Sobre la independencia de Catalunya

peonzaComo creo que he dicho en veces anteriores, bajo mi punto de vista es una obviedad que un grupo de gente determinado, denomínese con el nombre que quiera (comunidad, país, etc.) tiene derecho a poder decidir libremente como se organizan, siempre y cuando -otra obviedad- eso no vaya en contra de derechos fundamentales de terceros. Dicho lo cuál, Catalunya, Euskadi, Galicia o La Rioja (si se diera el caso) deberían poder ejercer perfectamente el derecho a la autodeterminación, si así mayoritariamente lo reclamaran. Eso, lógicamente de manera independiente a cualquier hipotético resultado y respetando las preferencias de cada cuál. Que para gustos, los colores… Pues a mi entender, ni la organización territorial de un determinado lugar, ni la bandera que cuelgue de un edificio, no atentan por sí mismos, contra los derechos fundamentales de ningún ser humano.

El tipo de gobierno que se establezca después, quizá sí… Pero eso es otra cosa. Y otra cosa es otra cosa.

Y lo cierto es que en España hasta la fecha, no es posible ejercer este derecho para Catalunya, ni para cualquier otro pueblo que así lo reclamara. Y eso además, a mi entender, denota un déficit democrático claro. Déficit compartido por la mayoría de los Estados democráticos del mundo, es verdad (no hablemos ya de los “no democráticos) pero eso no es excusa para evidenciar esta carencia. “Mal de muchos, consuelo de tontos”, dicen. Y además, tenemos ejemplos bien cercanos (Reino Unido sin ir más lejos) en los que se pone de manifiesto de forma evidente que debería ser algo totalmente asumido en pleno siglo XXI.

Así pues, después de esta pequeña introducción algo repetitiva (aunque creo que necesaria) de mi punto de vista sobre el derecho de autodeterminación, quisiera esbozar unas pinceladas acerca de porqué, según lo veo yo, la independencia o la no-independencia de Catalunya es un debate que está al margen de lo concerniente en términos meramente sociales o humanos.

Lo único importante de un grupo humano cualquiera, son precisamente los humanos que lo conforman. Esto, dicho así parece una obviedad (y en realidad lo es) pero a menudo nos confundimos con una multiplicidad de factores que ensalzan aspectos secundarios de todo tipo en detrimento de las propias personas. Las sociedades se miden por el tipo y la calidad de relaciones que establecen sus gentes entre sí y con los demás, es decir, en cómo nos tratamos los unos a los otros, el grado de libertad y de respeto que nos concedemos a nosotros mismos y a los demás; el vínculo y el grado de empatía que establecemos con nuestros amigos, conocidos, vecinos; el trato que ofrecemos a los otros, a los diferentes, a los que no piensan exactamente como nosotros y también a los que piensan totalmente al contrario, a los desfavorecidos, a los débiles, a los inmigrantes, a los niños, etc; los valores éticos y/o morales que imperan en la mayoría de nosotros, la educación que ofrecemos a nuestros hijos, el afecto que brindamos a nuestros mayores, en cómo nos relacionamos con el trabajo, con el dinero, con el medio ambiente, con los animales y hasta con aquello más simple. La suma de todo esto, al final da como resultado el tipo de sociedad en que vivimos.

Al fin y al cabo, estas cosas tan cotidianamente integradas en nuestro interior y puestas en común con el resto, conformarán los ejes fundamentales en los que se sustentará cualquier sociedad en todos y cada uno de sus aspectos (sociales, educativos, sanitarios, laborales, etc). Todo lo demás, es decir, los razonamientos estrictamente económicos, históricos, estadísticos o legales para defender un tipo u otro de modelo social, en el fondo, son irrelevantes. De hecho, por desgracia a menudo funcionan más bien como un lastre que no como un aliciente. Y, en este aspecto, para bien o para mal, creo que los catalanes no somos demasiado diferentes al resto de los habitantes de la península ibérica. Ni mejores ni peores.

Es cierto que el aspecto nacional (o si se prefiere sentimental) es importante. No seré yo quién lo discuta. Pero también es verdad que no dice absolutamente nada acerca del nivel de conciencia de quién lo sustenta. El nivel de afecto hacia un determinado lugar, o la preferencia hacia si un sitio cualquiera debería estar administrativamente unido o separado, es independiente de cualquier idea acerca de la organización de sus estructuras sociales y el trato que se les ofrezca sus gentes. O mejor dicho, del trato que sus gentes ofrezcan y de las estructuras sociales que sean capaces de organizar. De hecho, en realidad, poco tiene que ver una cosa con la otra. Esto es lo de “mezclar la velocidad con el tocino” de toda la vida que decía un profesor mío de la EGB. Así pues, se entiende perfectamente que nos encontremos una y otra vez con perfectos cretinos y con personas la mar de interesantes que profesan las mismas preferencias respecto la independencia de Catalunya. Y también que nos topemos con sabios y estúpidos que coinciden en el anhelo contrario. Ironías que tiene la vida. Lo que pasa es que tenemos tendencia a poner el foco y ensalzar a aquellos hechos o personas que nos interesan a cada momento, según el caso y evitamos fijarnos en todo aquello que no nos confirma nuestra razón o, si lo hacemos, intentamos darle “la vuelta” con explicaciones que nos satisfagan a nosotros mismos. “Disonancia cognitiva”, se llama a este proceso en términos psicológicos.

En este sentido, no obstante, no deja de ser “gracioso” -digámoslo así- ver a según que personajes públicos defender una u otra posición. Gracioso y revelador.

Al fin y al cabo, el tema de la nación tiene enorme importancia para nosotros, ya que lo relacionamos, casi de manera inconsciente, con lo más básico: con nuestra familia, con nuestras tradiciones y costumbres, con nuestra infancia y con lo que nos han enseñado, con recuerdos, con canciones, con amigos… Con lo visceral. Con lo ancestral. Con nuestro sentido del yo y de la pertenencia grupal.

Y por eso mismo resulta un tema tan recurrente. Y tan manipulable. Porque lo sentimos en la piel. Y por eso mismo se han hecho cosas tan bellas y tan terribles en su nombre. Porque sirve como perfecta excusa y motivación… Para todo. Para lo más noble y para lo más ruin.

Ojalá un día sepamos capaces de integrar en nosotros todo lo bueno de eso, dejando a un lado la mezquindad y podamos reconocernos a todos como iguales aún en la diferencia, para al fín y sin rechazo de ningún tipo, trascenderlo de una vez y para siempre.

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