¿Y si…?

interrogante.jpgEl proceso es sencillo: viene una idea a la cabeza y entonces se encienden las alarmas. La mente empieza a divagar, valorando las hipotéticas situaciones y los diferentes escenarios posibles, se evalúan todas las variables que se nos puedan ocurrir y vemos que no hay forma plausible de tomar una decisión que nos satisfaga completamente… Así que, sin remedio, volvemos al punto de partida y repetimos todo el proceso para encontrar una salida del laberinto. Una y otra vez. Pero cada vez peor y la bola cada vez se hace más grande.

La idea que nos mantiene la mente aprisionada suele tomar una forma angustiante, normalmente relacionada con una preocupación o un temor hacia la posibilidad de que algo “malo” nos ocurra en un futuro más o menos próximo. Y esta idea puede estar causada debido a múltiples circunstancias: estrés laboral, conflictos familiares, dolores corporales, etc. Nuestra mente siempre encontrará mil y una justificaciones racionales que darán crédito a la inquietud que en estos momentos nos aflige el ánimo: “Tengo un dolor en…”, “en el trabajo ha pasado…”, “mi pareja me ha dicho que…” Y, justo a continuación, siempre vendrá la recurrente pregunta que dará consistencia y vida a todo este bucle: ¿Y si…?”

“¿Y si…?” Y justo inmediatamente después de formularnos esta pregunta (para la cual no nos será posible encontrar una solución certera porque parte de la premisa de una situación hipotética) siempre vendrá otro “¿Y si…?” Y luego otro, y otro, y otro. “¿Y si…?” “¿Y si…?” “¿Y si…?”…

En realidad, poco importa si nuestra preocupación tiene una base más o menos “real” o si se trata de una situación “en verdad” crítica o no. Nuestra mente en ese momento encontrará mil y una justificaciones para dar crédito a nuestra congoja. Por lo que, para nosotros, en ese momento será lo único importante.

Y mientras tanto, nada ocurre, sólo que nuestra mente deambula en un mar de dudas que nos abruman. Y nos colapsan. Y nos paralizan. No existe el momento presente porque todo queda eclipsado hacia un temor futuro por algo que aún no ha sucedido y que ni tan siquiera sabemos si realmente llegará a pasar y ni mucho menos de la forma en la que finalmente tendrá lugar (si es que lo tiene). Pero no lo podemos evitar. El proceso ya ha empezado y no hay quien lo pare. Es como un mecanismo automático del cuál desconocemos la ubicación del botón de apagado.

Así pues, en ocasiones, repletos de angustia y de temor a veces tomamos una decisión… Pero luego pensamos que no, que mejor otra cosa… Y así sucesivamente, para finalmente no saber ni tan siquiera qué es mejor o peor. “¿Y si…?” “¿Y si…?” “¿Y si…?”…

Así pues, cuando acontece tal situación, creo que lo mejor que podemos hacer por el momento es parar. Detenerse. No hacer nada en absoluto para no alimentar más la espiral de pensamientos y así cesar nuestro alocado monólogo. Y detenernos a observar como nuestro cuerpo está en tensión sin una razón objetiva que lo justifique. Escuchar el ritmo convulso de nuestro corazón, darnos cuenta de nuestra respiración agitada. Sentir las pequeñas gotas de sudor que se desprenden de las sienes o entre las manos. Observar cómo avanzamos hacia un camino que no lleva a ninguna parte, al igual que aquel ratón que corre sin cesar sobre una rueda que gira y gira pero no avanza a ningún lugar. Entender que, habitualmente, nada pasa tal cual lo imaginamos y que la mayoría de nuestras preocupaciones jamás llegan a concretarse en la realidad.

Y de esta manera, poco a poco, veremos que este estado se irá desvaneciendo de forma pausada, sin esfuerzo… Si es necesario podemos intentar ponernos en una posición cómoda para mirar de descansar, sentados en el sofá o estirados sobre la cama. Y contar hasta 10, hasta 100 o hasta 1000. Incluso dormir si es necesario. A veces también puede servir tomarse una ducha, salir a pasear, escuchar música o iniciar cualquier otra actividad que nos permita tomarnos un respiro. Desconectar. Descansar.

