Cuerpo-Mente

Socialmente, tenemos bastante interiorizada una concepción diferenciada entre nuestro cuerpo y nuestra mente, es decir, que entendemos el cuerpo y la mente como entidades que trabajan de manera conjunta, pero esencialmente distintas. Así pues, lo común es que aún asumiendo que necesariamente debe existir algún tipo de conexión que comunique ambas partes para otorgar coherencia a nuestro ser tanto estructural como funcionalmente, en realidad, creemos que el pensamiento y el organismo funcionan de manera autónoma y separada la una de la otra, de manera habitual. Es decir, que nuestros sentimientos, motivaciones, reflexiones, etc. van por un lado y nuestro sistema digestivo, respiratorio, etc. por otro. De esta manera, por una parte disponemos de un organismo que representa nuestra parte física, y por otra parte albergamos pensamientos y emociones que representan nuestra parte mental. En definitiva, en términos clásicos, concebimos al ser humano desde la dualidad “cuerpo/mente”.

Ahora bien, si nos paramos a reflexionar un poco, comprobaremos en seguida que lo que entendemos como nuestra “mente”, es decir, todo aquello que conforma y configura nuestras creencias, recuerdos, conceptos y, en última instancia, lo que nos ofrece una explicación a nuestra identidad personal y a nuestro sentido del “yo”, no es más que resultado o consecuencia de un complejo proceso físico o biológico, que tiene su máxima representación en nuestro cerebro. Es decir nuestros pensamientos racionales son producto de nuestra actividad cerebral física. Ahora bien, ciertamente un pensamiento no es algo material sino algo abstracto. De la misma manera que del estudio de las transmisiones sinápticas neuronales nunca se descifrará una idea o una emoción determinada.

Desde la perspectiva del desarrollo humano, podemos ver como muchos autores como Piaget defienden una evolución paralela entre las capacidades biológicas y las psicológicas desde el nacimiento hasta llegar a la etapa adulta, y en la actualidad disponemos de dispositivos como, por ejemplo,  la Resonancia Magnética capaces de comprobar y registrar con exactitud la vinculación entre los diferentes procesos cognitivos que puede experimentar un individuo y la actividad cerebral directamente asociada a ellos.

De este modo, podríamos empezar a cuestionarnos seriamente si la distinción que realizamos comúnmente entre nuestro cuerpo y nuestra psique, no se corresponde en verdad con una realidad tan separada como habitualmente solemos creer. En este sentido, se pueden poner multitud de ejemplos. Así pues, por todos es sabido que el consumo de alcohol u otras drogas ejercen un efecto directo en nuestro sistema nervioso, que a su vez se traduce en diferentes distorsiones o afectaciones mentales que, por supuesto, también se reflejan a nivel físico de distintas maneras.

De esta manera, podemos asegurar que el estado mental de un individuo ejerce repercusión directa en su estado físico. En nuestra vida cotidiana nos encontramos en un sinfín de ocasiones con situaciones que nos demuestran que esto es así. Por ejemplo, cuando tenemos una fuerte preocupación, solemos mostrarnos también físicamente inquietos, con el pulso acelerado, etc. Del mismo modo, cuando nos encontramos en un estado de tranquilidad mental, nuestro cuerpo tiende a permanecer relajado. Así pues, si sentimos miedo, es normal que se nos pueda erizar el vello de la piel y, si sentimos rabia, nuestra musculatura se tensa y se contrae.

¿Y también sucede al revés? Es decir, ¿nuestro estado físico repercute en nuestro estado mental?

Esta cuestión parece, al menos desde el punto de vista propio a nuestra cultura, más difícil de asegurar que la anterior. Sin embargo, sobre todo desde una perspectiva más oriental, como por ejemplo en la filosofía tradicional china o el Yoga, resulta igualmente cierto y obvio desde hace siglos. En la actualidad, cada vez existen más psicólogos y científicos occidentales hacen referencia a los conceptos “cuerpo” y “mente” como una unidad, es decir, como una extensión indivisible y que, por tanto, el control sobre nuestro estado físico a todos los niveles, causa un marcado impacto a nivel mental. La técnica del “Mindfulness” o atención plena, tan en auge en nuestras sociedades en los últimos años, es un claro ejemplo de la concepción mente-cuerpo como un sistema integrado.

Así pues, todos hemos tenido ocasión de comprobar alguna vez que, por ejemplo, cuando enfermamos de repente o tenemos un repentino dolor corporal, normalmente se traduce en una afectación negativa en nuestro estado de ánimo (tristeza, preocupación, irascibilidad, etc.) y, de la misma manera, ante sensaciones corporales placenteras es habitual que experimentamos un mayor grado de bienestar mental.

Por eso es imposible que, por poner por caso, una respiración pausada, tranquila y relajada se corresponda con una sensación subjetiva de fuerte enojo o rabia. O si se prefiere, no es posible que una persona permanezca en un alterado estado de cólera y mantenga a un mismo tiempo una respiración sosegada. Esta es la razón fundamental por la que en todas las técnicas de meditación el control sobre la respiración  deviene un aspecto fundamental (“pranayama”, en términos del Yoga). Es decir, no existe separación real entre los sucesos mentales y los corporales. Así pues, aprender a mejorar el estado mental proporcionará un beneficio físico y, viceversa, mantener un estado físico saludable reflejará a su vez un buen estado mental.

Sobre esta cuestión, creo que es muy importante no menospreciar ni un ápice las características y factores innatos que a cada uno de nosotros nos atañen (y que ciertamente son diferentes en cada individuo), es decir, la genética de cada persona es un importante elemento constitutivo e inherente a su naturaleza biológica. Por ello, por ejemplo, existen personas con mayor propensión a sufrir ciertas enfermedades que otras.

No obstante, la comprensión “no dual” de la naturaleza “cuerpo-mente” nos lleva, inevitablemente a reflexionar sobre nuestras ideas sobre la salud y la enfermedad y, por consiguiente, a la relación bajo este paradigma de estas ideas con nuestros hábitos, nuestra alimentación, nuestra forma de tomarnos la vida, etc. pues inevitablemente siempre se dará relación directa entre nuestro estado mental y el corporal.

Y para finalizar, quisiera aclarar que (al menos bajo mi punto de vista) una comprensión no dual de la mente y el cuerpo no es equivalente a entender que la mente y el cuerpo sean exactamente lo mismo, sino simplemente a comprender que son elementos que están intrísicamente ligados y que son absolutamente interdependientes en todos los aspectos.

En fin, como reza el conocido aforismo clásico… “Mens sana in corpore sano”.

da vinci

Anuncios
Cuerpo-Mente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s