La Felicidad

La felicidad entendida como un estado interminable de placer, no existe.
La felicidad entendida como una especie de trance permanente de alegría absoluta, no existe.
La felicidad entendida como una vida en la que todo lo que ocurre es éxito y fortuna, tampoco existe.
La felicidad entendida como un “Happy End” donde “fueron felices y comieron perdices”, definitivamente, tampoco.

Entonces, ¿verdaderamente existe la felicidad?

Pues entendida de las formas descritas anteriormente, yo estoy convencido de que no. Lo anterior son, simplemente, instantes que se dan durante nuestro paso por la existencia. Estados de ánimo que varían durante el transcurso del tiempo. Formas que configuran momentos mentales y sensaciones físicas circunstanciales. Diferentes ideas que, de manera más o menos inconsciente, tenemos asimiladas en gran medida como atributos propios de “la felicidad”. Pero no dejan de ser eso, ideas. Conceptos. Mapas mentales. Pero como muchos sabios ya señalaron con gran acierto en el pasado, “el mapa no es el camino”.

El placer es placer, no felicidad. La alegría es alegría, no felicidad. El éxito es éxito y la fortuna es fortuna. Y, por supuesto, comer perdices es algo completamente ajeno al tema del que estamos hablando. La felicidad es otra cosa, a pesar de que efectivamente no se contradice, y a menudo, puede estar relacionada con la alegría, el placer, la fortuna o el éxito… Aunque en menor medida con las perdices, eso sí.

En realidad, creo que es posible que podamos estar sintiendo algún tipo de emoción negativa en un momento dado, o estar experimentando algún tipo de situación desdichada y, sin embargo, ser conscientes, que todo eso en realidad no afecta en un sentido profundo a la felicidad. A la felicidad entendida de una manera diferente a la convencional, claro está.

La felicidad tiene que ver con un propósito en la vida. También con el sentido de estar en coherencia con uno mismo. Y por supuesto con el aprendizaje. Quizás sobretodo con el aprendizaje… Pero distanciándonos de la definición de “aprendizaje” como el hecho de saber muchas cosas, de tener muchos conceptos en la cabeza, sino más bien entendiéndolo con algo que tiene que ver con uno mismo, con el autoconocimiento. Con el redescubrimiento personal. De hecho, desde que llegamos a este mundo, la vida es un continuo aprendizaje. Aprendemos a hablar, a caminar, a ir en bicicleta. Aprendemos a comer solos, aprendemos a vestirnos, aprendemos a leer, a multiplicar… Aprendemos, aprendemos y aprendemos. Y continuamente aprendemos durante la infancia y también más tarde durante la adolescencia y juventud. Pero llega un momento, a menudo, llegando a la adultez, que nos da la sensación que ya no aprendemos más. O que simplemente aprendemos cuestiones prácticas, como por ejemplo un idioma extranjero. Y no es así. O no debería ser así.

La vida nos ofrece oportunidades infinitas para seguir aprendiendo día y día de nuestros familiares y amigos, de nuestros compañeros, de nuestras experiencias, de nuestros hobbies, etc. No obstante, llega un momento, que para aprender más y mejor, para seguir avanzando y creciendo como individuo, no es tan necesario mirar hacia afuera como hacerlo hacia dentro. Aprender a aprender de nosotros mismos: cómo me siento; porqué estoy tal cual en este instante; dónde estoy; hacia dónde voy; porqué pienso o siento esto o aquello y porqué de esta manera y si vale la pena o no… La felicidad tiene que ver con lo que puede hacer uno mismo para contribuir a mejorar sus circunstancias o la manera particular de interpretar su realidad. Con planteamientos que nos induzcan a la introspección más profunda y que conecten con respuestas que van más allá de la razón y que, por seguro, reviertan en un aprendizaje significativo para nosotros. Un aprendizaje que, a su vez, en el fondo está conectando con un sentido genuino de la felicidad, puesto que cuánto más nos adentramos en espacios de auto-observación más puentes construimos acerca de nuestro propósito y, esto, a su vez, está potenciando nuestras capacidades como ser humano para ponerlas en manifiesto en algún momento. Y también – muy importante – para buscar la reconciliación y la paz con los otros.

Ser feliz quizá no consiste tanto en la búsqueda de la felicidad sino en una sensación de tranquilidad y coherencia con el propio yo. Consiste en estar de acuerdo con uno mismo, aprender de lo que sucede y alinearse con el sentido que para cada cual tiene la vida. Saberse caminando en una dirección adecuada. Saboreando cada paso que se da. Siendo consciente de los inconvenientes del camino. Reconociendo que pueden aparecer heridas en un momento dado. Parándose a descansar en caso necesario. Y contemplar el paisaje. Y respirar. Y aceptarlo. Y disfrutarlo. Porque se esté donde se esté, el paisaje que hay delante de los ojos es el único que puede ser contemplado en el presente. Y elegir de nuevo con la mirada puesta en nuestro particular horizonte, aún más allá de la meta. Indagando siempre acerca de la mejor manera.

senderismo

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