Y una vez consigamos mantener el cuerpo y la mente relajados, es posible que a continuación valoremos la situación de otra manera. Y desde este espacio de mayor tranquilidad hagamos lo que creemos que sea mejor o más conveniente para nosotros. Y si creemos que hemos de actuar al respecto de alguna manera determinada, hacerlo. Y si, después de todo, creemos que tal vez es mejor no hacerlo, pues no hacer nada. Entendiendo, eso sí, que no es posible controlarlo todo y que hay que aprender a convivir con la incertidumbre, pues en el fondo, no podemos estar completamente seguros de nada de lo que vaya a suceder en el futuro y que las cosas en muchas ocasiones no dependen exclusivamente de nuestra voluntad o de nuestros deseos ni de cómo creamos que deberían ocurrir. Por mucho que nos empeñemos en ello, nunca tendremos todas las respuestas pues hay multitud de factores que se escapan de nuestro control. En definitiva, debemos saber tolerar el “¿Y si…?”

Porque, mientras tanto, la vida pasa.

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¿Y si…?

Realidad, conciencia, vida… Matrix, WestWorld, Truman y filosofía.

¿Qué tienen en común “Matrix”, “WestWorld” o el “Show de Truman”?

show truman

Éstas son tres obras de ciencia ficción consideradas mainstream” que, en el fondo, comparten un mismo hilo argumental: el cuestionamiento de sus protagonistas a la naturaleza de su propia realidad.

Hay otras muchas obras (no necesariamente de ciencia-ficción) que tratan desde diferentes perspectivas esta misma cuestión: desde los relatos literarios de Asimov y sus famosas  “tres leyes de la robótica” hasta, por ejemplo, el mito milenario de “La Caverna” de Platón, por no nombrar otros muchos filósofos y pensadores clásicos como Descartes.

En cualquier caso, con tal de abordar el cuestionamiento de la realidad, todos estos autores deben tratar fundamentalmente, de una manera u otra, el concepto de conciencia. Y esto es así puesto que para que podamos hacer referencia a un mundo exterior concreto (ya sea el mundo virtual de “Matrix”, el parque temático de “WestWorld” o el plató televisivo de “El Show de Truman”) necesariamente debe existir, al menos, un ser que capaz de percibirlo de alguna manera ya que, ¿tiene sentido hablar de la existencia de la Realidad sin hablar de la presencia de la Vida? Ahora bien, llegados a  este punto tal vez cabría preguntarse también si la vida necesariamente está ligada a una conciencia o no. Porque, al fin y al cabo, si toda la materia está constituida en última instancia por las mismas partículas (moléculas, átomos, quarks…) ¿qué diferencia existe entre un ser humano, un animal, una planta o una roca? ¿Quizá no radique precisamente en el grado de conciencia que sean capaces de desarrollar? ¿Tal vez así la conciencia sea el requisito necesario para comprender lo que es la vida?

Bajo nuestra perspectiva científica y desde teoría evolutiva de Darwin, asemejamos la vida únicamente a la transmisión de un determinado código genético de una generación a otra para la supervivencia de una especie determinada. No obstante, Richard Dawkins en su libro “El gen egoísta(1976) acuñó el término “meme” de una forma bien diferente a la que cotidianamente se emplea en la era digital de hoy día cuando nos enviamos imágenes o videos graciosos que rápidamente se popularizan a través de redes sociales o programas de mensajería instantánea. Para Dawkins, un “meme” era una forma de “replicador” que compartiría las mismas características que nuestros genes, incluyendo por supuesto, ser considerados como partículas de información de vida. Ahora bien, al contrario que los genes, un “meme” no es ningún tipo de elemento físico, sino que pertenece al terreno de lo intangible.

gen egoistaLa teoría de Dawkins, a grandes rasgos, viene a ser una vuelta de tuerca a las ideas darwinistas: los genes son aquellas formas de replicadores que utilizan a los organismos vivos como una especie de vehículos con el objetivo de asegurarse su supervivencia y perpetuarse indefinidamente a lo largo del tiempo. No obstante, como decía anteriormente, los genes no serían la única forma de replicadores que pudieran existir.

