Todas las emociones cumplen su misión y son igualmente necesarias en nuestra vida. Esa es la razón de su existencia. Ahora bien, otra cosa es el uso que hagamos nosotros posteriormente con ellas. Y es aquí donde entra una vez más nuestra conciencia… Pero vayamos por partes.

El término “Inteligencia Emocional” se popularizó a mediados de los 90 gracias a la publicación del best seller de título homónimo de Daniel Goleman.

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En esta obra, a grandes rasgos, Goleman pone de manifiesto la existencia de un tipo de inteligencia diferente a la propiamente intelectual: la inteligencia emocional, poniendo así de nuevo sobre la mesa el conflicto clásico entre la razón y los sentimientos. En este sentido, Goleman se desmarca por completo de la asociación exclusiva del término “inteligencia” con las capacidades que pueda tener un individuo en la resolución de operaciones de cálculo o memorísticas, sino que también la relaciona directamente con otras facultades humanas como, por ejemplo, la habilidad en las relaciones interpersonales. No obstante, cabe decir que Goleman no fue ni mucho menos pionero en pronunciarse en estos términos. Una década antes, por poner un ejemplo, H. Gardner ya señalaba en su teoría de “Las Inteligencias Múltiples” la existencia de, al menos, ocho tipos de inteligencias diferentes como la musical, la lógica o la lingüística, entre otras.

Ahora bien, lo realmente novedoso en el trabajo de Goleman fue la descripción de la inteligencia emocional como resultado de nuestra propia configuración biológica y no como algo abstracto, alejado de la psicología. O dicho de otra manera: las emociones no hacen más que obedecer a nuestro propio sistema cognitivo de procesamiento mental, por tanto, tienen lugar en nuestro cerebro. De hecho, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que, en el transcurso de millones de años, durante el largo proceso de evolución biológica, nuestro más o menos reciente “cerebro racional” se ha desarrollado sobre la base de nuestro mucho más longevo “cerebro emocional” y que, por lo tanto, debe existir necesariamente una fuerte vinculación y comunicación entre ambos. De esta manera, finalmente debemos entender que estos “dos cerebros” conforman un todo compacto, y esta perspectiva a su vez nos puede ser útil para comprender mejor la complejidad entre las diferentes áreas, estructuras y circuitos de comunicación que tienen lugar en el interior de nuestra cabeza a la hora de procesar la información. En cualquier caso, teniendo en cuenta la evolución filogenética de nuestra especie, podemos afirmar que “primero sentimos, y después, pensamos”. Aunque quizás debamos convenir que “sentir” y “pensar” sean dos fenómenos estrechamente relacionados, casi indistinguibles, ya que en definitiva siempre “sentimos” y “pensamos” sobre las cosas que nos suceden y experimentamos (exterior o interiormente).

De ello fácilmente se deduce que si nuestro estado emocional es un producto más de nuestra mente, entonces, al igual que pasa con otros procesos cognitivos como la atención, la memoria, o el cálculo, también debe ser algo susceptible a que podamos ser capaces de mejorar (como ocurre con cualquiera de nuestras capacidades intelectuales). Goleman afirma que la piedra angular de la inteligencia emocional pasaría por el reconocimiento de las emociones justo en el momento en las que éstas se producen, tanto en las propias (autoconocimiento) como en las ajenas (relaciones sociales) para, de este modo, ser capaces de valorar, a través de nuestro juicio, la mejor forma de responder en cada circunstancia.

Así pues, al final vemos que lo realmente importante en todo este asunto es el significado que nosotros otorgamos a nuestras emociones. Como he señalado anteriormente, la emoción es un proceso natural, que funciona como una especie de señal. Algo así como una especie de reacción fisiológica parecida a aquellas que sentimos cuando tenemos hambre, sueño o frío. Otra cosa bien diferente, es la interpretación subjetiva que hacemos de ella y el sentimiento que acaba provocando en nosotros. Y la interpretación que realizamos de nuestras emociones, aunque con frecuencia no nos demos cuenta, es algo que depende de manera exclusiva de nosotros mismos. Ahora bien, aquí entra de nuevo todo aquello relacionado con las características particulares de nuestra personalidad, el concepto que tengamos de nosotros mismos y de los demás, las circunstancias que se dan en el entorno, etcétera. Dicho de otra manera, sobre una circunstancia “X”, surge  espontáneamente de nuestro interior una emoción determinada. Ahora bien, su evolución (lo que pase después) depende en gran medida de nuestra interpretación racional de ésta.