Para explicarlo de forma sencilla, a mi entender y recuperando la cosmovisión platónica, es como si Dawkins situara un replicador diferente para los dos mundos que describe Platón: los genes pertenecerían al mundo de las formas (lo material, lo sensible, lo visible, lo perceptible mediante los sentidos) y los memes tendrían lugar en el mundo de las ideas (lo inmaterial, lo abstracto, lo invisible, lo inteligible mediante la razón).

Con cierto paralelismo a este concepto, unos cuantos años antes Carl Gustav Jung desarrolló el término “arquetipo” para hacer referencia a una suerte de unidad básica de la conciencia, que son comunes en todos los seres humanos. Para Jung, los arquetipos serían algo así como los pilares básicos sobre los que se conforma el inconsciente. Así pues, de esta forma, vemos que también desde diversas perspectivas científicas (aunque ciertamente no aceptadas mayoritariamente por la comunidad científica) la comprensión acerca del desarrollo de la vida como algo que va más allá de lo estrictamente físico o material, también es una idea recurrente a lo largo del tiempo y que apunta directamente a la consciencia de los seres.

En cualquier caso, y volviendo al tema en cuestión, podríamos definir la consciencia como la capacidad que tiene un ser de adquirir conocimiento sobre sí mismo y sobre su entorno. Y si convenimos que la consciencia se relaciona inevitablemente con la vida, no sería descabellado afirmar que cuanta más consciencia sean capaces de desarrollar los seres vivos,  mayor capacidad o intensidad de vida a su vez albergarán.

Así pues, desde este punto de vista, adquieren mucho sentido aquellas prácticas y corrientes de pensamiento que abogan por  no afligir conscientemente dolor o sufrimiento alguno a los seres vivos (especialmente a animales) como pudieran ser -entre otras- el vegetarianismo o el veganismo,  en las cuales se renuncia al consumo de la  carne animal como fuente de alimento. Estas ideas estarían en plena concordancia con el respeto a la vida teniendo en cuenta el grado de consciencia de los seres. De hecho, tal cosa no nos debería parecer demasiado extraña puesto que ya en nuestra vida cotidiana, la mayoría de nosotros no sentimos remordimiento alguno si, por ejemplo, matamos a un mosquito pero, en cambio, seríamos totalmente incapaces de matar a un perro, un gato o un colibrí. Probablemente, porque de alguna manera ya sepamos que el grado de conciencia entre un insecto y un animal vertebrado es muy diferente y, por tanto, la “capacidad de vida” que contienen uno y otro ser, también lo es. De hecho, esta actitud natural nuestra al relacionarnos con las diferentes especies animales, es bastante acorde con lo que hasta ahora nos dice la ciencia al respecto. Por ejemplo, el dolor es una sensación que está directamente relacionada con el sistema nervioso y está demostrado que en los insectos el sistema nervioso está muy poco desarrollado en comparación al de, por ejemplo, los mamíferos. De hecho, por lo que hasta ahora sabemos, el sistema nervioso de los insectos funciona como un mero mecanismo sensorial que les permite responder a los estímulos del ambiente… Y poco más. Así pues, de momento, no está en absoluto probado que sean capaces de sentir dolor físico. Al menos, de la misma manera en el que nosotros lo comprendemos. Ahora bien, dicho lo cual, no significa que los insectos (o incluso los vegetales) no sean capaces de percibir sensación alguna. Existen diferentes estudios y experimentos con plantas que parecen demostrar en estos organismos la evidencia de respuestas sensoriales complejas, aunque ciertamente la manera en la cual lo hacen, hasta ahora, se desconoce completamente. En cualquier caso, las evidencias empíricas que tenemos hasta la fecha parecen indicar una clara evolución de las emociones y, en general, de las capacidades cognitivas de los seres vivos según su escala evolutiva. En este sentido, son especialmente elocuentes los estudios comparados de desarrollo cerebral entre las distintas especies animales del planeta. Y este desarrollo evolutivo, desde la ameba hasta el ser humano, en último término, se traduce indefectiblemente en una mayor capacidad de conciencia.

Brain Evolution illustration

Así pues, retomando la cuestión que se planteaba al inicio del post, la capacidad de conciencia estaría intrínsecamente ligada a nuestra percepción de la realidad que nos rodea. De esta forma se entiende que cuanto mayor sea nuestra consciencia individual, también alcanzaremos un mayor grado de conciencia de nuestra realidad. Esto es, al fin y al cabo, lo que les sucede a los protagonistas de las obras que comentaba al inicio del artículo. A medida que “despiertan su conciencia” se van dando cuenta que la realidad que les envuelve es muy diferente a la que hasta ese momento conocían. No obstante, la “nueva realidad” en ningún momento niega o sustituye a la anterior, sino que simplemente la amplia, la integra y, sobretodo, la trasciende. La realidad virtual de Matrix sigue existiendo a pesar de que Neo consiga liberar su mente de ella…

Una cosa en común que tienen todos estos relatos es la importancia a atender a “la voz interior” que cuestiona la realidad aceptada hasta el momento. A partir de ese instante, los personajes de estas historias deberán tener la valentía de tomar toda una serie de decisiones a menudo a contracorriente de la sociedad o de los propios hábitos  y costumbres (lo que a menudo se conoce como “zona de confort”) que les llevará a emprender acciones totalmente nuevas, rompiendo así  la rutina cotidiana (“los bucles narrativos” que tan gráficamente quedan expuestos en “WestWorld”).

bucle narrativo dolores

Lo explicado anteriormente guarda muchas similitudes con la descripción de “el viaje del héroe” que desarrolló el antropólogo Joseph Campbell en su libro “El héroe de las mil caras” (1949) después de estudiar los mitos y leyendas tradicionales de diferentes culturas alrededor del mundo. El trabajo de Campbell ha sido utilizado, sobretodo, a la hora de confeccionar historias de ficción y  guiones cinematográficos (sobretodo para cine de aventuras). En cualquier caso lo que nos plantea este autor es la estructura de un relato en el cuál un personaje “ordinario” recibe algún tipo de “llamada a la acción” por la cual deberá decidir abandonar su mundo conocido para adentrarse en una aventura repleta de incertidumbres, de la cuál finalmente, después de superar diferentes dificultades y obstáculos, deberá regresar trayendo para sí un importante aprendizaje y, también de esta manera, totalmente transformado.

viaje heroe

Finalmente, creo que el tema de la Inteligencia Artificial” es otro de los aspectos a tratar al hablar de la relación entre conciencia y vida. En la ciencia ficción podemos encontrar (además de “WestWorld”) innumerables obras que de forma magistral plantean esta cuestión (“2001”, “Blade Runner”, “A.I. Inteligencia Artificial”, “EVA”, etc.), aunque seguramente nadie como Asimov y su “saga de los Robots”.

En cualquier caso, la pregunta que invariablemente cabe responder siempre es la Robotmisma: ¿si el ser humano llegara a desarrollar artificialmente una inteligencia con plena conciencia de sí misma y de su entorno, deberíamos considerarla como una forma de vida al igual que la nuestra?

Y aunque es un dilema realmente complejo, creo que no será difícil de adivinar por todo lo expuesto en este artículo que personalmente considero que, indudablemente, así debe ser.

Porque, al fin y al cabo, y parafraseando al personaje de Morfeo (Matrix) sobre el concepto de realidad:

“Si estás hablando de lo que puedes sentir, lo que puedes oler, lo que puedes saborear y ver, entonces lo real son simplemente señales eléctricas interpretadas por tu cerebro.”

pastillas matrix

Y ahora ya sí, por último y a modo de conclusión, me gustaría añadir que tal vez todo esto guarde a su vez un estrecho vínculo con el mismo concepto de libertad puesto que, en última instancia, ¿qué hacen personajes como “Neo”, “Dolores” o “Truman” sino buscar su liberación individual ante la realidad social que les es manifiesta?