A modo de ilustración podemos imaginar una situación en la que detectemos que se nos despierta una emoción de enfado o enojo ante un hecho determinado. Por ejemplo, sucede que nos dormimos y perdemos el tren para ir a trabajar. Ante este hecho, podemos reaccionar auto-castigándonos por nuestro despiste. También podemos reaccionar mostrándonos furiosos ante cualquier persona que se nos cruce en el camino. O sintiéndonos víctimas y culpando a vete tú a saber qué o quién de nuestro sueño. Aunque, del mismo modo, también sería posible que aceptásemos la situación dada, le quitáramos transcendencia y reaccionáramos reconociendo nuestro despiste y, por tanto, responsabilizándonos de nuestras circunstancias y procurando tomar las medidas más adecuadas y acordes con la situación presente e incluso aprendiendo de la experiencia para evitar, en medida de lo posible, repetirla en el futuro. En todos los casos, la emoción que sentiremos en primera instancia será siempre la misma, ahora bien, nuestra forma de actuar y responder dependerá de la interpretación subjetiva que hagamos de ella y aquí entra en juego nuestra “inteligencia emocional”.

Así pues, vemos que “razón” y “emoción” funcionan como vasos comunicantes. De este modo, también podemos afirmar sin temor a equivocarnos que nuestras ideas o expectativas previas sobre un hecho determinado, influirá directamente en el estado emocional que podamos experimentar posteriormente, es decir, la manera en la que concibamos la realidad determinará también nuestro estado emocional. En este sentido, creo que otro aspecto a tener en cuenta al tratar este tema, es el conflicto existencial generado entre nuestro “Yo Real” y nuestro “Yo Ideal” (y también entre nuestro “Mundo Real” y nuestro “Mundo Ideal”). Muy a menudo el grado de exigencia que ejercemos con nosotros mismos y con los demás es muy fuerte y la causa de un sinfín de problemas personales. Pienso que es bueno asumir que no somos perfectos, que nos equivocamos y que tenemos limitaciones. Nuestro “Yo Ideal” no existe: es un concepto mental acerca de nosotros. Y admitir esto, a su vez, también nos ayudará a ser mucho más indulgentes con los juicios que hacemos a los demás. En este sentido, la completa aceptación de nuestras emociones, es decir, de aquello que estamos sintiendo en un momento dado, es algo esencial, así como también la relativización de la importancia de nuestros puntos de vista (ideas, expectativas, deseos, opiniones…)

Por último, es interesante señalar que, según estudios científicos recientes, se ha podido constatar que nuestro sistema nervioso es aún mucho más complejo de lo que se podía atisbar hace apenas unos años. Así pues, se han podido identificar en torno a 100 millones de neuronas en nuestro estómago, es decir, un número mayor incluso que las contenidas en nuestra columna vertebral. Asimismo, también se ha constatado la existencia de un número significativo de células nerviosas (alrededor de 40.000) en nuestro corazón. No obstante, aún teniendo en cuenta que estas cifras son relativamente pequeñas en comparación al número de células nerviosas que existen en nuestro cerebro (se estima que hay decenas de miles de millones neuronas que establecen billones de asociaciones sinápticas) no deja de ser cierto que cada vez existen más indicios que sugieren que no cabe reducir nuestra mente exclusivamente a nuestro cerebro. En cualquier caso, es interesante tener en consideración que cuando algo “nos llega al corazón” o “lo decimos desde las tripas” o “lo sentimos en las entrañas” quizá estemos expresando algo de manera mucho más literal de lo que hasta ahora creíamos.

cervell i cor

 

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