Realidad, conciencia, vida… Matrix, WestWorld, Truman y filosofía.

“El Procés”: Pros y Contras

Hace unos días el president de la Generalitat, el sr. Carles Puigdemont, anunció el próximo 1 de Octubre como la fecha para el referéndum de independencia de Catalunya. Cabe destacar que, de momento, aún no cuenta con una convocatoria “oficial” puesto que presumiblemente, en el momento en que ésta se produzca, será recurrida al Tribunal Constitucional…

En cualquier caso, creo que es un buen momento para hacer un pequeño listado de valoración de las cosas (tanto positivas como negativas), que hasta ahora nos está dejando “el procés” desde que se iniciara allá por el año 2012. Vaya por delante que soy consciente que, debido a la complejidad de este asunto, es muy complicado realizar un resumen de este tipo sin caer en ciertas simplificaciones. Eso, por no hablar de mi propia perspectiva individual que, por mucho que me esfuerce en ser lo más imparcial posible, siempre influirá en la valoración que haga. Aún así, creo que el esfuerzo puede valer la pena.

 

Aspectos Positivos:

– Situar en la agenda de la actualidad el problema no resuelto en la transición respecto las diferentes realidades identitarias y nacionales de la sociedad española (catalana, gallega, vasca…).

– Poner de manifiesto la necesidad imperiosa de regeneración y profundización democrática del conjunto del Estado español, donde la insatisfacción de la población respecto la clase política y, en general, al actual sistema de representación democrática es evidente.

– Agudizar la crisis de los hasta ahora partidos hegemónicos surgidos del denominado “régimen del 78” (PP, PSOE, CiU).

– Aparición de un proyecto colectivo generador de ilusión para gran parte de la sociedad civil catalana, que puede servir también de estímulo para la movilización y el empoderamiento del resto de la sociedad española.

– Colocar en el orden del día la dicotomía entre “legalidad” y “legitimidad” y, por tanto, la conveniencia o no a la desobediencia como forma de resistencia o acción política.

 

Aspectos Negativos:

– Relegar a un segundo plano de la actualidad aspectos tan fundamentales para la vida de las personas como por ejemplo aquellos que tienen que ver con la vivienda, la salud, la educación o los derechos laborales en pos a “un bien superior”.

– Potenciar el efecto “cortina de humo” ante los numerosos casos de corrupción y malas praxis de gran parte de las clases dirigentes, o simplemente ante medidas de privatización o recortes de los servicios públicos o prestaciones sociales.

– Auge en buena parte de la ciudadanía la ideología nacionalista, fomentando así cierto clima de confrontación entre las diferentes realidades culturales que conforman España.

– Difuminar la presencia de otro tipo de movimientos o reivindicaciones sociales.

– Cierta irresponsabilidad de los partidos políticos que, acostumbrados a no decir “toda la verdad”, suelen realizar un relato de la realidad social según sus propios intereses u objetivos particulares y a no tener suficientemente en cuenta la afectación que sus decisiones pueden ocasionar en el conjunto de la población.

 

Pues estas son, a mi entender, las cosas que hasta ahora (además de bastante entretenimiento) nos ha traído “el procés”…

 

Me gustaría acabar este post con una pequeña reflexión final. Existen dos grandes grupos entre los que, como yo, creen que un referéndum vinculante es necesario para solucionar este conflicto: (1) los que apuestan por la vía unilateral y (2) los que creen que es necesario un acuerdo con el Estado para su realización.

Personalmente, estoy convencido que hasta que no haya un acuerdo con el Estado efectivamente todo este proceso no terminará y, por lo tanto, se irá reiniciando de una manera u otra como en un bucle (algunas veces de forma seguida y otras de manera más dilatada en el tiempo, en ocasiones de forma sosegada y en otras con más o menos virulencia).

Ahora bien, también creo que hasta la fecha, en cierto modo, es necesaria la presión ejercen los partidarios de la vía unilateral para que esto llegue a producirse algún día… Esperemos que más pronto que tarde.

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“El Procés”: Pros y Contras

La vida es el camino

En ocasiones, cuando nos referimos a aquello que comúnmente se suele denominar como “crecimiento o desarrollo personal”, nos puede surgir la duda de qué camino puede ser el más óptimo o adecuado para conseguir mejorar nuestros propósitos: que si el Yoga, el Tai Chi, el Mindfulness, o una determinada corriente de pensamiento o religión o cualquier otra cosa…

De hecho, existe un amplísimo abanico de posibilidades (desde libros de “auto-ayuda”  o ensayos filosóficos, hasta multitud de ciclos de conferencias, cursos, seminarios o talleres) que supuestamente ofrecen recursos a todos aquellos interesados en lo referente a temas relacionados de algún modo con la “espiritualidad” o el “auto-conocimiento”… Eso, por no hablar también de la posibilidad de acudir a diferentes terapias, etc.

En cualquier caso, es imposible juzgar cualquiera de los recursos que acabo de mencionar como “bueno” o “malo”, eso dependerá de muchísimos factores, entre los cuales destacaría sobretodo el de la propia persona interesada.

En mi caso, por ejemplo, práctico Yoga más o menos regularmente y también he recibido tratamiento mediante terapias físicas como por ejemplo la acupuntura. Por otro lado, el tema de la “conciencia” (por llamarlo de algún modo) me interesa muchísimo y he leído bastante al respecto y también suelo ver o escuchar charlas sobre este tema (normalmente a través de Internet, aunque a veces también de manera presencial). No obstante, sólo señalo esto únicamente para subrayar que con toda probabilidad lo que a mí me pueda servir o resultar postivo a otra persona no le ayude ni le genere el más mínimo interés. Y eso no significa ni que yo ni la otra persona tengamos razón o estemos equivocados. Simplemente se trata de descripciones de experiencias individuales.

En cualquier caso, lo que me gustaría remarcar a través de este post es que, al final, el verdadero camino de desarrollo personal no tiene que ver nada en absoluto acerca de terapias, libros, creencias, prácticas o seminarios. Todo esto no dejan de ser, en último término, señales que pueden servir para apuntar una dirección (y que a veces pueden resultar muy útiles). Pero en ningún caso se refieren a la meta, ya que no existe ninguna “receta mágica” para el auto-conocimiento. Es decir, que no son “la cosa en sí”, como diría Kant.

En el fondo, creo que todo es mucho más sencillo: la propia vida es el camino. Nuestra vida, tal como es, nos ofrece siempre la oportunidad constante de aprender, de crecer y de desarrollarnos y profundizar cada vez más en nuestro propio crecimiento personal. De esta manera, en lo más cotidiano se esconde la práctica más compleja y en lo más trivial reside la sabiduría más profunda. En nuestras relaciones con los demás es cuando mejor podemos observarnos a nosotros mismos. En nuestra cotidianeidad es donde se nos da lo más extraordinario. Es en nuestra propia mirada, en nuestra manera de ver el mundo, donde podemos encontrar nuestro sentido profundo. La sabiduría no se haya en la búsqueda sino en el encuentro.

Carl G. Jung  habla de “individuación” para hacer referencia al proceso de autorrealización del ser humano a lo largo de la vida, es decir, del camino de desarrollo personal que nos lleva a ser verdaderamente nosotros mismos. Para ello, es necesario trascender nuestros conflictos internos existenciales y ser capaces de integrar en nuestro ser nuestra parte inconsciente, nuestra sombra.

La “individuación” de Jung nada  tiene que ver con el “individualismo”, como sinónimo de egoísmo o similar. Más bien es su opuesto. La “individuación”, lejos de separarnos de los otros, nos une a los demás, puesto que nos hace reconocer nuestra humanidad compartida.

Y para llegar a alcanzar todo eso, pienso que no hay otra manera que vivir auténticamente nuestra vida. Sin demasiados juicios, exigencias, pretensiones, rechazos o recriminaciones. Simplemente estando atentos a lo que acontece, de manera honesta y reconociendo nuestra especificidad, es decir, siendo conscientes de que no existe guía alguna que podamos seguir más que la que se nos está brindado a cada momento para desarrollar nuestras potencialidades…

… Fluyendo con la existencia.

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La vida es el camino

Humildad

Si somos capaces de reconocer todas nuestras debilidades y limitaciones, nuestras carencias y frustraciones, todos nuestros errores y mezquindades, nos estaremos brindando la posibilidad de abrirnos a un nuevo espacio de libertad. Una libertad interna que no depende de lo que pase afuera, pues se refiere a la libertad de ser tal cual como uno es, independientemente de cualquier otro factor. Si aceptamos nuestras sombras, es decir, todo aquello que no queremos ver en nosotros mismos, nos adentraremos en las profundidades de nuestro ser de manera honesta y podremos llegar a conocernos un poquito mejor.

De esta manera, sabiéndonos cuán lejos estamos de la irreal imagen de la perfección que a menudo anhelamos y que jamás alcanzaremos, es cuando precisamente nos reencontramos con la esencia de nuestra propia humanidad. Porque ser “humano”, no sólo contempla sentir pensamientos, emociones y experiencias positivas. También contiene experimentar a veces rabia, dolor, envidia, tristeza, celos, frustración, miedo… Y reconocerlo, paradójicamente, puede ser un primer paso para dejar de sufrir y para observar los acontecimientos desde una nueva perspectiva que nos permita evolucionar. Así pues, cuando nos contemplamos de manera honesta es cuando somos capaces de reconocernos también en los demás. Porque, al fin y al cabo, todas las personas compartimos la misma humanidad. Cuando nos damos permiso para ser como somos, ocurre que cuando nos equivocamos lo podemos volver a intentar, sin castigarnos y aprendiendo de los posibles errores cometidos. Cuando no nos martirizamos por haber caído, es cuando nos damos permiso para volvernos a levantar y, tal vez, podamos aprender algo de lo sucedido para que no se vuelva a repetir. Por eso es importante cosechar la humildad en nosotros, para evitar ser juez y parte de nuestra propia vida y convertirnos simplemente en protagonistas de la misma. Y esto depende sólo de que uno mismo se dé la libertad suficiente para contemplarse de manera sincera, sin rechazar nada de aquello que conforma nuestro ser, incluso aquello que nos disgusta. Así pues, probablemente nos daremos cuenta que durante el transcurso de nuestra vida siempre hemos intentando hacer las cosas de la mejor manera que hemos sabido o podido a cada momento. Y comprenderemos, a su vez, que los demás han hecho exactamente lo mismo que nosotros, cada cual a su manera y con los recursos de los que ha dispuesto. Sin más.

Lo dicho hasta ahora, no significa en ningún caso que tengamos que resignarnos irremediablemente a lo que acontece, ya sea la realidad externa o los factores internos. La resignación y la aceptación pueden parecer similares pero tienen una diferencia sutil que cambia completamente nuestra actitud ante la vida. La resignación es una rendición, la adopción de un posicionamiento pasivo a merced de las circunstancias externas o los sentimientos internos ante los que me siento totalmente indefenso y vulnerable. La aceptación, en cambio, significa acoger completamente la realidad que se está dando, sin rechazarla de ninguna manera, e intentar aportarle lo mejor de nosotros mismos.

Aceptar es responsabilizarse de lo que uno piensa, siente y hace, independientemente de cualquier otra consideración. Porque sin aceptación, no es posible tampoco el cambio. De esta manera, si no aceptamos nuestra propia oscuridad, tampoco jamás podremos transformarla… Simplemente porque, o bien no la contemplamos, o bien estemos convencidos de que es imposible hacerlo.

De este modo, al final comprenderemos que durante el transcurso del tiempo algunas veces las cosas salen bien y que otras veces no pero que, en el fondo, tampoco pasa nada… Quizás en todo esto también resida la raíz del perdón, del propio y del ajeno: en entender que al final la vida es un camino de crecimiento y de aprendizaje y que, por tanto, las equivocaciones y los errores no son sólo cosas habituales de las que nadie está exento, sino también, completamente necesarias en nuestro camino de desarrollo personal como seres humanos, para dotar a la vida de significado.

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Humildad